EDITORIAL: PNV-EA-IU GOBIERNO EN MINORIA


Finalmente, IU ha entrado en el nuevo Gobierno Vasco, que suma así el respaldo de 36 de los 75 escaños del Parlamento (el 48% de la Cámara); el ejecutivo PNV-EA-IU, presidido por Juan José Ibarretxe, debe afrontar en minoría el inicio de la legislatura.

El acuerdo se ha alcanzado en la misma semana en que los tres partidos han reiterado la vigencia de los principios excluyentes que inspiraron el Pacto de Estella; y con preocupantes indicios de la incapacidad de los nacionalistas para reconocer unos resultados electorales que les han dejado en minoría, con o sin el apoyo de Madrazo.

En efecto, con el voto de IU, el PNV y EA pretenden tener mayoría en las comisiones del Parlamento Vasco, burlando su minoría en el pleno y, de paso, dando la vuelta a la voluntad popular expresada en las urnas. Hasta aquí llega la "coherencia" de un Lehendakari que se pasa el día exigiendo respeto a la "voluntad de la sociedad vasca". Pues bien, aunque PNV, EA e IU estén dispuestos a lograr lo contrario, secuestrando la voluntad popular a golpe de manipulación partidista, los ciudadanos dijeron el 13 de mayo que este gobierno debe estar en minoría en el Parlamento, tanto en pleno como en comisión. Cualquier otro "apaño" supondría rectificar el voto emitido en las urnas, a conveniencia del nuevo ejecutivo. La polémica nos ha permitido a todos confirmar para qué hacía falta que EA tuviera grupo propio en la Cámara, aunque se presentara en coalición con el PNV a las elecciones; y también sabemos qué precio, al margen de cualquier convicción democrática, se le ha exigido a IU por entrar en el gobierno.

El talante de los partidos que respaldan a Ibarretxe desmiente en la práctica las promesas de diálogo y acuerdo del Lehendakari; y pone en evidencia su incapacidad para sacar conclusiones de un resultado electoral que no parecen acabar de aceptar y que, contemplado en su conjunto, reflejó la voluntad menos nacionalista y menos radical de la sociedad vasca en los últimos 20 años.

Por el contrario, EA -desde su propia marginalidad política- redobla sus presiones en pro de una independencia "urgente", tras la que las relaciones de los vascos con el resto de España y de Europa serían "igual que con Madagascar" -Azkárraga dixit-; y refuerza sus vínculos con el mundo radical, apoyando a Senideak en las calles de Bilbao. Por su parte, Arzalluz y Egibar ponen límites a la colaboración entre gobiernos y fuerzas políticas en la derrota de ETA, minusvalorando o descalificando los pasos dados en tal dirección.

La posición vacilante de Ibarretxe no aporta mayor claridad. El Lehendakari tan pronto niega la viabilidad del Estatuto y su carácter de punto de encuentro entre vascos, como lo reivindica; un día evoca un referendum para la independencia y, al siguiente, niega tan siquiera haberlo mentado. Sólo queda claro su escaso peso específico y su dificultad para sobreponerse a las ejecutivas de los partidos que le apoyan -y dirigen-; o lo que es lo mismo, su incapacidad para ejercer el liderazgo efectivo de un gobierno que lo fuere de todos los vascos.

De momento, ya sabemos el lugar que los intereses generales ocupan entre las preocupaciones del nuevo y minoritario ejecutivo: La "Y" ferroviaria corre grave riesgo de paralización, mientras se suceden las declaraciones contradictorias de Amánn -hasta ahora, consejero del ramo-Madrazo y el propio Ibarretxe.

Y es de temer que la misma inconsistencia tenga reflejo también en los "grandes" debates que el Lehendakari ha planteado en el inicio real de la legislatura; debates en los que quienes conforman hoy el nuevo gobierno y coincidieron ya en el Pacto de Estella, deberán reiterar infinitos equilibrios para satisfacer las muy diferentes ambiciones y planteamientos de los integrantes del tripartito.

Y todo ello, claro, sin acabar de cortar los puentes con Batasuna...