"SEGURIDAD Y CONVIVENCIA EN EL PAIS VASCO: BALANCE DE 25 AÑOS"
Conferencia en la Real Academia de la Historia. Madrid, 17 de enero de 2001


Es para mí un alto honor y una gran responsabilidad comparecer en este prestigioso foro y hacerlo, además, dentro de un ciclo de conferencias tan riguroso y de tan alto nivel como el que se ha organizado para conmemorar los 25 años de reinado de S.M. Don Juan Carlos I.

Quiero por ello agradecer a la Real Academia de la Historia, a todos sus miembros, y a su Director Gonzalo Anes, su considerada invitación a sumarme a esta iniciativa y a participar en este ejercicio de reflexión. Y agradecerles, también, su gran amabilidad y flexibilidad para hacer posible, en la práctica, mi presencia en este ciclo.

Los últimos 25 años constituyen, sin duda, una etapa que, a pesar de todos sus claroscuros, a pesar de todos los problemas no resueltos, puede ser calificada como una de las más positivas, de las más fructíferas de la historia de España. Un período de estabilidad, modernización y desarrollo en el que se superaron las dos grandes crisis -la del 98 y la Guerra Civil- que marcaron nuestra historia reciente.

Ese desarrollo en paz no ha sido fruto ni de la casualidad, ni de la suerte, sino de un importante esfuerzo colectivo dirigido a superar los problemas seculares de España.

En efecto, durante la Transición y en un difícil ejercicio de madurez colectiva, una gran parte de los sectores políticos y sociales supieron hacer concesiones en favor de la convivencia y de la reconciliación. En general, las fuerzas políticas fueron capaces de abandonar sus dogmas más excluyentes.

Una vez más reiteraré mi admiración y reconocimiento hacia quienes ejecutaron materialmente esta transición, desde el impulso decisivo de S.M. el Rey, la dirección política del Presidente Suarez y la colaboración de las fuerzas políticas.

En ese proceso de acercamiento, en ese ejercicio de tolerancia ejemplar, fueron generosamente apartadas del centro del debate político todas las cuestiones y pretensiones susceptibles de cavar nuevas trincheras, de levantar nuevos muros de división entre españoles. Tanto las afirmaciones tajantes de la unidad centralizada de España, como las ideas republicanas; tanto la exigencia de imponer a la sociedad determinados principios morales, como las reivindicaciones sociales más radicales.

Gracias a ese inteligente y generoso esfuerzo colectivo se pudo construir un modelo político y social con vocación de permanencia, que está siendo el más estable de nuestra historia. Gracias a ese ejercicio de tolerancia, hoy, 25 años después se puede afirmar que todos los grandes problemas seculares de España o están cerrados o han encontrado, al menos, el cauce adecuado para que puedan ser discutidos y resueltos de forma pacífica, sin enfrentamientos.

Todos los problemas seculares de España menos uno. Porque, en efecto, la seguridad y la convivencia en el País Vasco siguen siendo un grave problema sin resolver, un problema que, sigue hoy amenazando nuestro sistema de libertades. Ésta es, podríamos decir, la última gran cuestión no resuelta. ¿Por qué esta excepción?

Para responder a esta pregunta resulta imprescindible realizar un análisis sobre lo ocurrido durante estos años en el País Vasco. Porque me parece que una de las tareas que tenemos pendientes respecto a este problema es precisamente la defensa de la verdad histórica y el análisis racional de esa realidad.

La deformación de la verdad histórica y la falsificación de la realidad suponen un daño irreparable para cualquier sociedad. Pero en el caso del País Vasco, la defensa de la verdad es, además, un requisito indispensable para su normalización política. En este sentido, la defensa de la historia es también la defensa de la paz.

Esta conferencia es un intento de analizar la realidad del País Vasco en los últimos 25 años desde la razón y no desde el mito. Un intento de entender la actual realidad vasca en su complejidad analizando qué aspectos de la misma han cambiado en estas décadas y cuáles, por el contrario, no han evolucionado. Un intento de ver hasta que punto seguridad y convivencia son realidades interdependientes, y de como el problema vasco y problema terrorista se confunden.
Porque se trata de saber de qué estamos hablando cuando nos referimos al "problema vasco". Se trata, de dilucidar en qué consiste ese problema, por qué existe sólo en el País Vasco, y si es un problema invariable o ha experimentado cambios a lo largo de nuestra historia. Y se trata de saber que relación tiene ese problema con el problema terrorista, que si no me equivoco es el que le confiere una relevancia tan especial. Porque con demasiada frecuencia se confunden los términos y las ideas, contribuyendo a proponer falsas soluciones.

Pues bien, en mi opinión tendría cierta justificación hablar, históricamente, de la existencia de un problema vasco singular, que habría consistido en una persistente falta de entendimiento entre vascos. Podría decirse que el País Vasco ha sido en determinados momentos de su historia una sociedad singularmente escindida, marcada por divisiones casi siempre más profundas que las existentes en otras zonas de España, que por ello han llevado a conflictos particularmente violentos.

Esa afirmación puede tener su fundamento en la especial virulencia que alcanzaron las guerras decimonónicas en el territorio vasco, donde al conflicto dinástico entre carlistas y liberales se superpuso el enfrentamiento social, económico e ideológico entre un mundo rural anclado en el pasado y un mundo urbano escenario de una creciente industrialización.

Pero ya desde los comienzos del siglo XX, con la presencia de los nacionalismos, esa falta de entendimiento entre vascos adquiere una dimensión nueva, porque empieza a afectar a la propia concepción que se tiene sobre lo que es y sobre lo que debe ser "lo vasco".

La Guerra Civil, contribuyó, sin duda, a acentuar esta escisión, porque en el País Vasco, a la dramática división entre vencedores y vencidos, se superpuso la división entre nacionalistas y no nacionalistas.

Lo que es un hecho, es que esa división, que se mantuvo más o menos latente durante todo el régimen de Franco, salió de nuevo a la luz durante la Transición y se manifestó con mayor radicalidad en el País Vasco que en las demás Comunidades.

Pero lo que no podemos olvidar es que desde 1968, año en el que ETA comete su primer asesinato planificado, el llamado problema vasco que hemos descrito se mezcla con el fenómeno terrorista que distorsiona la vida política y contribuye a profundizar las divisiones entre vascos.

Hay una fecha clave en este proceso de concurrencia entre los dos problemas: diciembre de 1970. Fue, en efecto, a raíz del Proceso de Burgos cuando se origina un nuevo ambiente político y social que visualiza de forma muy clara el desmoronamiento de un viejo régimen. Es entonces cuando ETA obtiene el mayor apoyo social de su historia y pasa a formar parte esencial del complejo panorama del País Vasco. Es decir, si hasta esa fecha clave el componente esencial del llamado problema vasco era la línea de división entre nacionalistas y no nacionalistas, a partir de ese momento el terrorismo irrumpe en escena y pasa a ser el ingrediente fundamental de ese problema.

¿Cuál es la situación hoy? ¿En qué consiste el problema vasco hoy?

En mi opinión, eso que llamamos el problema vasco está hoy integrado por varios problemas diferentes, concatenados, que intentaré analizar.

El primer problema, el más grave, el problema vasco por antonomasia hoy, es el problema terrorista, que es un problema de seguridad. Es el problema creado por la presencia y la actuación de una minoría que quiere imponer su voluntad al conjunto de la sociedad mediante el terror. Es el problema del terror ejercido indiscriminadamente contra todos aquellos que no comparten ni la subcultura de esa minoría ni los contravalores de esa minoría.

El segundo problema, es la falta de libertades, el déficit de democracia, la vulneración de los más elementales derechos, empezando por el derecho a la vida, la ausencia de convivencia. En el País Vasco no se respeta el derecho a la vida y a la integridad física y no hay seguridad ni libertad de expresión para una gran parte de los ciudadanos.

El tercer problema surge en de septiembre de 1998, cuando los partidos nacionalistas tradicionales firman el Acuerdo de Estella, creando entonces un frente que tiene como objetivo forzar a España a realizar una segunda transición desde la autonomía a la autodeterminación. A partir de ese momento, la estrategia del Partido Nacionalista Vasco, es parte importante del problema vasco.

En definitiva podemos concluir, primero, que el problema vasco no es un contencioso con España, ni un problema de opresión a los nacionalistas (¡que llevan 20 años en el poder!) Segundo, que no existe un problema vasco históricamente invariable y que desde los años 70, problema vasco y terrorismo son dos realidades íntimamente unidas. Tercero, que lo que llamamos hoy problema vasco es en realidad una cadena de problemas que tiene al terrorismo y al nacionalismo como eslabones fundamentales. Y cuarto, que los objetivos complementarios que debemos perseguir son acabar con el terrorismo, por una parte, y normalizar política y socialmente el País Vasco, por otra. Pero teniendo muy en cuenta el orden de resolución de los problemas, y sabiendo que para resolver el problema vasco hay que resolver antes el problema terrorista y no al revés.

Sin duda, es mucho lo que la historia de estos 25 años nos puede enseñar, mucho lo que los errores del pasado -la mayor parte de ellos inevitables dadas las circunstancias en que se produjeron- nos pueden ayudar a adoptar una posición correcta en la actualidad.

Y una vez analizadas histórica y conceptualmente las relaciones entre problema vasco y problema terrorista, entre problemas de seguridad y problemas de convivencia, una vez centrados los términos para desentrañar lo que ha sido la verdad histórica en estos 25 años, conviene analizar cómo era la sociedad vasca en el 75 y cómo es ahora, en qué medida han cambiado las cosas en el País Vasco, qué o quiénes han cambiado, qué planteamientos se han cerrado obstinadamente a cualquier tipo de evolución. Porque no cabe duda de que 25 años de sistema democrático tienen que haber tenido alguna incidencia sobre los actores y los planteamientos de la vida política vasca.

Veamos, en primer lugar, qué ha cambiado y en qué sentido, en relación con el País Vasco.

Ha cambiado, en primer término, la sociedad. Estos 25 años de democracia han tenido una capacidad de transformación sin precedentes y en todos los ámbitos, y en nuestro caso, la sociedad se ha ido lenta pero irreversiblemente articulando en torno a determinadas principios y valores.

Al hacer balance de esta evolución dos hechos claves a recordar: uno al que ya he hecho referencia, el Proceso de Burgos y la movilización social de Ermua. El análisis de estos dos acontecimientos, de sus causas y de sus efectos, pone de relieve hasta que punto, y frente a las actitudes de pesimistas y agoreros, ha cambiado nuestra sociedad en relación a este problema.

Hagamos un poco de memoria. Volvamos la vista 25 años atrás. Las cifras de la ofensiva de ETA contra la transición democrática son estremecedoras y al recordarlas tenemos que preguntarnos cómo lo soportó la sociedad, cómo lo soportó el jovencísimo sistema democrático. La respuesta debe abordar las dos caras de la cuestión. Por una parte, aunque hubo riesgos, esa resistencia fue un síntoma positivo de madurez, de serenidad, de fortaleza de las convicciones y de las instituciones democráticas.

Por otra, es necesario hacer un ejercicio de autocrítica. Porque en esa falta de reacción hubo también buenas dosis de ceguera, de ambigüedad, de tibieza. Para una parte de la sociedad y de las fuerzas políticas, ETA y el nacionalismo vasco radical mantuvieron durante demasiado tiempo el halo romántico que se otorgó a quienes habían combatido contra Franco. Estos sectores no entendieron ni lo que ETA significaba, ni lo que estaba en juego, ni que ETA no combatía realmente contra Franco sino contra todos los valores básicos de nuestra sociedad.

Pero para la mayoría, fue sobre todo un problema de apatía, de indiferencia, de complejos, de inseguridades, de falta de bagaje democrático. Y, también, por qué no decirlo, de miedo.

En aquella época las víctimas caían y no existía la Asociación de Víctimas del Terrorismo, ni los grupos pacifistas, ni el lazo azul, ni las manos blancas. Todavía puedo recordar los entierros casi clandestinos de las víctimas de los primeros años 80 en el País Vasco, o el casi total aislamiento de sus familiares, o terribles expresiones que como la de "algo habrá hecho" se convirtieron en la única respuesta de aquella sociedad. Una sociedad que ha tenido que ir superando miedos y complejos para poder recorrer un largo camino desde la pasividad a la movilización.

Pero el movimiento por la paz experimentó su punto de inflexión con el despiadado secuestro de Ortega Lara, liberado por la Guardia Civil, y con el posterior secuestro y cruel asesinato, a cámara lenta, de Miguel Ángel Blanco. La reacción puramente vengativa de ETA, su especial ensañamiento, su absoluto desprecio de la vida y de la libertad, produjo una auténtica reacción social de rechazo en todos los pueblos del País Vasco, similar a la que el Proceso de Burgos había provocado 28 años antes. En los dos casos se estaba manifestando la indignación social contra la crueldad de un régimen en decadencia.

Por ello, julio del 97 y Ermua son la fecha y el fenómeno claves para explicar la historia más reciente del País Vasco. A partir de ese momento se creó un nuevo ambiente político y social, una rebeldía en respuesta a la crueldad y a la degeneración de ETA. Desde Ermua se ha hecho evidente la cohesión social contra el terrorismo, la defensa inequívoca de las víctimas, el claro y rotundo mensaje del pueblo español a las instituciones del Estado y su respaldo e impulso a la profesionalidad y eficacia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a la labor de los Tribunales de Justicia y al funcionamiento del Estado de Derecho.

Pero Ermua no se habría producido sin el Pacto de Ajuria-Enea, lugar de encuentro de las fuerzas democráticas vascas. En este sentido, el Pacto de Ajuria-Enea constituye el preludio de la gran movilización social de Ermua. Por ello, hay que saber, apreciar el esfuerzo político que significó aquel Pacto y a quienes lo impulsaron en el Gobierno de España y del País Vasco, porque sin él Ermua no se habría producido.

Pero el espíritu de Ermua propició, también, la movilización de las élites intelectuales del País Vasco que por primera vez en estos 25 años, han sabido dar una respuesta ejemplar y decisiva, no sólo a la violencia de ETA sino también a un determinado ambiente político y social de resignación ante la falta de libertad y la ausencia de justicia.

Pero no sólo ha cambiado la sociedad en estos 25 años. También los Partidos Políticos que representan al conjunto de la sociedad española se han transformado profundamente.

¿Por qué han cambiado las fuerzas políticas que representan al conjunto de la sociedad española y no lo han hecho las fuerzas políticas que encarnan el nacionalismo vasco?

Entre otras cosas, porque la democracia española, la sociedad española no ha buscado la comodidad de las fuerzas políticas que la representan, como es lógico y natural en cualquier democracia. Les ha exigido cambios muy profundos, les ha obligado al abandono de algunos dogmas que parecían señas perennes de identidad de estas formaciones políticas, les ha exigido una renovación permanente de líderes y de ideas.

Les ha llevado al gobierno y a la oposición, en función de lo que ha considerado más adecuado. Les ha hecho casi irreconocibles respecto, no sólo de la derecha y la izquierda españolas de la Segunda República, sino también de lo que en el año 75 se suponía iban a defender unos y otros.

No ha sucedido lo mismo con el nacionalismo vasco. El movimiento nacionalista no ha abandonado ninguno de sus dogmas y objetivos. Es perfectamente reconocible respecto de todos y cada uno de los postulados políticos que defendió en la década de los años 30, salvo sus concepciones respecto a las relaciones entre Iglesia y Euskadi.

Durante la Transición, el nacionalismo vasco contaba con la confianza de las fuerzas democráticas y participó con toda naturalidad en la unidad de la oposición. La construcción constitucional del modelo autonómico, iba dirigida a canalizar las reivindicaciones nacionalistas, a integrar al nacionalismo en una nueva España plural y democrática. Pero en el País Vasco se fue mucho más allá.

De hecho, se puede afirmar que durante la Transición se firmó un pacto tácito entre el nacionalismo vasco y los partidos democráticos estatales. Un pacto que consistía en dotar a aquella Comunidad del mayor nivel de autogobierno de Europa, en el sobreentendido de que el nacionalismo no sólo aceptaba ese marco, sino que se unía sin fisuras a la lucha contra el terrorismo y sus postulados de independencia. Un pacto según el cual el P.N.V. adoptaría una posición de centralidad e incorporaba a todo el nacionalismo vasco a la vía constitucional.

A cambio, los partidos estatales asumían la necesidad de que el nacionalismo fuera la fuerza hegemónica del País Vasco, otorgándole una sobrerrepresentación política, por encima o más allá de los resultados electorales obtenidos. Algunos todavía recordamos los obligados gestos de "dejar pasar" al nacionalismo que se dieron en función de ese pacto tácito y que llevó a la UCD a retirarse prácticamente de la arena política a la hora de explicar el Estatuto de Autonomía. Y no podemos olvidar cómo en las elecciones autonómicas de 1986, a pesar de que el PNV no fue el partido con mayor número de escaños, siguio detentando la lehendakaritza. En esos años resultaba impensable construir una alternativa política al nacionalismo. ¿Por qué? Porque pensábamos que para solucionar el problema terrorista había que dar satisfacción al nacionalismo.

No podemos, por ello, responsabilizar sólo al nacionalismo vasco de su incapacidad de evolución. La realidad es que nunca ha tenido necesidad de cambiar porque los demás hemos buscado siempre su satisfacción política como panacea para resolver el problema vasco.

Como nunca se cambia desde la comodidad, el nacionalismo ha ido aplicando su estrategia, sus principios y sus dogmas cuando ha considerado que era el momento procesalmente oportuno para alcanzar sus objetivos.

Pero si la sociedad y los partidos no nacionalistas han evolucionado en el País Vasco, lo que más ha cambiado, lo que es realmente irreconocible es el propio País Vasco. No creo exagerar si digo que políticamente existe País Vasco desde que existe Constitución Española de 1978.

Volvamos nuevamente la mirada 25 años atrás. Lo que existía en 1975 era lo siguiente: dos "provincias traidoras", Vizcaya y Guipúzcoa, a las que se había privado de Régimen Foral y de derechos históricos, y una tercera provincia, Álava, con singularidad Foral económica.

Veinticinco años después, el panorama es irreconocible. Por primera vez en la historia, el País Vasco, como tal, es real y no mítico, existe y tiene entidad jurídica y política. Es una Comunidad Autónoma con instituciones propias (Parlamento, Gobierno, Policía, Defensor del Pueblo, Medios de comunicación …), Fiscalidad propia y un nivel de competencias que supera a los de cualquier Estado Federado de la Europa actual.

Y no podemos olvidar otro factor importante que se ha transformado radicalmente en estos años como es la posición de España respecto a Europa. La plena integración de nuestro país en la Unión Europea ha producido efectos muy diferentes de lo que esperaba el nacionalismo. Por una parte, sus reivindicaciones de autodeterminación no han sido legitimadas internacionalmente. Por el contrario, ha sido el Estado de Derecho español el que ha recogido todo el apoyo de los demás países europeos. España no se ha diluido en Europa, sino que se ha fortalecido en ella. El proyecto de España no es antitético del de Europa, sino complementario. El discurso de "Europa sí, España no", que defendía el nacionalismo vasco, se ha desmentido.

Pero es que, además, la propia Europa ha cambiado sustancialmente en estos años. El proyecto europeo, si bien implica una cesión de soberanía de los Estados, también los fortalece al reforzar la cooperación y la confianza entre ellos. La Unión Europea es la manera en que los Estados europeos han decidido fortalecer sus vínculos.

Si todo esto es lo que ha cambiado en estos últimos 25 años. Si ha cambiado la sociedad, el País Vasco, los partidos políticos españoles, España y la propia Europa, ¿qué es lo que no ha querido o no ha sabido evolucionar? ¿Quiénes han perdido el reloj de la historia? ¿Qué planteamientos están enrocados desde hace dos décadas, ignorantes de los cambios acaecidos a su alrededor?.

Dos son las realidades que no han cambiado en el País Vasco. No ha cambiado ni la estrategia de ETA, ni los objetivos del nacionalismo.

ETA fue el enemigo por excelencia de la Transición democrática en España y sigue siendo hoy el instrumento macabro de la ruptura y de la fractura de nuestra convivencia democrática.

Veamos de qué manera el principal objetivo de ETA fue impedir la transición a la Democracia. Entre 1976 y 1982, es decir, precisamente en los años en los que España estaba construyendo todo el entramado jurídico, político e institucional que cerraría las heridas y divisiones abiertas por la guerra civil, ETA lanzó la ofensiva más cruel y virulenta de su historia criminal. Una ofensiva sin precedentes y que no se ha vuelto a repetir. Su guerra particular contra la joven democracia española fue mucho más encarnizada que la que había llevado a cabo contra el régimen de Franco.

Así, paradójicamente, mientras que desde el inicio de su estrategia de asesinatos en 1968 y hasta 1975 ETA había asesinado a 45 personas -cifra ya suficientemente escalofriante- en los siete años siguientes, entre 1976 y 1982, la banda terrorista mató a 330 personas. Es decir, una media de 47 víctimas por año. Es decir, el 41% de todas las víctimas mortales de ETA en sus 32 años de actividad criminal cayeron precisamente en esos siete años.

El año en que se decretó una amnistía general, el 77, ETA mató a 11 personas. El año en que se aprobó la Constitución Española, el 78, fue ya uno de los más sangrientos, con 67 asesinatos. Pero los dos años siguientes, el 79 y el 80, justo cuando se iniciaba la puesta en marcha del sistema autonómico, fue cuando se produjo la escalada más seria de violencia: en el 79 fueron asesinadas 76 personas y en el 80, el peor año, 92

330 víctimas mortales fue la respuesta de ETA al tránsito de Vizcaya y de Guipúzcoa de su condición de "provincias traidoras" del franquismo a convertirse en una Comunidad con el mayor nivel de autonomía política de Europa. 330 víctimas mortales a las que habría que añadir los heridos, los mutilados, los extorsionados, los que para no caer abatidos de un balazo en cualquier rincón de su tierra tuvieron que exiliarse del País Vasco. Es decir, el larguísimo listado de las víctimas de ETA, cuya historia está aún por escribir. Una historia que distinga nítidamente entre las víctimas y los verdugos. Una historia que hable de esa generación de vascos y de españoles que durante aquellos años dramáticos fue literalmente sacrificada.

Pero si ETA no ha cambiado sus planteamientos y objetivos -la ruptura de la convivencia en España-, sí ha experimentado adaptaciones organizativas a lo largo de todos estos años. Independientemente de que la ETA de hoy se nutra de activistas cada vez más jóvenes, más inexpertos, más despiadados y más desideologizados, se ha ido adaptando a las lagunas del Estado de Derecho para sobrevivir. ETA, además de una organización, constituye un proyecto de ruptura. Cruel, implacable, macabro, pero un autentico proyecto de ruptura. Por ello es fundamental comprender lo que ha sido y es ETA, que no sólo es una organización de comandos. De esta manera, hoy podemos hablar de tres grandes ramas de la organización: la rama o el pilar exterior, la rama del mal llamado entorno y la rama de la semilla o regeneración.

La primera de ellas, la ETA del exterior es la ETA de la dirección y de la logística, con sede en Francia, que organiza y nutre a los comandos operativos. Evidentemente ETA se ha aprovechado de los resquicios existentes entre las soberanías de los Estados. Y aunque la cooperación internacional es un instrumento cada vez más eficaz, sólo cuando Europa construya un espacio policial y judicial, las organizaciones criminales no encontrarán lagunas de este tipo.

La segunda de ellas es la ETA del interior, que es el mal llamado "entorno de ETA" y que está constituido por organizaciones políticas y sociales que la dirección ha ido creando aprovechando las grietas y los vacíos legales del sistema democrático.

No hay, por lo tanto, entorno de ETA. El entorno de ETA es la propia ETA, cuyos militantes, además de pertenecer a ETA, pertenecen, también, a otras organizaciones de carácter social que les dan apariencia de legalidad, produciéndose en consecuencia, un fraude de Ley. Hasta el punto es así que, en determinados Autos judiciales se habla incluso de codirección entre KAS o EKIN y ETA.

La tercera ETA es la ETA de la semilla, del germen, de la regeneración. Es la ETA de la "kale borroka", y tiene, por lo tanto, un componente eminentemente interior, y debe ser combatida desde el propio País Vasco. Por eso la alternancia en el País Vasco es fundamental, porque a esta ETA de la semilla sólo se la puede combatir desde el seno de las instituciones y de la sociedad vasca, y sólo se la puede prevenir con políticas profundas de educación, de cultura y de carácter social.

Pues bien, si ni la estrategia, ni los objetivos de ETA han cambiado en todos estos años, tampoco lo han hecho los planteamientos ideológicos, los dogmas, los mitos del nacionalismo en su conjunto. No ha habido un esfuerzo de regeneración ideológica similar al que hicieron los partidos democráticos españoles. Esa es la razón por la que en una circunstancia histórica muy determinada el viejo nacionalismo ha decidido sustituir la táctica de la calculada ambigüedad de la transición por la táctica del frente nacionalista, escenificada en el Acuerdo de Estella.

Recordemos que el 12 de septiembre de 1998 el PNV y EA firman el Acuerdo de Estella, en el que se escenifica parcialmente el pacto previamente firmado con ETA. Cuatro días más tarde ETA hace público un comunicado en el que declaraba una "tregua indefinida" que habría de durar hasta el 28 de noviembre del año siguiente. En octubre se celebran Elecciones al Parlamento Vasco tras la que el PNV y EA, con minoría en la Cámara, firman un Pacto de Legislatura para gobernar con EH.

En mi opinión, existe una causa mediata o profunda para esa actitud del PNV. Y es que en ese partido la radicalidad siempre ha estado latente. Y hoy sencillamente, lo que ha ocurrido es que al calor de circunstancias concretas que lo han propiciado, ha emergido esa radicalidad.

Pero la causa inmediata de esa radicalización, es que el PNV sintió en 1997 vértigo al contemplar la emergencia de un movimiento social que no era nacionalista, que no nacía del nacionalismo y que no estaba controlado por el nacionalismo vasco. Ermua generó un auténtico pacto social contra el terror, pero el PNV sintió pánico ante ese proceso, ante la posibilidad de que la sociedad vasca empezara a construir un proyecto político y social de convivencia, asentado sólo sobre valores democráticos y no sobre aspiraciones de construcción nacional.

Ese miedo del nacionalismo a perder su control social le llevó a intentar salvar a toda la familia nacionalista. De ahí surgió el atajo del reagrupamiento de los nacionalistas en torno al Pacto de Estella. Pensaron que el fin incondicional y la derrota total de ETA implicaba la derrota del nacionalismo en su conjunto.

Pero la deslealtad no sólo fue con la democracia española, sino también con el propio Estatuto de Autonomía. En ese sentido, se puso en marcha la Asamblea de Ayuntamientos Vascos que, en una operación de desbordamiento constitucional y con una cierta "teatralidad constituyente", trataba de sustituir a las instituciones legítimas y representativas del País Vasco.

Lo que ha sucedido en todo este periodo es la historia del fracaso político, social y electoral del nacionalismo. No sólo no ha conseguido que ETA deje de matar, si no que ha llevado a las instituciones vascas a una crisis sin precedentes y, además, ha dejado que esa crisis política se convierta en una profunda crisis moral que hoy afecta al conjunto del nacionalismo.

En efecto, el nacionalismo vasco está sumido hoy en una crisis de la que le va a costar salir. Y posiblemente sea necesario que sea derrotado democráticamente en las urnas y que pase a la oposición, para que pueda emprender su regeneración y para que las instituciones vascas recuperen su normalidad y su potencialidad.

En resumen, podríamos escenificar esta diferente actitud con lo que podríamos llamar "teoría de las dos orillas". En una orilla se encontrarían los planteamientos de nacionalismo vasco durante estos 25 años, con su victimismo, con su insatisfacción perpetua, con su permanente demanda de cesión, y en la otra orilla los partidos no nacionalistas y los propios gobiernos que ha habido en España desde la Transición, con una actitud de dar permanente satisfacción al nacionalismo vasco, retroalimentando en ese proceso infinito sus demandas.

Desde la Transición hemos vivido un proceso de acercamiento continuo de los gobiernos españoles al nacionalismo vasco y de alejamiento continuo del nacionalismo. Si al principio ambos planteamientos se encontraban cada uno en una orilla, separados por la gran distancia que va desde una concepción centralizada del Estado a la reivindicación de una personalidad histórica vasca, uno de ellos ha hecho todo lo posible por acercarse al otro: reconocimiento de esa personalidad, reestructuración territorial de España para dar cabida en su seno a esa singularidad; autogobierno; transferencias; concierto económico vasco. Creíamos que después de ese proceso deberíamos estar todos en la misma orilla o al menos las dos orillas deberían estar más próximas.

Pero la realidad es que cuanto más consigue el nacionalismo, más se aleja, porque su objetivo es que la distancia sea siempre la misma y mantener a la sociedad vasca asentada sobre el sentimiento de agravio, sobre el victimismo. El nacionalismo vasco, incapaz de desprenderse de sus viejos dogmas, se ha mantenido durante todos estos años instalado en la reivindicación permanente y en la cultura política de la queja. Ha hecho de esa distancia, del mantenimiento de las dos orillas, su único discurso político, y su único proyecto para el País Vasco.

Pero no podemos seguir alimentando con la cesión permanente, ni la insatisfacción permanente ni la distancia permanente sobre la que se asienta esta teoría. Es un error hacer concesiones a la idea de que detrás de la violencia hay reivindicaciones que exigen un tratamiento especial, que hay agravios reales contra lo vasco o contra lo nacionalista vasco, porque lo único que hace especiales a esas reivindicaciones es que tienen detrás a un grupo armado subrayándolas.

Señoras y señores, como decía al principio de mi intervención, yo he venido aquí para defender lo que creo que ha sido la historia de los últimos 25 años en el País Vasco.

Y en ese sentido, me atreveré a denunciar y a analizar diez lugares comunes, que se utilizan con excesiva frecuencia al abordar el problema terrorista y el problema vasco. Son lugares comunes - que no puntos de encuentro-, que unas veces son mitos y otras son intentos de descalificación de la Política del Gobierno, pero que tienen un efecto perverso en la evolución política del País Vasco y que en ocasiones han impedido un análisis correcto de esa realidad.

1º No es posible terminar con ETA por la vía policial.

El primero de estos lugares comunes es afirmar que no es posible terminar con ETA por la vía policial y este lugar común, que es también una critica, tiene como principal efecto pernicioso socavar, desmoralizar, la acción de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, y es, además, una verdad a medias que se acaba convirtiendo en una gran mentira. Por ello, cada vez que escucho a los que defienden soluciones supuestamente imaginativas, cada vez que veo que se habla de la acción policial contra ETA como un signo de represión mientras que la negociación con la banda es calificada como vía hacia la paz, me parece que estamos retrocediendo en el tiempo un cuarto de siglo. Porque la decisión de luchar frente al terrorismo con toda la potencia del Estado de Derecho, sin negociaciones encubiertas en paralelo, es una de las decisiones más políticas que puede tomarse. La fortaleza moral, la firmeza democrática, la tenacidad y la firme aplicación de todos los medios que brinda el Estado de Derecho son la única vía hacia la paz. Se puede y se debe desarticular a ETA desde el Estado de Derecho y desde la Unión Europea.

2º.- Existe un empate infinito entre el Estado y ETA.

Y este falso mito de la incapacidad de la vía policial para acabar con ETA está íntimamente ligado al siguiente de los lugares comunes que quiero denunciar: la afirmación de que existe un empate infinito entre el Estado y ETA, que implica la imposibilidad de derrotar a ETA y que priva a las sociedades vasca y española de cualquier esperanza de paz.

Quienes insisten en ese empate infinito, no dicen con suficiente claridad en qué consiste para ellos el desempate, porque su desempate consiste en pagar un precio político por la paz, aceptando parte de las condiciones de los terroristas

Tampoco dicen que la democracia española no ha combatido a lo largo de estos 25 años de la misma manera este fenómeno.

La realidad es que hemos venido protagonizando un perfeccionamiento continuo de la lucha antiterrorista. El impulso de la justicia en la lucha contra el mal llamado entorno de ETA; la cooperación internacional en su actual grado de desarrollo; y la próxima constitución de un espacio europeo único de justicia y de seguridad, constituyen novedades relevantes que serán determinantes.

Perseveremos, perfeccionemos estos avances, siempre desde el máximo respeto por el esfuerzo de los gobiernos anteriores. Y el final de ETA, tal como la conocemos, será una realidad.

3º.- Los españoles, con el Gobierno de España a la cabeza, hemos desaprovechado una oportunidad histórica con la tregua de ETA en 1998.

En mi opinión, se ha producido exactamente todo lo contrario. Lo que pudo dañar gravemente la democracia española fue el mito, el engaño de aquella tregua trampa.

En la declaración de la falsa tregua incidieron numerosos factores, pero el cese de la violencia fue, sobre todo, el resultado de la firmeza democrática de la sociedad vasca y española, de la rebeldía colectiva contra la tiranía del terror, de la desobediencia civil contra el régimen decadente de ETA.

Hoy ya sabemos que cuando ETA anunció el cese indefinido del terrorismo, no estaba declarando la paz. ETA necesitaba tomar aliento, después de los golpes policiales recibidos, para rearmarse y para reorganizarse, mientras manipulaba el anhelo de paz de la sociedad. Y el PNV, como hizo tras la desarticulación de Bidart al amparar las reivindicaciones referidas a la autopista de Leizarán, dio cobertura política a esa necesidad táctica de recuperación. No hubo, por lo tanto, proceso de paz, hubo manipulación estratégica de un anhelo de paz. Fue un mero cambio de táctica para afianzar la persecución de los mismos fines: la autodeterminación del País Vasco y la construcción nacional.

Aquel comunicado de ETA del 16 de septiembre de 1998, en el que anunciaba el cese indefinido, fue el preludio y la expresión de una ofensiva política del conjunto del nacionalismo vasco. ETA hacía en aquel comunicado una declaración de guerra a España y a Francia y emplazaba a las formaciones políticas nacionalistas a que fueran fieles a los acuerdos que habían suscrito con la organización.

Hay que tener en cuenta, además, que ese cese indefinido, en septiembre, se produjo en vísperas de un proceso electoral en el País Vasco, en octubre de 1998, y respondió a una estrategia electoral muy clara de Estella: la de arrasar en las urnas aprovechando el factor sorpresa e intentar vincular el fin de la violencia a los planteamientos nacionalistas haciendo depender la paz de la construcción nacional. Pero los resultados electorales no respondieron a esas expectativas y la estrategia fracasó. ETA volvió a matar.

4º.- El cuarto de los mitos o lugares comunes que quisiera desmentir es que la prolongada subsistencia de ETA se debe a la cobertura social que tiene en los pueblos de País Vasco.

Otra verdad a medias que se acaba convirtiendo en una gran mentira. Claro que ETA tiene un respaldo social cierto y determinado,y todos lo conocemos. Pero la cobertura social, la comprensión y la simpatía hacia las acciones de ETA, han ido disminuyendo sustancialmente.

Hoy Euskal Herritarrok, sustituto de Herri Batasuna, tiene un apoyo electoral menor que hace una década. Sin duda sigue siendo apreciable. Pero lo que sucedía hace veinticinco años, es que la consecuencia de esa comprensión o simpatía, producía más apoyos espontáneos y directos a la estructura terrorista, que dificultaban extraordinariamente su erradicación. Había más simpatizantes pero también mayor intensidad en la simpatía, mayor identificación y mayor militancia. Este significado de cobertura social, hoy no se produce.

La mejor demostración de ello, es que si la causa más relevante de esta larga subsistencia fuese esa supuesta cobertura social, ni la dirección ni la logística de ETA (que son sus dos piezas fundamentales para los comandos) estarían en Francia, sino en los pueblos del País Vasco.

Por eso es tan importante que la actual y ejemplar cooperación de Francia, se siga acrecentando como hasta ahora.

En definitiva, la causa principal que explica la subsistencia de ETA, deriva, como en el caso de muchos otras estructuras de naturaleza criminal, de su carácter transnacional que dificulta sensiblemente su erradicación.

5º.- ETA es sólo una organización de comandos

Uno de los engaños que más difícil ha hecho la lucha contra el terrorismo, es el mal llamado entorno de la organización.

Tras la desarticulación de su cúpula en Bidart en el año 92, ETA tuvo la necesidad de regenera su estructura. La coordinadora…(KAS) fue la encargada de sustituir a la cúpula KAS, tardó seis años en ser ilegalizado mediante auto judicial de la Audiencia Nacional. Tras la ilegalización de esta estructura y la caída del llamado aparato militar de ETA, en marzo de 1999, EKIN se convierte en la organización que trata de tomar el relevo de KAS. Pero EKIN ha sido ilegalizado también.

ETA necesita contar con una serie de estructuras y personas que, perteneciendo clandestinamente a su organización, forman parte, además, de un entramado con apariencia plena de legalidad. Cualquier acción sobre estas personas que no pertenecen a los comandos, pero sí a ETA, es considerada por algunos sectores como una provocación y una criminalización represiva e injustificada.

De ahí la trascendencia del impulso judicial en la lucha contra el terrorismo, que ha producido desde el año 97 acciones decisivas en el mal llamado entorno de ETA.

Otro mito a destruir: quienes pronosticaron la catástrofe cuando la justicia ilegalizó un medio de comunicación al servicio de ETA o cuando ilegalizó algunas de sus estructuras, se equivocaron clamorosamente. No hubo catástrofe alguna.

Y no hay, repito, "entorno". Hay organización criminal.

6º.- Nada cambia, ni va a cambiar con otras elecciones.

Otro mito, otro lugar común profundamente perturbador, instigado desde el propio nacionalismo gobernante es que "nada va a cambiar con la celebración de unas nuevas elecciones en el País Vasco"; es decir, según esto, la invariabilidad de su sociología electoral sería un dato más de la singularidad vasca.

Sin embargo, el resultado de las elecciones autonómicas, locales y generales de la década de los noventa dice exactamente lo contrario.

En primer lugar, el Pacto de Estella no se hubiese producido nunca sin el estancamiento del nacionalismo vasco en la década de los noventa.

La imposibilidad de cambios sociológicos es una falsedad, tal y como se demostró en las elecciones autonómicas del 98 y las municipales del 99 en las que el nacionalismo vasco retrocedió drásticamente en las ciudades vascas y sufrió un fracaso territorial en Alava. Esto supone, primero, que los centros neurálgicos de la vida vasca, es decir, las grandes capitales no apoyan la actual estrategia del nacionalismo vasco. Y segundo, supone la quiebra territorial de los objetivos nacionalistas, implica que los territorios sobre los que se quiere apoyar la construcción nacional no son idénticos, ni siquiera en su manera de concebir lo vasco.

Y en las últimas Elecciones Generales del 12 de marzo del 2000 se acentuó la tendencia. Los vascos apoyaron mayoritariamente a las fuerzas políticas defensoras de la Constitución y del Estatuto, a los partidos que han sabido oponerse con firmeza al terrorismo y a las pretensiones de ruptura soberanista. Los partidos constitucionalistas obtuvieron 11 de los 19 escaños en disputa para el Congreso y el 51% de los votos emitidos, experimentando un ascenso de 9,5 puntos porcentuales con respecto a las elecciones generales de 1996.

Ya estos datos globales, por sí solos, son una auténtica radiografia de una realidad plural, de una sociedad en la que conviven distintas formas de entender lo vasco.Son también un síntoma de la voluntad de cambio de los vascos, de su profunda demanda social de libertad, con especial repercusión en las ciudades. Los resultados territoriales son todavía más significativos. En Álava, por ejemplo, los partidos constitucionalistas consiguieron el 64,6 % de los votos; y PSOE o PP fueron las fuerzas políticas más votadas en las 12 ciudades más pobladas del País Vasco.

7º.- Todo lo cual permite, además, que tengamos confianza para deshacer el siguiente de los lugares comunes que quería analizar, que es el de la imposibilidad de construir una alternativa al nacionalismo vasco.

En mi opinión, hoy el País Vasco está situado en un punto de inflexión de su historia. Se ha agotado un ciclo político y podemos decir que, por primera vez se ha abierto la posibilidad de sustituir democráticamente al nacionalismo. Como en tantas otras ocasiones en la historia, los movimientos sociales, los estados de opinión, tardan tiempo en consolidarse, en tener reflejo político; pero cuando lo han hecho, son imparables. Ya no se puede descartar que en Vitoria haya un gobierno no nacionalista y eso es un síntoma de higiene democrática.

Pero para avanzar en ese proceso de higiene democrática todavía tenemos que vencer algunas dificultades. La primera es el miedo físico a ETA, que intenta reforzar con hechos como los ocurridos recientemente en Zarauz, cuando intentó arrasar a toda la cúpula del Partido Popular. Y el ejemplo de lo ocurrido en Alemania en los años treinta nos enseña hasta donde puede llevarse a una sociedad que se deja arrastrar por la coacción y el miedo.

Vencer el miedo es vencer el terrorismo. Se empieza a vencer el terrorismo cuando se empieza a vencer el miedo.

Una vez más, la actitud ante los problemas y dificultades resulta la esencia de la solución. Es una actitud colectiva de superación del miedo. Pero como toda actitud colectiva, debe ir precedida de muchas actitudes individuales, y hoy ya hay muchas personas en el País Vasco que, desde ámbitos diferentes, desde siglas distintas, nos están dando un ejemplo extraordinario y cotidiano.

La segunda, es el miedo reverencial al PNV, el miedo escénico a que su salida del gobierno agrave los problemas de la sociedad vasca.

Tenemos ahora que vencer ese miedo, porque lo que hoy está muy claro es que el nacionalismo no ha sido capaz de solucionar el principal problema de los vascos. A pesar de haber contado durante dos décadas con una innegable hegemonía política, cultural, económica y social; a pesar de haber dominado en todos los ámbitos de la vida vasca durante una larga etapa en la que nadie que no fuera nacionalista tenía futuro político, social, ni cultural; a pesar de ello, el nacionalismo no sólo no ha dado solución al problema, sino que lo ha enquistado y agravado, convirtiéndose en parte importante del mismo.

Y no hay criminalización hacía el PNV tras el Pacto de Estella que fue su gran deslealtad democrática. Esa es otra falsedad a desterrar. Lo que sí decimos es que Estella es la confirmación de que el PNV no puede ni debe liderar hoy el País Vasco. Pero para ello están las elecciones que son la máxima expresión del dialogo.

Y es por lo que desde el Partido Popular decimos que nuestro objetivo es sustituir democráticamente al nacionalismo vasco del poder.

8º.- El gobierno y las fuerzas democrática no nacionalistas desprecian el diálogo.

El siguiente equívoco dañino para la salud democrática en España, es la apelación a un hipotético diálogo, que se invoca como fórmula mágica para acabar con un problema que es mucho más complejo.

Pero hablar de diálogo sin límites, en general es como no hablar de nada; es una frivolidad democrática. Hay que decir muy claramente para qué se habla, de qué se habla, con qué límite se habla y con quienes se habla.

Porque, tras más de veinte años de funcionamiento de las instituciones autonómicas el dialogo se desarrolla permanentemente en las mismas.

Ahora bien, cuando el diálogo se produce entre un partido y una organización terrorista, fuera de las instituciones, con el objetivo de sustituirlas de complementarlas por insuficientes y, cuando lo que se pretende es que las demás fuerzas políticas justifiquen y respalden ese diálogo, creo que tenemos el perfecto derecho de referirnos al mismo como un diálogo-trampa. Es más: la negociación política con una organización terrorista, es la expresión del no diálogo, la antítesis del diálogo. Y todo lo que derive de esta negociación o de este pacto es la negación del diálogo.

Si la historia de la relación entre los partidos nacionalistas y los Gobiernos de España en estos últimos 25 años, es la historia de las dos orillas, el relato de los tres últimos años es la crónica de una trampa tendida por el nacionalismo vasco. Y el Gobierno presidido por José María Aznar, adoptando una decisión de extraordinaria relevancia, ha dicho no a una segunda transición; ha dicho no a la sustitución del principio de la autonomía por el de autodeterminación como columna vertebral de nuestra convivencia; ha dicho no cuando el reclamo era una tregua-trampa; y ha vuelto a decir no cuando cuando ese reclamo adoptaba la forma de un diálogo-trampa.

9º.- El Pacto entre las dos grandes opciones españolas constituye un frente, un error y una provocación al nacionalismo. Otro de los lugares comunes en estos últimos años.

Los pactos y los acuerdos deben ser valorados en función de su contenido, de sus objetivos y de su fortaleza, siempre, en definitiva, de su autenticidad.

El acuerdo de principios entre las dos grandes opciones constituía una demanda social profunda y compartida por una gran mayoría de españoles y de vascos. Sus objetivos no pueden ser más nobles. Porque la unión, la unidad frente al miedo, frente al terrorismo es un elemento esencial para combatirlo.

Hasta el momento todos los males que algunos presagiaban del acuerdo no se han producido. Sólo se producen adhesiones sucesivas, presididas por la tolerancia. Ni es un frente excluyente, ni un error, ni una provocación. Es sentido común, sentido de la responsabilidad y esperanza.

Otro mito a destruir, las consecuencias negativas de los acuerdos políticos entre las dos fuerzas principales de la sociedad española.

10º.- No hay esperanza sin dar parte de la razón a ETA.

Y por último, quisiera terminar contribuyendo a desmontar otro de los mitos perversos respecto de la situación vasca. Me refiero a la idea de que no hay solución, de que estamos condenados míticamente también a vivir en la tragedia permanente en el País Vasco. Yo creo que hay razones para la esperanza.

La primera y fundamental de las razones es que esa transformación de la sociedad vasca a la que antes me he referido, abre un escenario inédito en las vías de solución. Nunca el Estado de Derecho tuvo tanto apoyo y nunca la sociedad ha exigido a los partidos y a las instituciones mayor compromiso contra el terrorismo. Y esta transformación social es el mayor caldo de cultivo contra el terrorismo.

No hay soluciones mágicas ni recetas milagrosas. Pero la historia de estos 25 años nos demuestra que todos los atajos, en una u otra dirección, nos alejan de la solución. Un atajo es un error seguro.

Evidentemente la solución no está tampoco en que los demás acentuemos nuestro papel de víctimas de un engaño a manos del nacionalismo. La solución está en el fortalecimiento cotidiano de la confianza en nosotros mismos, en nuestros principios y convicciones, en la Constitución, en el Estatuto, en nuestro Estado de Derecho, en España, en la Unión Europea. La solución está en nuestra fortaleza moral y en la confianza en todo lo que hemos hecho juntos a lo largo de estos veinticinco años, con todos los errores y limitaciones que se quiera.

ETA ha sido la historia del abuso de una minoría violenta y el pasado demuestra que ha abusado de nuestros complejos y mezquindades, de nuestra falta de confianza en nosotros mismos.

La segunda razón para la esperanza es que esa exigencia social de firmeza y de unión, nos ha llevado al "Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo" que el PSOE y el PP firmaron el pasado 8 de diciembre. Que los dos partidos más importantes de España, que aglutinan al 80% del electorado, se pongan de acuerdo en el diagnóstico sobre el problema vasco y en las consecuencias políticas que del mismo se derivan, es un hecho que nos permitirá avanzar en la derrota de la estrategia terrorista.

El diagnóstico del Pacto es claro: el principal déficit democrático de la sociedad vasca es el generado por la violencia terrorista y esto constituye el núcleo central del problema vasco; la estrategia promovida por el PNV y EA consistente en poner precio político a la paz ha fracasado, y el requisito imprescindible para que esos partidos se incorporen a la unidad de las fuerzas democráticas, es su abandono formal del Pacto de Estella y de todas sus instituciones.

La afirmación de que el terrorismo es un problema de Estado que debe ser apartado de las confrontaciones políticas y electorales; el necesario consenso democrático en torno a las reformas legislativas necesarias en esta materia y a la política penitenciaria; el compromiso por reforzar la cooperación internacional; la debida atención a las víctimas. Todos estos puntos se han convertido a partir del Acuerdo en los pilares fundamentales sobre los que se asienta la estrategia democrática contra el terrorismo.

El tercer motivo para la esperanza es la demanda creciente de libertad y de justicia de la sociedad Vasca, valores sobre los que es preciso construir un proyecto común y compartido para la mayoría de los vascos. Un proyecto de regeneración política y moral por la libertad en el País Vasco que abarque las áreas fundamentales de convivencia: la educación, la cultura, la información, la vida cotidiana etc… Un proyecto capaz de integrar toda la pluralidad Vasca, lingüística y cultural, que es su principal seña de identidad. Un proyecto basado en la primacía de la paz, en el bien entendido de que la paz sólo será alcanzada desde la libertad. Un proyecto capaz de hacer que nacionalistas y no nacionalistas vivan con idéntica comodidad social, política y cultural en el País Vasco. Un proyecto de regeneración y recuperación de los valores y principios que hacen posible la convivencia.

Porque como dijo el Presidente Aznar en Bilbao, el País Vasco no necesita una estrategia de construcción nacional que divida y enfrente a los vascos, sino una estrategia de construcción moral y social.

El cuarto motivo para la esperanza es el protagonismo que va a adquirir en el futuro inmediato la Unión Europea en la lucha antiterrorista, mediante la creación del espacio judicial y policial único y la Orden de Busca y Captura Europea en delitos como el terrorismo.

Y por último, hay una razón fundamental para la esperanza, y es la salud de España, la existencia, como diría Ortega, de un proyecto "sugestivo de vida en común", que es el reflejo de la realidad y del porvenir de la España de nuestros días.

Y yo creo que es posible y necesario hacer comprender al nacionalismo que el desarrollo real de los territorios que defienden se producirá mediante su participación en el marco integrador de España.

Y en mi opinión, estamos en las mejores circunstancias históricas para avanzar en este objetivo. El nacionalismo vasco surgió en un momento histórico muy preciso y como consecuencia de dos crisis, de dos derrotas: la de la proyección imperial de España tras la pérdida de sus tres últimas colonias y la del tradicionalismo en las guerras carlistas.

Pero ni España ni el País Vasco tienen nada que ver en este año 2000 con aquella realidad del siglo XIX. La España de nuestros días es un país desarrollado, democrático, pacífico, fuerte dentro de una Europa unida. Un país en el que caben todas las culturas, todas las diferencias, toda la gran riqueza y diversidad de sus tierras y de sus gentes, y que puede ofrecer a todas y cada una las nacionalidades y regiones que lo componen la participación en un proyecto atractivo de vida en común. Sólo en ese país normal y desarrollado que es la España de nuestros días encontrará el País Vasco su propia normalidad y su propio desarrollo.

Permitanme que concluya esta conferencia con un recuerdo más especial a las víctimas del terrorismo y a sus familias. A todos ellos les pido en primer término perdón, porque las víctimas y sus familias deben estar fuera de todo balance, fuera de todo análisis político y por ello discutible, parcial e imperfecto de esta situación.

Las víctimas sólo deben estar en un lugar; en lo más profundo de nuestras conciencias, en la raíz de nuestras convicciones y principios.

Pero sus familias tienen que saber que no les olvidamos, y hoy tampoco quiero hacerlo.

Tienen que saber que nunca podremos compensar tanto dolor, tanta soledad, tanta tragedia y sufrimiento. Sé que para ellos no hay análisis políticos consoladores, y en ocasiones ni siquiera podemos pronunciar palabras de consuelo.

Tienen que saber que las muertes de sus seres queridos no han sido inútiles. Han sido radical y profundamente injustas, pero no inútiles. ¡ Qué lecciones nos han dado todos y cada uno de ellos¡.

Sé que lo que quieren es que no haya más víctimas, porqué saben muy bien lo que esto significa. Pero tienen que saber que los responsables políticos asumimos un compromiso con ellos que no vamos a olvidar, como tampoco vamos a olvidarlos a ellos.

Vamos a sufrir, vamos a sacrificarnos, vamos a esforzarnos, vamos a recordarles, para que entre todas las personas de buena fe intentemos que no haya más víctimas.

Y tiene que saber que el futuro del País Vasco depende en gran medida de nuestra capacidad de construir un proyecto asentado en la libertad y en la justicia. Exactamente los valores y los derechos que ellos ni tuvieron ni pudieron disfrutar.

Muchas gracias.