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Es para mí un alto honor y una gran responsabilidad
comparecer en este prestigioso foro y hacerlo, además, dentro
de un ciclo de conferencias tan riguroso y de tan alto nivel como el
que se ha organizado para conmemorar los 25 años de reinado de
S.M. Don Juan Carlos I.
Quiero por ello agradecer a la Real Academia de la Historia,
a todos sus miembros, y a su Director Gonzalo Anes, su considerada invitación
a sumarme a esta iniciativa y a participar en este ejercicio de reflexión.
Y agradecerles, también, su gran amabilidad y flexibilidad para
hacer posible, en la práctica, mi presencia en este ciclo.
Los últimos 25 años constituyen, sin duda,
una etapa que, a pesar de todos sus claroscuros, a pesar de todos los
problemas no resueltos, puede ser calificada como una de las más
positivas, de las más fructíferas de la historia de España.
Un período de estabilidad, modernización y desarrollo
en el que se superaron las dos grandes crisis -la del 98 y la Guerra
Civil- que marcaron nuestra historia reciente.
Ese desarrollo en paz no ha sido fruto ni de la casualidad,
ni de la suerte, sino de un importante esfuerzo colectivo dirigido a
superar los problemas seculares de España.
En efecto, durante la Transición y en un difícil
ejercicio de madurez colectiva, una gran parte de los sectores políticos
y sociales supieron hacer concesiones en favor de la convivencia y de
la reconciliación. En general, las fuerzas políticas fueron
capaces de abandonar sus dogmas más excluyentes.
Una vez más reiteraré mi admiración
y reconocimiento hacia quienes ejecutaron materialmente esta transición,
desde el impulso decisivo de S.M. el Rey, la dirección política
del Presidente Suarez y la colaboración de las fuerzas políticas.
En ese proceso de acercamiento, en ese ejercicio de tolerancia
ejemplar, fueron generosamente apartadas del centro del debate político
todas las cuestiones y pretensiones susceptibles de cavar nuevas trincheras,
de levantar nuevos muros de división entre españoles.
Tanto las afirmaciones tajantes de la unidad centralizada de España,
como las ideas republicanas; tanto la exigencia de imponer a la sociedad
determinados principios morales, como las reivindicaciones sociales
más radicales.
Gracias a ese inteligente y generoso esfuerzo colectivo
se pudo construir un modelo político y social con vocación
de permanencia, que está siendo el más estable de nuestra
historia. Gracias a ese ejercicio de tolerancia, hoy, 25 años
después se puede afirmar que todos los grandes problemas seculares
de España o están cerrados o han encontrado, al menos,
el cauce adecuado para que puedan ser discutidos y resueltos de forma
pacífica, sin enfrentamientos.
Todos los problemas seculares de España menos
uno. Porque, en efecto, la seguridad y la convivencia en el País
Vasco siguen siendo un grave problema sin resolver, un problema que,
sigue hoy amenazando nuestro sistema de libertades. Ésta es,
podríamos decir, la última gran cuestión no resuelta.
¿Por qué esta excepción?
Para responder a esta pregunta resulta imprescindible
realizar un análisis sobre lo ocurrido durante estos años
en el País Vasco. Porque me parece que una de las tareas que
tenemos pendientes respecto a este problema es precisamente la defensa
de la verdad histórica y el análisis racional de esa realidad.
La deformación de la verdad histórica y
la falsificación de la realidad suponen un daño irreparable
para cualquier sociedad. Pero en el caso del País Vasco, la defensa
de la verdad es, además, un requisito indispensable para su normalización
política. En este sentido, la defensa de la historia es también
la defensa de la paz.
Esta conferencia es un intento de analizar la realidad
del País Vasco en los últimos 25 años desde la
razón y no desde el mito. Un intento de entender la actual realidad
vasca en su complejidad analizando qué aspectos de la misma han
cambiado en estas décadas y cuáles, por el contrario,
no han evolucionado. Un intento de ver hasta que punto seguridad y convivencia
son realidades interdependientes, y de como el problema vasco y problema
terrorista se confunden.
Porque se trata de saber de qué estamos hablando cuando nos referimos
al "problema vasco". Se trata, de dilucidar en qué
consiste ese problema, por qué existe sólo en el País
Vasco, y si es un problema invariable o ha experimentado cambios a lo
largo de nuestra historia. Y se trata de saber que relación tiene
ese problema con el problema terrorista, que si no me equivoco es el
que le confiere una relevancia tan especial. Porque con demasiada frecuencia
se confunden los términos y las ideas, contribuyendo a proponer
falsas soluciones.
Pues bien, en mi opinión tendría cierta
justificación hablar, históricamente, de la existencia
de un problema vasco singular, que habría consistido en una persistente
falta de entendimiento entre vascos. Podría decirse que el País
Vasco ha sido en determinados momentos de su historia una sociedad singularmente
escindida, marcada por divisiones casi siempre más profundas
que las existentes en otras zonas de España, que por ello han
llevado a conflictos particularmente violentos.
Esa afirmación puede tener su fundamento en la
especial virulencia que alcanzaron las guerras decimonónicas
en el territorio vasco, donde al conflicto dinástico entre carlistas
y liberales se superpuso el enfrentamiento social, económico
e ideológico entre un mundo rural anclado en el pasado y un mundo
urbano escenario de una creciente industrialización.
Pero ya desde los comienzos del siglo XX, con la presencia
de los nacionalismos, esa falta de entendimiento entre vascos adquiere
una dimensión nueva, porque empieza a afectar a la propia concepción
que se tiene sobre lo que es y sobre lo que debe ser "lo vasco".
La Guerra Civil, contribuyó, sin duda, a acentuar
esta escisión, porque en el País Vasco, a la dramática
división entre vencedores y vencidos, se superpuso la división
entre nacionalistas y no nacionalistas.
Lo que es un hecho, es que esa división, que se
mantuvo más o menos latente durante todo el régimen de
Franco, salió de nuevo a la luz durante la Transición
y se manifestó con mayor radicalidad en el País Vasco
que en las demás Comunidades.
Pero lo que no podemos olvidar es que desde 1968, año
en el que ETA comete su primer asesinato planificado, el llamado problema
vasco que hemos descrito se mezcla con el fenómeno terrorista
que distorsiona la vida política y contribuye a profundizar las
divisiones entre vascos.
Hay una fecha clave en este proceso de concurrencia entre
los dos problemas: diciembre de 1970. Fue, en efecto, a raíz
del Proceso de Burgos cuando se origina un nuevo ambiente político
y social que visualiza de forma muy clara el desmoronamiento de un viejo
régimen. Es entonces cuando ETA obtiene el mayor apoyo social
de su historia y pasa a formar parte esencial del complejo panorama
del País Vasco. Es decir, si hasta esa fecha clave el componente
esencial del llamado problema vasco era la línea de división
entre nacionalistas y no nacionalistas, a partir de ese momento el terrorismo
irrumpe en escena y pasa a ser el ingrediente fundamental de ese problema.
¿Cuál es la situación hoy? ¿En
qué consiste el problema vasco hoy?
En mi opinión, eso que llamamos el problema vasco
está hoy integrado por varios problemas diferentes, concatenados,
que intentaré analizar.
El primer problema, el más grave, el problema
vasco por antonomasia hoy, es el problema terrorista, que es un problema
de seguridad. Es el problema creado por la presencia y la actuación
de una minoría que quiere imponer su voluntad al conjunto de
la sociedad mediante el terror. Es el problema del terror ejercido indiscriminadamente
contra todos aquellos que no comparten ni la subcultura de esa minoría
ni los contravalores de esa minoría.
El segundo problema, es la falta de libertades, el déficit
de democracia, la vulneración de los más elementales derechos,
empezando por el derecho a la vida, la ausencia de convivencia. En el
País Vasco no se respeta el derecho a la vida y a la integridad
física y no hay seguridad ni libertad de expresión para
una gran parte de los ciudadanos.
El tercer problema surge en de septiembre de 1998, cuando
los partidos nacionalistas tradicionales firman el Acuerdo de Estella,
creando entonces un frente que tiene como objetivo forzar a España
a realizar una segunda transición desde la autonomía a
la autodeterminación. A partir de ese momento, la estrategia
del Partido Nacionalista Vasco, es parte importante del problema vasco.
En definitiva podemos concluir, primero, que el problema
vasco no es un contencioso con España, ni un problema de opresión
a los nacionalistas (¡que llevan 20 años en el poder!)
Segundo, que no existe un problema vasco históricamente invariable
y que desde los años 70, problema vasco y terrorismo son dos
realidades íntimamente unidas. Tercero, que lo que llamamos hoy
problema vasco es en realidad una cadena de problemas que tiene al terrorismo
y al nacionalismo como eslabones fundamentales. Y cuarto, que los objetivos
complementarios que debemos perseguir son acabar con el terrorismo,
por una parte, y normalizar política y socialmente el País
Vasco, por otra. Pero teniendo muy en cuenta el orden de resolución
de los problemas, y sabiendo que para resolver el problema vasco hay
que resolver antes el problema terrorista y no al revés.
Sin duda, es mucho lo que la historia de estos 25 años
nos puede enseñar, mucho lo que los errores del pasado -la mayor
parte de ellos inevitables dadas las circunstancias en que se produjeron-
nos pueden ayudar a adoptar una posición correcta en la actualidad.
Y una vez analizadas histórica y conceptualmente
las relaciones entre problema vasco y problema terrorista, entre problemas
de seguridad y problemas de convivencia, una vez centrados los términos
para desentrañar lo que ha sido la verdad histórica en
estos 25 años, conviene analizar cómo era la sociedad
vasca en el 75 y cómo es ahora, en qué medida han cambiado
las cosas en el País Vasco, qué o quiénes han cambiado,
qué planteamientos se han cerrado obstinadamente a cualquier
tipo de evolución. Porque no cabe duda de que 25 años
de sistema democrático tienen que haber tenido alguna incidencia
sobre los actores y los planteamientos de la vida política vasca.
Veamos, en primer lugar, qué ha cambiado y en
qué sentido, en relación con el País Vasco.
Ha cambiado, en primer término, la sociedad. Estos
25 años de democracia han tenido una capacidad de transformación
sin precedentes y en todos los ámbitos, y en nuestro caso, la
sociedad se ha ido lenta pero irreversiblemente articulando en torno
a determinadas principios y valores.
Al hacer balance de esta evolución dos hechos
claves a recordar: uno al que ya he hecho referencia, el Proceso de
Burgos y la movilización social de Ermua. El análisis
de estos dos acontecimientos, de sus causas y de sus efectos, pone de
relieve hasta que punto, y frente a las actitudes de pesimistas y agoreros,
ha cambiado nuestra sociedad en relación a este problema.
Hagamos un poco de memoria. Volvamos la vista 25 años
atrás. Las cifras de la ofensiva de ETA contra la transición
democrática son estremecedoras y al recordarlas tenemos que preguntarnos
cómo lo soportó la sociedad, cómo lo soportó
el jovencísimo sistema democrático. La respuesta debe
abordar las dos caras de la cuestión. Por una parte, aunque hubo
riesgos, esa resistencia fue un síntoma positivo de madurez,
de serenidad, de fortaleza de las convicciones y de las instituciones
democráticas.
Por otra, es necesario hacer un ejercicio de autocrítica.
Porque en esa falta de reacción hubo también buenas dosis
de ceguera, de ambigüedad, de tibieza. Para una parte de la sociedad
y de las fuerzas políticas, ETA y el nacionalismo vasco radical
mantuvieron durante demasiado tiempo el halo romántico que se
otorgó a quienes habían combatido contra Franco. Estos
sectores no entendieron ni lo que ETA significaba, ni lo que estaba
en juego, ni que ETA no combatía realmente contra Franco sino
contra todos los valores básicos de nuestra sociedad.
Pero para la mayoría, fue sobre todo un problema
de apatía, de indiferencia, de complejos, de inseguridades, de
falta de bagaje democrático. Y, también, por qué
no decirlo, de miedo.
En aquella época las víctimas caían
y no existía la Asociación de Víctimas del Terrorismo,
ni los grupos pacifistas, ni el lazo azul, ni las manos blancas. Todavía
puedo recordar los entierros casi clandestinos de las víctimas
de los primeros años 80 en el País Vasco, o el casi total
aislamiento de sus familiares, o terribles expresiones que como la de
"algo habrá hecho" se convirtieron en la única
respuesta de aquella sociedad. Una sociedad que ha tenido que ir superando
miedos y complejos para poder recorrer un largo camino desde la pasividad
a la movilización.
Pero el movimiento por la paz experimentó su punto
de inflexión con el despiadado secuestro de Ortega Lara, liberado
por la Guardia Civil, y con el posterior secuestro y cruel asesinato,
a cámara lenta, de Miguel Ángel Blanco. La reacción
puramente vengativa de ETA, su especial ensañamiento, su absoluto
desprecio de la vida y de la libertad, produjo una auténtica
reacción social de rechazo en todos los pueblos del País
Vasco, similar a la que el Proceso de Burgos había provocado
28 años antes. En los dos casos se estaba manifestando la indignación
social contra la crueldad de un régimen en decadencia.
Por ello, julio del 97 y Ermua son la fecha y el fenómeno
claves para explicar la historia más reciente del País
Vasco. A partir de ese momento se creó un nuevo ambiente político
y social, una rebeldía en respuesta a la crueldad y a la degeneración
de ETA. Desde Ermua se ha hecho evidente la cohesión social contra
el terrorismo, la defensa inequívoca de las víctimas,
el claro y rotundo mensaje del pueblo español a las instituciones
del Estado y su respaldo e impulso a la profesionalidad y eficacia de
las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a la labor de los Tribunales
de Justicia y al funcionamiento del Estado de Derecho.
Pero Ermua no se habría producido sin el Pacto
de Ajuria-Enea, lugar de encuentro de las fuerzas democráticas
vascas. En este sentido, el Pacto de Ajuria-Enea constituye el preludio
de la gran movilización social de Ermua. Por ello, hay que saber,
apreciar el esfuerzo político que significó aquel Pacto
y a quienes lo impulsaron en el Gobierno de España y del País
Vasco, porque sin él Ermua no se habría producido.
Pero el espíritu de Ermua propició, también,
la movilización de las élites intelectuales del País
Vasco que por primera vez en estos 25 años, han sabido dar una
respuesta ejemplar y decisiva, no sólo a la violencia de ETA
sino también a un determinado ambiente político y social
de resignación ante la falta de libertad y la ausencia de justicia.
Pero no sólo ha cambiado la sociedad en estos
25 años. También los Partidos Políticos que representan
al conjunto de la sociedad española se han transformado profundamente.
¿Por qué han cambiado las fuerzas políticas
que representan al conjunto de la sociedad española y no lo han
hecho las fuerzas políticas que encarnan el nacionalismo vasco?
Entre otras cosas, porque la democracia española,
la sociedad española no ha buscado la comodidad de las fuerzas
políticas que la representan, como es lógico y natural
en cualquier democracia. Les ha exigido cambios muy profundos, les ha
obligado al abandono de algunos dogmas que parecían señas
perennes de identidad de estas formaciones políticas, les ha
exigido una renovación permanente de líderes y de ideas.
Les ha llevado al gobierno y a la oposición, en
función de lo que ha considerado más adecuado. Les ha
hecho casi irreconocibles respecto, no sólo de la derecha y la
izquierda españolas de la Segunda República, sino también
de lo que en el año 75 se suponía iban a defender unos
y otros.
No ha sucedido lo mismo con el nacionalismo vasco. El
movimiento nacionalista no ha abandonado ninguno de sus dogmas y objetivos.
Es perfectamente reconocible respecto de todos y cada uno de los postulados
políticos que defendió en la década de los años
30, salvo sus concepciones respecto a las relaciones entre Iglesia y
Euskadi.
Durante la Transición, el nacionalismo vasco contaba
con la confianza de las fuerzas democráticas y participó
con toda naturalidad en la unidad de la oposición. La construcción
constitucional del modelo autonómico, iba dirigida a canalizar
las reivindicaciones nacionalistas, a integrar al nacionalismo en una
nueva España plural y democrática. Pero en el País
Vasco se fue mucho más allá.
De hecho, se puede afirmar que durante la Transición
se firmó un pacto tácito entre el nacionalismo vasco y
los partidos democráticos estatales. Un pacto que consistía
en dotar a aquella Comunidad del mayor nivel de autogobierno de Europa,
en el sobreentendido de que el nacionalismo no sólo aceptaba
ese marco, sino que se unía sin fisuras a la lucha contra el
terrorismo y sus postulados de independencia. Un pacto según
el cual el P.N.V. adoptaría una posición de centralidad
e incorporaba a todo el nacionalismo vasco a la vía constitucional.
A cambio, los partidos estatales asumían la necesidad
de que el nacionalismo fuera la fuerza hegemónica del País
Vasco, otorgándole una sobrerrepresentación política,
por encima o más allá de los resultados electorales obtenidos.
Algunos todavía recordamos los obligados gestos de "dejar
pasar" al nacionalismo que se dieron en función de ese pacto
tácito y que llevó a la UCD a retirarse prácticamente
de la arena política a la hora de explicar el Estatuto de Autonomía.
Y no podemos olvidar cómo en las elecciones autonómicas
de 1986, a pesar de que el PNV no fue el partido con mayor número
de escaños, siguio detentando la lehendakaritza. En esos años
resultaba impensable construir una alternativa política al nacionalismo.
¿Por qué? Porque pensábamos que para solucionar
el problema terrorista había que dar satisfacción al nacionalismo.
No podemos, por ello, responsabilizar sólo al
nacionalismo vasco de su incapacidad de evolución. La realidad
es que nunca ha tenido necesidad de cambiar porque los demás
hemos buscado siempre su satisfacción política como panacea
para resolver el problema vasco.
Como nunca se cambia desde la comodidad, el nacionalismo
ha ido aplicando su estrategia, sus principios y sus dogmas cuando ha
considerado que era el momento procesalmente oportuno para alcanzar
sus objetivos.
Pero si la sociedad y los partidos no nacionalistas han
evolucionado en el País Vasco, lo que más ha cambiado,
lo que es realmente irreconocible es el propio País Vasco. No
creo exagerar si digo que políticamente existe País Vasco
desde que existe Constitución Española de 1978.
Volvamos nuevamente la mirada 25 años atrás.
Lo que existía en 1975 era lo siguiente: dos "provincias
traidoras", Vizcaya y Guipúzcoa, a las que se había
privado de Régimen Foral y de derechos históricos, y una
tercera provincia, Álava, con singularidad Foral económica.
Veinticinco años después, el panorama es
irreconocible. Por primera vez en la historia, el País Vasco,
como tal, es real y no mítico, existe y tiene entidad jurídica
y política. Es una Comunidad Autónoma con instituciones
propias (Parlamento, Gobierno, Policía, Defensor del Pueblo,
Medios de comunicación
), Fiscalidad propia y un nivel
de competencias que supera a los de cualquier Estado Federado de la
Europa actual.
Y no podemos olvidar otro factor importante que se ha
transformado radicalmente en estos años como es la posición
de España respecto a Europa. La plena integración de nuestro
país en la Unión Europea ha producido efectos muy diferentes
de lo que esperaba el nacionalismo. Por una parte, sus reivindicaciones
de autodeterminación no han sido legitimadas internacionalmente.
Por el contrario, ha sido el Estado de Derecho español el que
ha recogido todo el apoyo de los demás países europeos.
España no se ha diluido en Europa, sino que se ha fortalecido
en ella. El proyecto de España no es antitético del de
Europa, sino complementario. El discurso de "Europa sí,
España no", que defendía el nacionalismo vasco, se
ha desmentido.
Pero es que, además, la propia Europa ha cambiado
sustancialmente en estos años. El proyecto europeo, si bien implica
una cesión de soberanía de los Estados, también
los fortalece al reforzar la cooperación y la confianza entre
ellos. La Unión Europea es la manera en que los Estados europeos
han decidido fortalecer sus vínculos.
Si todo esto es lo que ha cambiado en estos últimos
25 años. Si ha cambiado la sociedad, el País Vasco, los
partidos políticos españoles, España y la propia
Europa, ¿qué es lo que no ha querido o no ha sabido evolucionar?
¿Quiénes han perdido el reloj de la historia? ¿Qué
planteamientos están enrocados desde hace dos décadas,
ignorantes de los cambios acaecidos a su alrededor?.
Dos son las realidades que no han cambiado en el País
Vasco. No ha cambiado ni la estrategia de ETA, ni los objetivos del
nacionalismo.
ETA fue el enemigo por excelencia de la Transición
democrática en España y sigue siendo hoy el instrumento
macabro de la ruptura y de la fractura de nuestra convivencia democrática.
Veamos de qué manera el principal objetivo de
ETA fue impedir la transición a la Democracia. Entre 1976 y 1982,
es decir, precisamente en los años en los que España estaba
construyendo todo el entramado jurídico, político e institucional
que cerraría las heridas y divisiones abiertas por la guerra
civil, ETA lanzó la ofensiva más cruel y virulenta de
su historia criminal. Una ofensiva sin precedentes y que no se ha vuelto
a repetir. Su guerra particular contra la joven democracia española
fue mucho más encarnizada que la que había llevado a cabo
contra el régimen de Franco.
Así, paradójicamente, mientras que desde
el inicio de su estrategia de asesinatos en 1968 y hasta 1975 ETA había
asesinado a 45 personas -cifra ya suficientemente escalofriante- en
los siete años siguientes, entre 1976 y 1982, la banda terrorista
mató a 330 personas. Es decir, una media de 47 víctimas
por año. Es decir, el 41% de todas las víctimas mortales
de ETA en sus 32 años de actividad criminal cayeron precisamente
en esos siete años.
El año en que se decretó una amnistía
general, el 77, ETA mató a 11 personas. El año en que
se aprobó la Constitución Española, el 78, fue
ya uno de los más sangrientos, con 67 asesinatos. Pero los dos
años siguientes, el 79 y el 80, justo cuando se iniciaba la puesta
en marcha del sistema autonómico, fue cuando se produjo la escalada
más seria de violencia: en el 79 fueron asesinadas 76 personas
y en el 80, el peor año, 92
330 víctimas mortales fue la respuesta de ETA
al tránsito de Vizcaya y de Guipúzcoa de su condición
de "provincias traidoras" del franquismo a convertirse en
una Comunidad con el mayor nivel de autonomía política
de Europa. 330 víctimas mortales a las que habría que
añadir los heridos, los mutilados, los extorsionados, los que
para no caer abatidos de un balazo en cualquier rincón de su
tierra tuvieron que exiliarse del País Vasco. Es decir, el larguísimo
listado de las víctimas de ETA, cuya historia está aún
por escribir. Una historia que distinga nítidamente entre las
víctimas y los verdugos. Una historia que hable de esa generación
de vascos y de españoles que durante aquellos años dramáticos
fue literalmente sacrificada.
Pero si ETA no ha cambiado sus planteamientos y objetivos
-la ruptura de la convivencia en España-, sí ha experimentado
adaptaciones organizativas a lo largo de todos estos años. Independientemente
de que la ETA de hoy se nutra de activistas cada vez más jóvenes,
más inexpertos, más despiadados y más desideologizados,
se ha ido adaptando a las lagunas del Estado de Derecho para sobrevivir.
ETA, además de una organización, constituye un proyecto
de ruptura. Cruel, implacable, macabro, pero un autentico proyecto de
ruptura. Por ello es fundamental comprender lo que ha sido y es ETA,
que no sólo es una organización de comandos. De esta manera,
hoy podemos hablar de tres grandes ramas de la organización:
la rama o el pilar exterior, la rama del mal llamado entorno y la rama
de la semilla o regeneración.
La primera de ellas, la ETA del exterior es la ETA de
la dirección y de la logística, con sede en Francia, que
organiza y nutre a los comandos operativos. Evidentemente ETA se ha
aprovechado de los resquicios existentes entre las soberanías
de los Estados. Y aunque la cooperación internacional es un instrumento
cada vez más eficaz, sólo cuando Europa construya un espacio
policial y judicial, las organizaciones criminales no encontrarán
lagunas de este tipo.
La segunda de ellas es la ETA del interior, que es el
mal llamado "entorno de ETA" y que está constituido
por organizaciones políticas y sociales que la dirección
ha ido creando aprovechando las grietas y los vacíos legales
del sistema democrático.
No hay, por lo tanto, entorno de ETA. El entorno de ETA
es la propia ETA, cuyos militantes, además de pertenecer a ETA,
pertenecen, también, a otras organizaciones de carácter
social que les dan apariencia de legalidad, produciéndose en
consecuencia, un fraude de Ley. Hasta el punto es así que, en
determinados Autos judiciales se habla incluso de codirección
entre KAS o EKIN y ETA.
La tercera ETA es la ETA de la semilla, del germen, de
la regeneración. Es la ETA de la "kale borroka", y
tiene, por lo tanto, un componente eminentemente interior, y debe ser
combatida desde el propio País Vasco. Por eso la alternancia
en el País Vasco es fundamental, porque a esta ETA de la semilla
sólo se la puede combatir desde el seno de las instituciones
y de la sociedad vasca, y sólo se la puede prevenir con políticas
profundas de educación, de cultura y de carácter social.
Pues bien, si ni la estrategia, ni los objetivos de ETA
han cambiado en todos estos años, tampoco lo han hecho los planteamientos
ideológicos, los dogmas, los mitos del nacionalismo en su conjunto.
No ha habido un esfuerzo de regeneración ideológica similar
al que hicieron los partidos democráticos españoles. Esa
es la razón por la que en una circunstancia histórica
muy determinada el viejo nacionalismo ha decidido sustituir la táctica
de la calculada ambigüedad de la transición por la táctica
del frente nacionalista, escenificada en el Acuerdo de Estella.
Recordemos que el 12 de septiembre de 1998 el PNV y EA
firman el Acuerdo de Estella, en el que se escenifica parcialmente el
pacto previamente firmado con ETA. Cuatro días más tarde
ETA hace público un comunicado en el que declaraba una "tregua
indefinida" que habría de durar hasta el 28 de noviembre
del año siguiente. En octubre se celebran Elecciones al Parlamento
Vasco tras la que el PNV y EA, con minoría en la Cámara,
firman un Pacto de Legislatura para gobernar con EH.
En mi opinión, existe una causa mediata o profunda
para esa actitud del PNV. Y es que en ese partido la radicalidad siempre
ha estado latente. Y hoy sencillamente, lo que ha ocurrido es que al
calor de circunstancias concretas que lo han propiciado, ha emergido
esa radicalidad.
Pero la causa inmediata de esa radicalización,
es que el PNV sintió en 1997 vértigo al contemplar la
emergencia de un movimiento social que no era nacionalista, que no nacía
del nacionalismo y que no estaba controlado por el nacionalismo vasco.
Ermua generó un auténtico pacto social contra el terror,
pero el PNV sintió pánico ante ese proceso, ante la posibilidad
de que la sociedad vasca empezara a construir un proyecto político
y social de convivencia, asentado sólo sobre valores democráticos
y no sobre aspiraciones de construcción nacional.
Ese miedo del nacionalismo a perder su control social
le llevó a intentar salvar a toda la familia nacionalista. De
ahí surgió el atajo del reagrupamiento de los nacionalistas
en torno al Pacto de Estella. Pensaron que el fin incondicional y la
derrota total de ETA implicaba la derrota del nacionalismo en su conjunto.
Pero la deslealtad no sólo fue con la democracia
española, sino también con el propio Estatuto de Autonomía.
En ese sentido, se puso en marcha la Asamblea de Ayuntamientos Vascos
que, en una operación de desbordamiento constitucional y con
una cierta "teatralidad constituyente", trataba de sustituir
a las instituciones legítimas y representativas del País
Vasco.
Lo que ha sucedido en todo este periodo es la historia
del fracaso político, social y electoral del nacionalismo. No
sólo no ha conseguido que ETA deje de matar, si no que ha llevado
a las instituciones vascas a una crisis sin precedentes y, además,
ha dejado que esa crisis política se convierta en una profunda
crisis moral que hoy afecta al conjunto del nacionalismo.
En efecto, el nacionalismo vasco está sumido hoy
en una crisis de la que le va a costar salir. Y posiblemente sea necesario
que sea derrotado democráticamente en las urnas y que pase a
la oposición, para que pueda emprender su regeneración
y para que las instituciones vascas recuperen su normalidad y su potencialidad.
En resumen, podríamos escenificar esta diferente
actitud con lo que podríamos llamar "teoría de las
dos orillas". En una orilla se encontrarían los planteamientos
de nacionalismo vasco durante estos 25 años, con su victimismo,
con su insatisfacción perpetua, con su permanente demanda de
cesión, y en la otra orilla los partidos no nacionalistas y los
propios gobiernos que ha habido en España desde la Transición,
con una actitud de dar permanente satisfacción al nacionalismo
vasco, retroalimentando en ese proceso infinito sus demandas.
Desde la Transición hemos vivido un proceso de
acercamiento continuo de los gobiernos españoles al nacionalismo
vasco y de alejamiento continuo del nacionalismo. Si al principio ambos
planteamientos se encontraban cada uno en una orilla, separados por
la gran distancia que va desde una concepción centralizada del
Estado a la reivindicación de una personalidad histórica
vasca, uno de ellos ha hecho todo lo posible por acercarse al otro:
reconocimiento de esa personalidad, reestructuración territorial
de España para dar cabida en su seno a esa singularidad; autogobierno;
transferencias; concierto económico vasco. Creíamos que
después de ese proceso deberíamos estar todos en la misma
orilla o al menos las dos orillas deberían estar más próximas.
Pero la realidad es que cuanto más consigue el
nacionalismo, más se aleja, porque su objetivo es que la distancia
sea siempre la misma y mantener a la sociedad vasca asentada sobre el
sentimiento de agravio, sobre el victimismo. El nacionalismo vasco,
incapaz de desprenderse de sus viejos dogmas, se ha mantenido durante
todos estos años instalado en la reivindicación permanente
y en la cultura política de la queja. Ha hecho de esa distancia,
del mantenimiento de las dos orillas, su único discurso político,
y su único proyecto para el País Vasco.
Pero no podemos seguir alimentando con la cesión
permanente, ni la insatisfacción permanente ni la distancia permanente
sobre la que se asienta esta teoría. Es un error hacer concesiones
a la idea de que detrás de la violencia hay reivindicaciones
que exigen un tratamiento especial, que hay agravios reales contra lo
vasco o contra lo nacionalista vasco, porque lo único que hace
especiales a esas reivindicaciones es que tienen detrás a un
grupo armado subrayándolas.
Señoras y señores, como decía al
principio de mi intervención, yo he venido aquí para defender
lo que creo que ha sido la historia de los últimos 25 años
en el País Vasco.
Y en ese sentido, me atreveré a denunciar y a
analizar diez lugares comunes, que se utilizan con excesiva frecuencia
al abordar el problema terrorista y el problema vasco. Son lugares comunes
- que no puntos de encuentro-, que unas veces son mitos y otras son
intentos de descalificación de la Política del Gobierno,
pero que tienen un efecto perverso en la evolución política
del País Vasco y que en ocasiones han impedido un análisis
correcto de esa realidad.
1º No es posible terminar con ETA por la vía
policial.
El primero de estos lugares comunes es afirmar que no
es posible terminar con ETA por la vía policial y este lugar
común, que es también una critica, tiene como principal
efecto pernicioso socavar, desmoralizar, la acción de las Fuerzas
y Cuerpos de Seguridad, y es, además, una verdad a medias que
se acaba convirtiendo en una gran mentira. Por ello, cada vez que escucho
a los que defienden soluciones supuestamente imaginativas, cada vez
que veo que se habla de la acción policial contra ETA como un
signo de represión mientras que la negociación con la
banda es calificada como vía hacia la paz, me parece que estamos
retrocediendo en el tiempo un cuarto de siglo. Porque la decisión
de luchar frente al terrorismo con toda la potencia del Estado de Derecho,
sin negociaciones encubiertas en paralelo, es una de las decisiones
más políticas que puede tomarse. La fortaleza moral, la
firmeza democrática, la tenacidad y la firme aplicación
de todos los medios que brinda el Estado de Derecho son la única
vía hacia la paz. Se puede y se debe desarticular a ETA desde
el Estado de Derecho y desde la Unión Europea.
2º.- Existe un empate infinito entre el Estado y
ETA.
Y este falso mito de la incapacidad de la vía
policial para acabar con ETA está íntimamente ligado al
siguiente de los lugares comunes que quiero denunciar: la afirmación
de que existe un empate infinito entre el Estado y ETA, que implica
la imposibilidad de derrotar a ETA y que priva a las sociedades vasca
y española de cualquier esperanza de paz.
Quienes insisten en ese empate infinito, no dicen con
suficiente claridad en qué consiste para ellos el desempate,
porque su desempate consiste en pagar un precio político por
la paz, aceptando parte de las condiciones de los terroristas
Tampoco dicen que la democracia española no ha
combatido a lo largo de estos 25 años de la misma manera este
fenómeno.
La realidad es que hemos venido protagonizando un perfeccionamiento
continuo de la lucha antiterrorista. El impulso de la justicia en la
lucha contra el mal llamado entorno de ETA; la cooperación internacional
en su actual grado de desarrollo; y la próxima constitución
de un espacio europeo único de justicia y de seguridad, constituyen
novedades relevantes que serán determinantes.
Perseveremos, perfeccionemos estos avances, siempre desde
el máximo respeto por el esfuerzo de los gobiernos anteriores.
Y el final de ETA, tal como la conocemos, será una realidad.
3º.- Los españoles, con el Gobierno de España
a la cabeza, hemos desaprovechado una oportunidad histórica con
la tregua de ETA en 1998.
En mi opinión, se ha producido exactamente todo
lo contrario. Lo que pudo dañar gravemente la democracia española
fue el mito, el engaño de aquella tregua trampa.
En la declaración de la falsa tregua incidieron
numerosos factores, pero el cese de la violencia fue, sobre todo, el
resultado de la firmeza democrática de la sociedad vasca y española,
de la rebeldía colectiva contra la tiranía del terror,
de la desobediencia civil contra el régimen decadente de ETA.
Hoy ya sabemos que cuando ETA anunció el cese
indefinido del terrorismo, no estaba declarando la paz. ETA necesitaba
tomar aliento, después de los golpes policiales recibidos, para
rearmarse y para reorganizarse, mientras manipulaba el anhelo de paz
de la sociedad. Y el PNV, como hizo tras la desarticulación de
Bidart al amparar las reivindicaciones referidas a la autopista de Leizarán,
dio cobertura política a esa necesidad táctica de recuperación.
No hubo, por lo tanto, proceso de paz, hubo manipulación estratégica
de un anhelo de paz. Fue un mero cambio de táctica para afianzar
la persecución de los mismos fines: la autodeterminación
del País Vasco y la construcción nacional.
Aquel comunicado de ETA del 16 de septiembre de 1998,
en el que anunciaba el cese indefinido, fue el preludio y la expresión
de una ofensiva política del conjunto del nacionalismo vasco.
ETA hacía en aquel comunicado una declaración de guerra
a España y a Francia y emplazaba a las formaciones políticas
nacionalistas a que fueran fieles a los acuerdos que habían suscrito
con la organización.
Hay que tener en cuenta, además, que ese cese
indefinido, en septiembre, se produjo en vísperas de un proceso
electoral en el País Vasco, en octubre de 1998, y respondió
a una estrategia electoral muy clara de Estella: la de arrasar en las
urnas aprovechando el factor sorpresa e intentar vincular el fin de
la violencia a los planteamientos nacionalistas haciendo depender la
paz de la construcción nacional. Pero los resultados electorales
no respondieron a esas expectativas y la estrategia fracasó.
ETA volvió a matar.
4º.- El cuarto de los mitos o lugares comunes que
quisiera desmentir es que la prolongada subsistencia de ETA se debe
a la cobertura social que tiene en los pueblos de País Vasco.
Otra verdad a medias que se acaba convirtiendo en una
gran mentira. Claro que ETA tiene un respaldo social cierto y determinado,y
todos lo conocemos. Pero la cobertura social, la comprensión
y la simpatía hacia las acciones de ETA, han ido disminuyendo
sustancialmente.
Hoy Euskal Herritarrok, sustituto de Herri Batasuna,
tiene un apoyo electoral menor que hace una década. Sin duda
sigue siendo apreciable. Pero lo que sucedía hace veinticinco
años, es que la consecuencia de esa comprensión o simpatía,
producía más apoyos espontáneos y directos a la
estructura terrorista, que dificultaban extraordinariamente su erradicación.
Había más simpatizantes pero también mayor intensidad
en la simpatía, mayor identificación y mayor militancia.
Este significado de cobertura social, hoy no se produce.
La mejor demostración de ello, es que si la causa
más relevante de esta larga subsistencia fuese esa supuesta cobertura
social, ni la dirección ni la logística de ETA (que son
sus dos piezas fundamentales para los comandos) estarían en Francia,
sino en los pueblos del País Vasco.
Por eso es tan importante que la actual y ejemplar cooperación
de Francia, se siga acrecentando como hasta ahora.
En definitiva, la causa principal que explica la subsistencia
de ETA, deriva, como en el caso de muchos otras estructuras de naturaleza
criminal, de su carácter transnacional que dificulta sensiblemente
su erradicación.
5º.- ETA es sólo una organización
de comandos
Uno de los engaños que más difícil
ha hecho la lucha contra el terrorismo, es el mal llamado entorno de
la organización.
Tras la desarticulación de su cúpula en
Bidart en el año 92, ETA tuvo la necesidad de regenera su estructura.
La coordinadora
(KAS) fue la encargada de sustituir a la cúpula
KAS, tardó seis años en ser ilegalizado mediante auto
judicial de la Audiencia Nacional. Tras la ilegalización de esta
estructura y la caída del llamado aparato militar de ETA, en
marzo de 1999, EKIN se convierte en la organización que trata
de tomar el relevo de KAS. Pero EKIN ha sido ilegalizado también.
ETA necesita contar con una serie de estructuras y personas
que, perteneciendo clandestinamente a su organización, forman
parte, además, de un entramado con apariencia plena de legalidad.
Cualquier acción sobre estas personas que no pertenecen a los
comandos, pero sí a ETA, es considerada por algunos sectores
como una provocación y una criminalización represiva e
injustificada.
De ahí la trascendencia del impulso judicial en
la lucha contra el terrorismo, que ha producido desde el año
97 acciones decisivas en el mal llamado entorno de ETA.
Otro mito a destruir: quienes pronosticaron la catástrofe
cuando la justicia ilegalizó un medio de comunicación
al servicio de ETA o cuando ilegalizó algunas de sus estructuras,
se equivocaron clamorosamente. No hubo catástrofe alguna.
Y no hay, repito, "entorno". Hay organización
criminal.
6º.- Nada cambia, ni va a cambiar con otras elecciones.
Otro mito, otro lugar común profundamente perturbador,
instigado desde el propio nacionalismo gobernante es que "nada
va a cambiar con la celebración de unas nuevas elecciones en
el País Vasco"; es decir, según esto, la invariabilidad
de su sociología electoral sería un dato más de
la singularidad vasca.
Sin embargo, el resultado de las elecciones autonómicas,
locales y generales de la década de los noventa dice exactamente
lo contrario.
En primer lugar, el Pacto de Estella no se hubiese producido
nunca sin el estancamiento del nacionalismo vasco en la década
de los noventa.
La imposibilidad de cambios sociológicos es una
falsedad, tal y como se demostró en las elecciones autonómicas
del 98 y las municipales del 99 en las que el nacionalismo vasco retrocedió
drásticamente en las ciudades vascas y sufrió un fracaso
territorial en Alava. Esto supone, primero, que los centros neurálgicos
de la vida vasca, es decir, las grandes capitales no apoyan la actual
estrategia del nacionalismo vasco. Y segundo, supone la quiebra territorial
de los objetivos nacionalistas, implica que los territorios sobre los
que se quiere apoyar la construcción nacional no son idénticos,
ni siquiera en su manera de concebir lo vasco.
Y en las últimas Elecciones Generales del 12 de
marzo del 2000 se acentuó la tendencia. Los vascos apoyaron mayoritariamente
a las fuerzas políticas defensoras de la Constitución
y del Estatuto, a los partidos que han sabido oponerse con firmeza al
terrorismo y a las pretensiones de ruptura soberanista. Los partidos
constitucionalistas obtuvieron 11 de los 19 escaños en disputa
para el Congreso y el 51% de los votos emitidos, experimentando un ascenso
de 9,5 puntos porcentuales con respecto a las elecciones generales de
1996.
Ya estos datos globales, por sí solos, son una
auténtica radiografia de una realidad plural, de una sociedad
en la que conviven distintas formas de entender lo vasco.Son también
un síntoma de la voluntad de cambio de los vascos, de su profunda
demanda social de libertad, con especial repercusión en las ciudades.
Los resultados territoriales son todavía más significativos.
En Álava, por ejemplo, los partidos constitucionalistas consiguieron
el 64,6 % de los votos; y PSOE o PP fueron las fuerzas políticas
más votadas en las 12 ciudades más pobladas del País
Vasco.
7º.- Todo lo cual permite, además, que tengamos
confianza para deshacer el siguiente de los lugares comunes que quería
analizar, que es el de la imposibilidad de construir una alternativa
al nacionalismo vasco.
En mi opinión, hoy el País Vasco está
situado en un punto de inflexión de su historia. Se ha agotado
un ciclo político y podemos decir que, por primera vez se ha
abierto la posibilidad de sustituir democráticamente al nacionalismo.
Como en tantas otras ocasiones en la historia, los movimientos sociales,
los estados de opinión, tardan tiempo en consolidarse, en tener
reflejo político; pero cuando lo han hecho, son imparables. Ya
no se puede descartar que en Vitoria haya un gobierno no nacionalista
y eso es un síntoma de higiene democrática.
Pero para avanzar en ese proceso de higiene democrática
todavía tenemos que vencer algunas dificultades. La primera es
el miedo físico a ETA, que intenta reforzar con hechos como los
ocurridos recientemente en Zarauz, cuando intentó arrasar a toda
la cúpula del Partido Popular. Y el ejemplo de lo ocurrido en
Alemania en los años treinta nos enseña hasta donde puede
llevarse a una sociedad que se deja arrastrar por la coacción
y el miedo.
Vencer el miedo es vencer el terrorismo. Se empieza a
vencer el terrorismo cuando se empieza a vencer el miedo.
Una vez más, la actitud ante los problemas y dificultades
resulta la esencia de la solución. Es una actitud colectiva de
superación del miedo. Pero como toda actitud colectiva, debe
ir precedida de muchas actitudes individuales, y hoy ya hay muchas personas
en el País Vasco que, desde ámbitos diferentes, desde
siglas distintas, nos están dando un ejemplo extraordinario y
cotidiano.
La segunda, es el miedo reverencial al PNV, el miedo
escénico a que su salida del gobierno agrave los problemas de
la sociedad vasca.
Tenemos ahora que vencer ese miedo, porque lo que hoy
está muy claro es que el nacionalismo no ha sido capaz de solucionar
el principal problema de los vascos. A pesar de haber contado durante
dos décadas con una innegable hegemonía política,
cultural, económica y social; a pesar de haber dominado en todos
los ámbitos de la vida vasca durante una larga etapa en la que
nadie que no fuera nacionalista tenía futuro político,
social, ni cultural; a pesar de ello, el nacionalismo no sólo
no ha dado solución al problema, sino que lo ha enquistado y
agravado, convirtiéndose en parte importante del mismo.
Y no hay criminalización hacía el PNV tras
el Pacto de Estella que fue su gran deslealtad democrática. Esa
es otra falsedad a desterrar. Lo que sí decimos es que Estella
es la confirmación de que el PNV no puede ni debe liderar hoy
el País Vasco. Pero para ello están las elecciones que
son la máxima expresión del dialogo.
Y es por lo que desde el Partido Popular decimos que
nuestro objetivo es sustituir democráticamente al nacionalismo
vasco del poder.
8º.- El gobierno y las fuerzas democrática
no nacionalistas desprecian el diálogo.
El siguiente equívoco dañino para la salud
democrática en España, es la apelación a un hipotético
diálogo, que se invoca como fórmula mágica para
acabar con un problema que es mucho más complejo.
Pero hablar de diálogo sin límites, en
general es como no hablar de nada; es una frivolidad democrática.
Hay que decir muy claramente para qué se habla, de qué
se habla, con qué límite se habla y con quienes se habla.
Porque, tras más de veinte años de funcionamiento
de las instituciones autonómicas el dialogo se desarrolla permanentemente
en las mismas.
Ahora bien, cuando el diálogo se produce entre
un partido y una organización terrorista, fuera de las instituciones,
con el objetivo de sustituirlas de complementarlas por insuficientes
y, cuando lo que se pretende es que las demás fuerzas políticas
justifiquen y respalden ese diálogo, creo que tenemos el perfecto
derecho de referirnos al mismo como un diálogo-trampa. Es más:
la negociación política con una organización terrorista,
es la expresión del no diálogo, la antítesis del
diálogo. Y todo lo que derive de esta negociación o de
este pacto es la negación del diálogo.
Si la historia de la relación entre los partidos
nacionalistas y los Gobiernos de España en estos últimos
25 años, es la historia de las dos orillas, el relato de los
tres últimos años es la crónica de una trampa tendida
por el nacionalismo vasco. Y el Gobierno presidido por José María
Aznar, adoptando una decisión de extraordinaria relevancia, ha
dicho no a una segunda transición; ha dicho no a la sustitución
del principio de la autonomía por el de autodeterminación
como columna vertebral de nuestra convivencia; ha dicho no cuando el
reclamo era una tregua-trampa; y ha vuelto a decir no cuando cuando
ese reclamo adoptaba la forma de un diálogo-trampa.
9º.- El Pacto entre las dos grandes opciones españolas
constituye un frente, un error y una provocación al nacionalismo.
Otro de los lugares comunes en estos últimos años.
Los pactos y los acuerdos deben ser valorados en función
de su contenido, de sus objetivos y de su fortaleza, siempre, en definitiva,
de su autenticidad.
El acuerdo de principios entre las dos grandes opciones
constituía una demanda social profunda y compartida por una gran
mayoría de españoles y de vascos. Sus objetivos no pueden
ser más nobles. Porque la unión, la unidad frente al miedo,
frente al terrorismo es un elemento esencial para combatirlo.
Hasta el momento todos los males que algunos presagiaban
del acuerdo no se han producido. Sólo se producen adhesiones
sucesivas, presididas por la tolerancia. Ni es un frente excluyente,
ni un error, ni una provocación. Es sentido común, sentido
de la responsabilidad y esperanza.
Otro mito a destruir, las consecuencias negativas de
los acuerdos políticos entre las dos fuerzas principales de la
sociedad española.
10º.- No hay esperanza sin dar parte de la razón
a ETA.
Y por último, quisiera terminar contribuyendo
a desmontar otro de los mitos perversos respecto de la situación
vasca. Me refiero a la idea de que no hay solución, de que estamos
condenados míticamente también a vivir en la tragedia
permanente en el País Vasco. Yo creo que hay razones para la
esperanza.
La primera y fundamental de las razones es que esa transformación
de la sociedad vasca a la que antes me he referido, abre un escenario
inédito en las vías de solución. Nunca el Estado
de Derecho tuvo tanto apoyo y nunca la sociedad ha exigido a los partidos
y a las instituciones mayor compromiso contra el terrorismo. Y esta
transformación social es el mayor caldo de cultivo contra el
terrorismo.
No hay soluciones mágicas ni recetas milagrosas.
Pero la historia de estos 25 años nos demuestra que todos los
atajos, en una u otra dirección, nos alejan de la solución.
Un atajo es un error seguro.
Evidentemente la solución no está tampoco
en que los demás acentuemos nuestro papel de víctimas
de un engaño a manos del nacionalismo. La solución está
en el fortalecimiento cotidiano de la confianza en nosotros mismos,
en nuestros principios y convicciones, en la Constitución, en
el Estatuto, en nuestro Estado de Derecho, en España, en la Unión
Europea. La solución está en nuestra fortaleza moral y
en la confianza en todo lo que hemos hecho juntos a lo largo de estos
veinticinco años, con todos los errores y limitaciones que se
quiera.
ETA ha sido la historia del abuso de una minoría
violenta y el pasado demuestra que ha abusado de nuestros complejos
y mezquindades, de nuestra falta de confianza en nosotros mismos.
La segunda razón para la esperanza es que esa
exigencia social de firmeza y de unión, nos ha llevado al "Acuerdo
por las libertades y contra el terrorismo" que el PSOE y el PP
firmaron el pasado 8 de diciembre. Que los dos partidos más importantes
de España, que aglutinan al 80% del electorado, se pongan de
acuerdo en el diagnóstico sobre el problema vasco y en las consecuencias
políticas que del mismo se derivan, es un hecho que nos permitirá
avanzar en la derrota de la estrategia terrorista.
El diagnóstico del Pacto es claro: el principal
déficit democrático de la sociedad vasca es el generado
por la violencia terrorista y esto constituye el núcleo central
del problema vasco; la estrategia promovida por el PNV y EA consistente
en poner precio político a la paz ha fracasado, y el requisito
imprescindible para que esos partidos se incorporen a la unidad de las
fuerzas democráticas, es su abandono formal del Pacto de Estella
y de todas sus instituciones.
La afirmación de que el terrorismo es un problema
de Estado que debe ser apartado de las confrontaciones políticas
y electorales; el necesario consenso democrático en torno a las
reformas legislativas necesarias en esta materia y a la política
penitenciaria; el compromiso por reforzar la cooperación internacional;
la debida atención a las víctimas. Todos estos puntos
se han convertido a partir del Acuerdo en los pilares fundamentales
sobre los que se asienta la estrategia democrática contra el
terrorismo.
El tercer motivo para la esperanza es la demanda creciente
de libertad y de justicia de la sociedad Vasca, valores sobre los que
es preciso construir un proyecto común y compartido para la mayoría
de los vascos. Un proyecto de regeneración política y
moral por la libertad en el País Vasco que abarque las áreas
fundamentales de convivencia: la educación, la cultura, la información,
la vida cotidiana etc
Un proyecto capaz de integrar toda la pluralidad
Vasca, lingüística y cultural, que es su principal seña
de identidad. Un proyecto basado en la primacía de la paz, en
el bien entendido de que la paz sólo será alcanzada desde
la libertad. Un proyecto capaz de hacer que nacionalistas y no nacionalistas
vivan con idéntica comodidad social, política y cultural
en el País Vasco. Un proyecto de regeneración y recuperación
de los valores y principios que hacen posible la convivencia.
Porque como dijo el Presidente Aznar en Bilbao, el País
Vasco no necesita una estrategia de construcción nacional que
divida y enfrente a los vascos, sino una estrategia de construcción
moral y social.
El cuarto motivo para la esperanza es el protagonismo
que va a adquirir en el futuro inmediato la Unión Europea en
la lucha antiterrorista, mediante la creación del espacio judicial
y policial único y la Orden de Busca y Captura Europea en delitos
como el terrorismo.
Y por último, hay una razón fundamental
para la esperanza, y es la salud de España, la existencia, como
diría Ortega, de un proyecto "sugestivo de vida en común",
que es el reflejo de la realidad y del porvenir de la España
de nuestros días.
Y yo creo que es posible y necesario hacer comprender
al nacionalismo que el desarrollo real de los territorios que defienden
se producirá mediante su participación en el marco integrador
de España.
Y en mi opinión, estamos en las mejores circunstancias
históricas para avanzar en este objetivo. El nacionalismo vasco
surgió en un momento histórico muy preciso y como consecuencia
de dos crisis, de dos derrotas: la de la proyección imperial
de España tras la pérdida de sus tres últimas colonias
y la del tradicionalismo en las guerras carlistas.
Pero ni España ni el País Vasco tienen
nada que ver en este año 2000 con aquella realidad del siglo
XIX. La España de nuestros días es un país desarrollado,
democrático, pacífico, fuerte dentro de una Europa unida.
Un país en el que caben todas las culturas, todas las diferencias,
toda la gran riqueza y diversidad de sus tierras y de sus gentes, y
que puede ofrecer a todas y cada una las nacionalidades y regiones que
lo componen la participación en un proyecto atractivo de vida
en común. Sólo en ese país normal y desarrollado
que es la España de nuestros días encontrará el
País Vasco su propia normalidad y su propio desarrollo.
Permitanme que concluya esta conferencia con un recuerdo
más especial a las víctimas del terrorismo y a sus familias.
A todos ellos les pido en primer término perdón, porque
las víctimas y sus familias deben estar fuera de todo balance,
fuera de todo análisis político y por ello discutible,
parcial e imperfecto de esta situación.
Las víctimas sólo deben estar en un lugar;
en lo más profundo de nuestras conciencias, en la raíz
de nuestras convicciones y principios.
Pero sus familias tienen que saber que no les olvidamos,
y hoy tampoco quiero hacerlo.
Tienen que saber que nunca podremos compensar tanto dolor,
tanta soledad, tanta tragedia y sufrimiento. Sé que para ellos
no hay análisis políticos consoladores, y en ocasiones
ni siquiera podemos pronunciar palabras de consuelo.
Tienen que saber que las muertes de sus seres queridos
no han sido inútiles. Han sido radical y profundamente injustas,
pero no inútiles. ¡ Qué lecciones nos han dado todos
y cada uno de ellos¡.
Sé que lo que quieren es que no haya más
víctimas, porqué saben muy bien lo que esto significa.
Pero tienen que saber que los responsables políticos asumimos
un compromiso con ellos que no vamos a olvidar, como tampoco vamos a
olvidarlos a ellos.
Vamos a sufrir, vamos a sacrificarnos, vamos a esforzarnos,
vamos a recordarles, para que entre todas las personas de buena fe intentemos
que no haya más víctimas.
Y tiene que saber que el futuro del País Vasco
depende en gran medida de nuestra capacidad de construir un proyecto
asentado en la libertad y en la justicia. Exactamente los valores y
los derechos que ellos ni tuvieron ni pudieron disfrutar.
Muchas gracias.
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