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EDITORIAL: |
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Las elecciones del 25 de mayo han supuesto pocos cambios; pocos, pero significativos, en cuotas de poder. Del mismo modo que el PSOE ha descubierto -en tan solo un mes- que su presunta victoria conducía a una jaula de grillos, los nacionalistas tienen importantes motivos de reflexión ante la nueva realidad política vasca. ETA-Batasuna ha desaparecido de las instituciones democráticas y hay un nuevo mapa político en nuestra comunidad; en ese mapa, ocho de cada diez alaveses tienen alcaldes constitucionalistas; seis de cada diez guipuzcoanos tienen mayorías municipales PP-PSE/PSOE; y la suma de todo el voto nacionalista -incluidos los nulos de Batasuna- alcanza sólo el 51%, en vez del 55% de 1999. Esa es la realidad. Un país plural, un nacionalismo a la baja -aunque cada vez más agrupado-, y la sociedad menos nacionalista y menos radical de la historia. Es en esta nueva realidad en la que el PP del País Vasco ha logrado su mayor respaldo municipal y foral. Los resultados de 1999, con la pérdida de Álava, fueron valorados como un desastre para los nacionalistas, que frenó en seco el Pacto de Estella; los de 2003, todavía peores, sobre todo en Guipúzcoa, han dejado claro el corto recorrido del Plan Ibarretxe. Por eso el Lehendakari ha guardado tan largo silencio tras el 25-M; y por eso el impulso de su Plan debe hacerse al margen de la realidad. Es decir, contra la voluntad social y política vasca, contra la legalidad que hemos ratificado los vascos, contra los intereses de nuestra sociedad y contra los planteamientos de futuro de la Europa unida. Dejar de pagar el Cupo, no acatar las sentencias del Supremo, cerrar filas con Batasuna, hacer victimismo desde el incumplimiento de la ley... esa es la expresión del Plan Ibarretxe. Un plan que se estrellará contra la realidad del mismo modo que se ha estrellado en las urnas el 25 de mayo. |