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Agradezco muy sinceramente
a la Sociedad El Sitio, a su Presidente, a su Junta Directiva y a todos
sus socios, la invitación para hablar desde esta tribuna de diálogo y
de ideas. Las palabras de su Presidente hacen innecesario por mi parte
resaltar la larga tradición que la Sociedad El Sitio ha recuperado, el
prestigio del que es depositaria para beneficio de la vida cultural de
Bilbao.
Mi agradecimiento
en este caso es doble al recibir el nombramiento como socio de honor.
Me considero ya, de hecho y de derecho, uno más de los "asediados"
y me comprometo a defender firmemente las posiciones, con el arma incruenta
de la palabra y con el ánimo no de derrotar sino de convencer.
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| Me
comprometo a defender las posiciones, con el arma incruenta de la palabra
y con el ánimo no de derrotar sino de convencer. |
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Tengo intención de
hablar de España, de libertad, de pluralidad y de Constitución. Grandes
conceptos, realidades históricas, políticas y jurídicas que unos parecen
ignorar, en las que otros se pierden y que también hay algunos que desprecian.
Creo, sin embargo, que poder hablar de esta concatenación de valores democráticos
en torno a España es algo extraordinariamente importante. Porque sólo
ahora, después de nuestra trayectoria histórica, los españoles podemos
sentirnos sólidamente asentados sobre estos pilares de nuestra realidad
presente y de nuestro proyecto común de futuro:
La libertad conquistada
desde la razón democrática.
La pluralidad como
valor social y político desde el que entendemos nuestra realidad nacional.
La Constitución como
único camino de convivencia desde la reconciliación de un país, España,
bien situado en su tiempo con una identidad nacional renovada y abierta.
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| La
Constitución ha resuelto satisfactoriamente problemas que durante demasiado
tiempo dividieron y enfrentaron a los españoles. |
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En términos históricos,
somos españoles privilegiados; españoles que hemos sido capaces de sincronizar
estos cuatro vectores de progreso y unirlos en una empresa constitucional
que ha cerrado una larga sucesión de intentos fallidos, de esfuerzos frustrados,
de energías dilapidadas.
Hemos tardado mucho
tiempo, hemos pagado un precio en generaciones, hemos perdido muchos trenes
pero hemos alcanzado el objetivo de desplazar la guerra, la dictadura,
el exilio, el aislamiento, y la proscripción lingüística y cultural a
los territorios más lejanos de la memoria de los españoles.
La historia de España
en los dos últimos siglos ha estado llena de contrastes e incluso de contradicciones.
Si, en 1812, España, una de las más antiguas naciones de Europa, dio al
mundo la noble palabra liberal, pasó poco tiempo hasta que volviera la
reacción. Y a partir de ahí, un constante devenir de movimientos hacia
la modernidad y vueltas atrás. Un conflicto casi permanente entre tendencias
opuestas. Cuatro guerras civiles, españoles contra españoles -y por tanto,
también, vascos contra vascos- fueron el reflejo más terrible de nuestro
drama contemporáneo.
Desde entonces, ha
sido la Constitución de 1978 el punto de encuentro capaz de superar la
España incivil; ha mostrado su capacidad integradora del pluralismo político
y territorial, y lo ha hecho sobre la base de una democracia moderna.
La Constitución ha
resuelto satisfactoriamente problemas que durante demasiado tiempo dividieron
y enfrentaron a los españoles. Cuestiones como la religión, el militarismo
político, la alternancia democrática y pacifica en el poder, o los conflictos
sociales, no suponen hoy ya un factor de división. Sí de discrepancias
y de contraste de alternativas, siempre entre adversarios políticos, pero
no ya entre enemigos irreconciliables.
Hoy es mucho más lo
que nos une que lo que nos separa. Los españoles nos hemos agrupado en
torno a un gran proyecto nacional de modernización de todas nuestras estructuras.
Y gracias a ello hemos conseguido aunar, quizá por primera vez en nuestra
historia, la estabilidad democrática con la prosperidad económica; una
sociedad activa y emprendedora con una presencia internacional cada vez
más en primer plano.
Esta situación de
privilegio, conseguida con el esfuerzo de todos, sería impensable sin
lo que representa la Constitución de 1978. La primera de las muchas de
nuestra historia elaborada de común acuerdo por la gran mayoría de las
fuerzas políticas, y no utilizada como un arma arrojadiza en tiempos de
cambio y transformación.
No es casual que la
Constitución del 78 represente el mayor esfuerzo de transformación de
la organización territorial del Estado que se haya acometido en la España
contemporánea. Una transformación real, profunda, ambiciosa y arriesgada
para llevar al ámbito de las instituciones y del poder de decisión la
pluralidad de un estado que ha buscado en el auto-gobierno de las Comunidades
Autónomas un nuevo modelo de vertebración y articulación de su diversidad.
Una Constitución que
refleja acertadamente la realidad plural de España, también en el campo
territorial. Porque España es eso: una Nación plural. Atrás quedan los
tiempos en que se pretendió imponer una idea monolítica de nuestro país.
Ya no se sostiene una visión estrecha de lo español, completamente alejada
de la realidad. La pluralidad de lenguas y tradiciones que gozamos en
España forman parte del tronco común que nos une. Y, a la vez, si España
es plural, lo son también nuestros territorios.
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| El
concepto de Nación étnica, cultural, lingüística y tradicionalmente uniforme
no se corresponde con nuestra realidad ni con nuestros deseos. |
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El concepto de Nación
étnica, cultural, lingüística y tradicionalmente uniforme no se corresponde
con nuestra realidad ni con nuestros deseos. Nos produce, a la vista de
lo que ha acontecido en la historia europea reciente, una sensación de
desasosiego que no podemos ocultar.
España, entendida
como Nación plural, es un gran espacio de libertades y derechos individuales,
cuyos ciudadanos han demostrado la madurez histórica suficiente como para
darse un sistema constitucional nacido del consenso. Consenso entre representantes
de diferentes tendencias políticas y de diferentes territorios.
Esta operación política,
que se prolonga y adquiere todo su contenido con el proceso estatutario,
supone un punto de inflexión espectacular porque crea un nuevo modelo
de estado indisociable del reconocimiento y la garantía del derecho a
la autonomía.
Miremos al País Vasco.
Si la Constitución articula y vertebra España como estado autonómico,
son la Constitución y el Estatuto los que vertebran y articulan el País
Vasco por primera vez en la historia.
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| Son
la Constitución y el Estatuto los que incorporan y reconocen por primera
vez la voluntad de los vascos en la decisión sobre sus instituciones de
autogobierno. |
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Son la Constitución
y el Estatuto los que definen, por primera vez, un verdadero ámbito propio
de decisión para el País Vasco con un contenido real. Son la Constitución
y el Estatuto los que incorporan y reconocen por primera vez la voluntad
de los vascos en la decisión sobre sus instituciones de auto-gobierno.
Son la Constitución
y el Estatuto los que dan eficacia práctica y vigencia real a los derechos
históricos al situarlos en el marco constitucional precisamente, para
que sean realizables.
Son la Constitución
y el Estatuto, en fin, los que salvaguardan y potencian el Concierto Económico
que deja así de ser el resto del naufragio foral.
Sé muy bien que todas
Estas son verdades silenciadas. En el País Vasco se vive una verdadera
ofensiva de ruptura y descrédito de la obra política y de convivencia
más fructífera que esta sociedad ha conseguido.
Pero tengo la seguridad
de que no van por ahí las aspiraciones mayoritarias de la sociedad vasca,
aunque sí su inquietud.
Los ciudadanos saben
reconocer mucho mejor que algunos de sus dirigentes lo que significa la
Constitución y el Estatuto, dónde están las claves de su progreso y bienestar
y cuáles son los caminos de futuro, ahora, cuando desde la radicalización
y el afán de ruptura se quieren poner en cuestión frontalmente todos los
marcos de convivencia y acuerdo que nos han permitido llegar a donde estamos.
Soy consciente de
que al decir estas cosas me expongo a que se me acuse de intentar apropiarme
de la Constitución o atribuirme en exclusiva su defensa. Bien al contrario,
creo que la Constitución es el patrimonio común más valioso del que disponemos
y como tal tiene que ser tratado.
La Constitución se
puede reformar pero, más allá de esta verdad de perogrullo, hay que saber
el qué, el cómo y el cuándo se reforma; el porqué y el para qué.
Tengo que decir sinceramente
que en esta materia hay demasiados brindis al sol y ninguna explicación
concreta, ninguna propuesta clara. Es más, creo que quienes hablan de
reformas constitucionales evitan deliberadamente el debate político de
fondo y con una frivolidad asombrosa, en unos casos hacen de la reforma
constitucional un componente más de cuidadas campañas de imagen o, en
otros, la convierten en una cortina de humo de su espiral excluyente que
sólo conduce hacia la ruptura.
La reforma constitucional
no puede ser un instrumento de marketing político, ni una cortina de humo,
ni un titular sin noticia, sino una iniciativa que exige claridad en las
propuestas, consenso en su realización, respeto a las reglas del juego,
lealtad en su motivación y un interés claro para el conjunto de los españoles.
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| La
reforma constitucional no puede ser un instrumento de marketing político,
ni una cortina de humo, ni un titular sin noticia. |
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No por conocida me
deja de parecer oportuno insistir en mi discrepancia absoluta con estas
ideas, algunas confusas, otras simplemente, en mi opinión, disparatadas
y completamente distantes de nuestra realidad social. Respeto los puntos
de vista contrarios, pero es mi derecho, y entiendo que también mi deber,
poner de manifiesto la irresponsabilidad que se comete al proponer cambios
tan profundos en nuestro ordenamiento político sin explicar qué cauces
se quieren seguir para llevarlos a cabo y, sobre todo, cuál es el resultado
final que pretenden.
Hace unos meses, en
este mismo lugar, afirmé que si algo puede definir el ejercicio de la
política en democracia es la tarea de fortalecer la convivencia plural.
Esa tarea en el País Vasco se presenta como un esfuerzo de perfeccionamiento
y de lealtad a las decisiones básicas sobre las que hemos articulado nuestro
sistema político y nuestras libertades, a partir de la Constitución.
Creo que ese es el
tema de nuestros días en el País Vasco, porque hoy el desafío principal
que los sistemas democráticos tienen que afrontar dentro y fuera de sus
fronteras es el retorno de los discursos etnicistas, el fundamentalismo
cultural, la incapacidad para construir identidades abiertas y el repliegue
hacia posiciones reaccionarias y excluyentes.
Cuando se contrapone
la idea de pueblo a la de sociedad, cuando se reconoce el pluralismo,
pero sólo como un estorbo que hay que eliminar para despejar el proceso
de construcción nacional, cuando los derechos y libertades fundamentales
de los ciudadanos, empezando por la vida, no cuentan, o simplemente se
subordinan a lo que dicta en cada momento la obsesión identitaria, se
allana el camino que conduce inexorablemente a la intolerancia, a la coacción
y a la violencia.
Ocurre que la visión
cotidiana del incendio, del destrozo, del amedrentamiento o de la violencia
extrema que acaba con vidas humanas inocentes, repugna a todos, salvo,
naturalmente, a la minoría que lo celebra y lo instiga. ¿Qué hacer entonces?.
Muy sencillo: se buscan salidas fáciles que tranquilizan, sobre todo,
a los responsables de esa barbarie.
De este modo, los
que incendian se sienten aliviados porque se les dice que en realidad
lo único que hacen es responder a las tretas electorales del Gobierno.
Los que asesinan ya saben que si hacen estallar un coche bomba no es porque
sean asesinos, sino porque hay un conflicto histórico que resolver. A
los que extienden el sufrimiento y la intranquilidad se les explica que,
en realidad, los que desean la violencia son las víctimas, que, en el
fondo, lamentan que cientos de kilos de explosivos no estallen. Al intelectual
crítico se le trata de anti-vasco, y así queda señalado el objetivo para
que el trabajo lo completen los profesionales de la coacción. Y, para
que quede claro, al discrepante contumaz se le recuerda como alternativa
lo anchas que son las llanuras de Castilla.
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| Hoy
el desafío principal que los sistemas democráticos tienen que afrontar es
el retorno de los discursos etnicistas, el fundamentalismo cultural, la
incapacidad para construir identidades abiertas y el repliegue hacia posiciones
reaccionarias y excluyentes. |
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Es difícil no recordar
a Baroja cuando observaba que la crueldad, como la estupidez, cuanto más
adornadas, son más detestables.
Es cierto que la violencia
tiene causas políticas, pero no radican en un supuesto conflicto que enfrenta
al País Vasco y a España. Ese conflicto, del que siempre se echa mano
para aliviar la carga de la condena, sirve de tragadera de todas las barbaridades.
Se habla mucho del llamado "giro soberanista del nacionalismo".
Y es evidente que se ha producido. Pero no nos engañemos. El problema
fundamental que afrontamos no es una cuestión de organización de las Instituciones,
de adoptar ésta u otra fórmula constitucional, ni siquiera de una reivindicación
soberanista o independentista, que la gran mayoría de la sociedad vasca
rechaza. Estamos ante un problema previo de libertad y de democracia.
Cuántos vascos no se sienten libres para hablar de política. Cuántos vascos
ven amenazada su integridad, su negocio o su vivienda.
Cuántos vascos son
extorsionados. Cuántos han asumido la auto-censura como forma de supervivencia.
Cuántos ciudadanos, dentro de un mes, se verán coaccionados cuando quieran
ejercer su derecho al voto. Sólo uno ya sería demasiado. Y hay muchos.
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| Cuántos
vascos no se sienten libres para hablar de política. Cuántos vascos ven
amenazada su integridad, su negocio o su vivienda. Cuántos vascos son extorsionados.
Cuántos han asumido la autocensura como forma de supervivencia.
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Se ha dicho que "lo
históricamente peculiar vasco ha sido, y es, una incapacidad de lograr
un consenso identitario abierto a todos". En estos tiempos, hay quienes
vuelven a poner manos a la obra para reforzar esa peculiaridad. Yo puedo
decir que esa es de las pocas, o tal vez la única peculiaridad, a la que
no pienso contribuir, sino todo lo contrario.
Sé bien que no hay
recetas fáciles, pero en todo caso es nuestra responsabilidad no cejar
en la defensa de las libertades, y en garantizar la vigencia plena del
Estado de derecho y del marco de convivencia constitucional y estatutario.
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| Es
preciso que mantengamos una acción perseverante contra la violencia de ETA
y de los que, situados en su entorno, ofrecen a ETA apoyo y cobertura. |
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No creo en políticas
de apaciguamiento en la lucha contra el terrorismo, estén o no guiadas
por buenas intenciones y por mejores propósitos. La buena intención no
hace buena una mala política. Y cuando los buenos propósitos dan malos
resultados, hay que rectificar.
Por tanto, es preciso
que mantengamos con toda determinación una acción perseverante contra
la violencia de ETA y de los que, situados en su entorno, ofrecen a ETA
apoyo y cobertura. Debe quedar claro que ni la Ley ni los Tribunales criminalizan
nada que no haya sido previamente criminalizado por la penetración de
ETA.
ETA ha vuelto a traicionar
al pueblo vasco. La ruptura del cese indefinido de sus atentados es la
demostración de que el objetivo de ETA no es otro que su propia pervivencia
para dictar a través de las armas lo que en cada caso sirva mejor a sus
pretensiones o sus necesidades. Pero, por encima de su voluntad, ETA es
un fenómeno residual y aislado, que nunca se va a imponer al Estado democrático.
Debemos ser conscientes
de la amenaza que el terrorismo representa todavía hoy, pero no olvidemos
el terreno ganado por la sociedad a la violencia terrorista. Su constancia
en la movilización y el avance que se ha producido en la cooperación internacional,
que se amplía y fortalece dentro y fuera de Europa.
De la misma manera
nos incumbe a todos reforzar, mantener y contribuir a una respuesta social
permanente frente a la violencia. Ermua sigue siendo la lección y el ejemplo
que pervive y marca un antes y un después en el protagonismo de los ciudadanos
que hacen de la paz su aspiración esencial.
De la historia reciente
del País Vasco, podemos sacar la conclusión de que los pasos más fructíferos
que se han dado, los que han conseguido unir a la sociedad vasca y llevarla
a sus mejores logros, aquéllos en los que se sostiene su armazón político
y social, responden al denominador común del consenso. No es ésta una
sociedad condenada a la división, y ahí está el Estatuto, el Pacto de
Ajuria Enea, el espíritu de Ermua, que nos muestran el único camino viable
de futuro.
Alguna conclusión
habría que sacar del hecho de que precisamente el Estatuto, Ajuria Enea
y Ermua sean los objetivos que el terrorismo se ha propuesto batir sin
que desde el nacionalismo se ofrezca hoy ninguna resistencia. Más bien
al contrario, ha sido el nacionalismo, abandonando su centralidad en la
vida política e institucional, el que ha hecho suyos los objetivos más
radicales que pasan por desmantelar el Estatuto después de declarar su
decepción, desactivar el consenso frente al terrorismo y neutralizar la
movilización social en su expresión inequívoca contra ETA.
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| Alguna
conclusión habría que sacar del hecho de que precisamente el Estatuto, Ajuria
Enea y Ermua sean los objetivos que el terrorismo se ha propuesto batir
sin que desde el nacionalismo se ofrezca hoy ninguna resistencia. |
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A estas alturas, es
insostenible presentar una opción estratégica como la que ha adoptado
el nacionalismo vasco como simples gestos tácticos para favorecer el abandono
de la violencia. Si esa es la intención, el error es mayúsculo.
Desbordar o deslegitimar
los espacios de acuerdo no sólo es una irresponsabilidad, sino que es
un fraude a los ciudadanos porque, lejos de acercarnos a la paz, reafirma
en los terroristas la idea de que la violencia, o simplemente su amenaza,
va a permitirles conseguir el precio político que exigen.
Yo, como muchos otros
me mantengo entre los convencidos del éxito y del acierto de la apuesta
estatutaria y creo haber demostrado, incluso en las condiciones políticas
más difíciles y al margen de cualquier contrapartida, estar dispuesto
a mantener esa apuesta, mediante el diálogo y el acuerdo razonable. Mi
empeño va dirigido a hacer posible el reencuentro de los vascos en el
acuerdo estatutario. Es posible y es lo deseable y es la única vía real
de avance, la única fórmula de estabilidad y de integración política y
social.
Tal vez apostar hoy
por el reencuentro en el Estatuto de los que lo han abandonado suene a
casi utópico, a la vista de la radicalización del nacionalismo. Y no deja
de ser, digamos que curioso, que hablar del Estatuto parezca una utopía
mientras lo realista sea ahora hablar de nuevos marcos jurídicos que incluyen,
por el momento, territorios de un Estado vecino y a una Comunidad Foral
diferenciada como Navarra.
Vuelvo a expresar
mi convicción y mi voluntad de seguir promoviendo ese reencuentro en el
Estatuto, que tiene que producirse a través del diálogo democrático, del
retorno al sentido común y a la realidad.
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| Es
preciso que el nacionalismo se incorpore, con hechos y no con palabras,
a un compromiso auténtico de pacificación. Esto significa, ni más ni menos,
que comprometerse con la defensa de las libertades. |
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El nacionalismo, que
ha gobernado las Instituciones y ha tenido un papel activo y protagonista
durante todo el proceso estatutario, tiene que retomar la trayectoria
que ha abandonado y replantearse, con todas sus consecuencias, una política
equivocada que condiciona el cese de la violencia a la llamada "construcción
nacional". Debe asumir que la paz es un derecho de todos y no la
ocasión para poner en marcha una nueva mayoría nacionalista, mediante
la alianza con los que se mantienen fuera de la vida democrática, sabotean
la expresión libre de la voluntad popular y se niegan a condenar las acciones
criminales de una banda terrorista.
Es preciso que el
nacionalismo se incorpore, con hechos y no con palabras, a un compromiso
auténtico de pacificación.
Esto significa, ni
más ni menos, que comprometerse con la defensa de las libertades. Cuando
estén en juego la vida o la libertad no caben equidistancias; es preciso
acabar con el lenguaje, con las actitudes, con las posiciones que exculpan
de sus responsabilidades a los que atentan diariamente contra personas
y bienes, desplazando la culpa de la violencia de quienes la practican
a quienes la sufren, expresando estar de acuerdo con sus fines, aunque
se rechacen los medios, o alegando el denominado conflicto como explicación
legitimadora de la violencia del pasado, de la que sufrimos en el presente
y de la que pueda venir en el futuro. Solo de este modo, restableciendo
con firmeza las exigencias democráticas y el respeto a las reglas de convivencia,
es posible pensar en la verdadera normalización que anhela la sociedad
vasca.
Frente a la estrategia
de construcción nacional, que divide y enfrenta, es preciso fortalecer
una estrategia de construcción social que reconozca la realidad plural
y promueva una verdadera cultura de tolerancia y respeto a los valores
cívicos. Una tarea que fortalezca aquellos factores de cohesión interna
que puedan ser compartidos por todos, en vez de resaltar y, peor aún,
imponer un modelo político desde y para el nacionalismo.
El nacionalismo tiene
que aceptar que es una expresión importante, pero sólo una expresión,
entre otras, de la pluralidad vasca y aceptar con naturalidad que hay
otras fórmulas, otras alternativas que pueden legítimamente abrirse paso,
como de hecho ya ocurre en diferentes niveles de las Instituciones vascas.
Empieza a ser momento
de recapitular. No hace falta adquirir perspectiva histórica para darse
cuenta de que el País Vasco atraviesa un momento de importancia capital.
A la decepción por una esperanza de paz defraudada, se une la inquietud
y el desasosiego por la estrategia política adoptada por el nacionalismo
contra toda la arquitectura de consenso político y social construida en
los últimos veinte años, en función de un objetivo excluyente que enfrenta
a los ciudadanos y divide a la sociedad. Una estrategia que el nacionalismo
democrático no controla, porque la marca y la condiciona la minoría que
lleva décadas combatiendo los principios y valores de la libertad y la
democracia, ya sea con su actuación criminal o con su silencio cómplice.
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| Frente
a la estrategia de construcción nacional, que divide y enfrenta, es preciso
fortalecer una estrategia de construcción social que reconozca la realidad
plural. Hay otras fórmulas, otras alternativas que pueden legítimamente
abrirse paso, como de hecho ya ocurre en diferentes niveles de las Instituciones
vascas. |
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Estoy convencido que
los ciudadanos del País Vasco no quieren ir por ese camino de retroceso,
que les aleja de la paz y de la normalización. Debajo de la estridencia,
del irredentismo, de los discursos rancios, de los que siguen necesitando
enemigos, que buscan fabricar una España opresora, que no existe, simplemente
para justificar sus frustraciones, hay una sociedad que ha dejado muy
clara su naturaleza plural, su vocación de modernidad, su capacidad de
iniciativa, de creación de riqueza y su voluntad de paz y estabilidad
dentro del proyecto común de la España diversa y europea.
Hay pues motivos de
confianza para que, por el compromiso de todos los que se reconocen y
actúan como demócratas, sea esa la realidad que prevalezca.
Frente a escenarios
virtuales, los políticos tenemos la obligación de proponer realidades
concretas y esforzarnos por saber anticipar los verdaderos desafíos en
los que se va a jugar el bienestar y el progreso de las sociedades a las
que servimos. La ensoñación nacionalista tiene su lugar, pero sin duda
ese lugar no será el que el País Vasco debe ocupar en el futuro.
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| El
futuro del País Vasco no puede ser la pretensión estéril de recrear un pasado
que nunca existió. La auténtica edad de oro para sus hombres y mujeres no
está en la leyenda, sino en el futuro de paz y libertad para todos. |
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En el nuevo siglo,
tenemos que movernos en escenarios que pocos años atrás apenas podríamos
imaginar. Tenemos que renovar una buena parte de nuestro bagaje de ideas
para acertar en las nuevas encrucijadas y ser capaces de establecer las
prioridades cruciales para nuestra sociedad. Las viejas ideas, mientras
tanto, seguirán alimentando viejos problemas. Comprendo que algunos vean
en la globalización un motivo de temor. Yo prefiero considerarla como
lo que es, una oportunidad. Comprendo que para algunos su objetivo sea
una comunidad cerrada, monolingüe y refractaria.
Para mí el futuro
lo protagonizarán las sociedades abiertas, capaces de integrar con éxito
la pluralidad, influyentes y enriquecidas, desde el punto de vista cultural
y lingüístico, y abiertas a la cooperación.
Don Miguel de Unamuno,
de vuelta ya de su juventud en la que, como muchos otros vascos de la
época, encontró en la exaltación mítica de lo vasco el consuelo ante la
crisis de identidad posterior a la abolición foral, escribió que la leyenda
genuina de los vascos está en el porvenir
Permítanme que siga,
una vez más, a Unamuno para afirmar que el futuro del País Vasco no puede
ser la pretensión estéril de recrear un pasado que nunca existió. La auténtica
edad de oro para sus hombres y mujeres no está en la leyenda, sino en
el futuro de paz y libertad para todos.
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