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El
IX Congreso del PP del País Vasco tiene lugar en
un momento de indudable trascendencia histórica. Tras
un año sin atentados de ETA, la sociedad vasca afronta
el fin de siglo desde la esperanza y con una inequívoca
voluntad de convivencia democrática. El proceso
de paz debe lograr que la expresión de las urnas
prevalezca frente a cualesquiera formas de violencia o imposición.
También el PP como organización política
vive una circunstancia singular. Por primera vez, el creciente
apoyo electoral le ha confiado importantes cuotas de poder municipal
y foral, materializando como partido de gobierno
la alternancia política en Vitoria y en Álava;
y tiene la responsabilidad -como primera fuerza de la oposición
en el Parlamento Vasco- de articular la alternativa política
al nacionalismo gobernante. |
La sociedad vasca afronta el
fin de siglo desde la esperanza y
con una inequívoca voluntad de convivencia democrática. |
| Casi
veinticinco años después del inicio de la Transición
democrática en España, el País Vasco vive
todavía circunstancias que hacen patente la persistencia
de un déficit democrático, verdadero lastre
de nuestra vida política, económica y social. Nuestra
reflexión, pues, debe contribuir a la superación
de ese déficit mediante la normalización de
la vida política y la convivencia en el País
Vasco, en términos equiparables a los de toda sociedad
democrática. |
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Desde
una óptica nacionalista, tal déficit se percibe
como falta de soberanía; y su superación
se concibe tan solo en términos de construcción
nacional vasca. Todas las fuerzas nacionalistas participan
de esta visión, conforme a la cual la plenitud democrática
en el País Vasco vendría determinada por la constitución
de una entidad política soberana e independiente.
La "botella" de competencias permanentemente medio
vacía, el sempiterno memorial de agravios -seña
de identidad nacionalista- o la reiterada demanda del derecho
de autodeterminación constituyen otros tantos aspectos
de la misma cuestión.
El Pacto de Estella no supuso sino la última formulación
de este viejo concepto, bajo el impulso de la unidad de acción
del frente nacionalista. El comunicado de alto el fuego de ETA
-verdadero programa de los firmantes de Estella- condicionó
el fin de la violencia al compromiso de las fuerzas nacionalistas
en la consecución de la soberanía y la territorialidad,
reservándose la organización terrorista la tutela
del proceso. Es decir, la paz al servicio de la construcción
nacional. |
El pacto de Estella ha fracasado.
La sociedad vasca ha rechazado por dos veces
en las urnas -en Octubre de 1998 y en Junio de 1999- la paz a
cambio de más nacionalismo. |
| Un
año después el pacto de Estella ha fracasado.
La sociedad vasca ha rechazado por dos veces en las urnas -en
Octubre de 1998 y en Junio de 1999- la paz a cambio de más
nacionalismo. Y tras doce años de retroceso continuado,
el conjunto de los partidos nacionalistas ha obtenido el menor
respaldo electoral y las menores cuotas de presencia institucional
de su historia. |
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Dentro
de pocos días se cumplen veinte años de la aprobación
del Estatuto de Gernika. En el tiempo transcurrido, la
Comunidad Autónoma Vasca ha asentado modos y prácticas
democráticas, ha consolidado sus instituciones y ha accedido
al régimen de autogobierno más amplio de
cuantos existen en el mundo; hoy los vascos adoptamos la mayor
parte de las decisiones que afectan a nuestras vidas.
En estas dos décadas, el marco jurídico vigente
-que por nadie nos fue impuesto- ha generado satisfacción
política en el País Vasco. Los vascos que
aprobamos la Constitución del 78 fuimos más del
doble que los que la rechazaron; y el Estatuto de Gernika fue
refrendado por más de la mitad del censo electoral; ambos
textos cuentan en la actualidad, según todas las encuestas,
con mayores apoyos entre la ciudadanía vasca que los que
concitaron hace veinte años.
La voluntad de normalización política y la reacción
social frente al terrorismo tuvieron traducción política,
tras salvar no pocas diferencias, en la firma del Pacto
de Ajuria-Enea. En adelante, las fuerzas democráticas
vascas emplearon un único lenguaje de exigencia democrática
frente a ETA; y el alcance social y político de aquel
acuerdo perduró, pese a los avatares que cuartearon el
pacto años después.
En julio de 1997, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco,
Ermua fue el catalizador de la demanda del fin del terrorismo,
formulada por todo un pueblo, que reaccionó frente a la
barbarie y tomó las calles -en Euskadi y en toda España-
exigiendo de modo ineludible la paz.
A lo largo del año siguiente, ETA trató de demostrar
su fortaleza frente a la sociedad democrática, multiplicando
sus atentados, sustituyendo una vez tras otra comandos desarticulados,
y emprendiendo una verdadera campaña de asesinatos contra
militantes y cargos electos del Partido Popular, tanto en el
País Vasco como en otros lugares de España (Andalucía,
Navarra...); a quienes así les fue arrebatada la vida,
por su defensa de la convivencia y de la libertad, rendimos público
homenaje en este IX Congreso.
La actuación del estado de derecho -Tribunales, Fuerzas
de Seguridad, colaboración internacional- y la firmeza
de la sociedad vasca -protestas, concentraciones ciudadanas,
medios de comunicación, el fermento de foros intelectuales-
llevaron al cese "indefinido" de la actuación
de ETA.
La ciudadanía vasca, un año después del
alto el fuego, ha asumido con naturalidad la paz, se ha instalado
en ella; ha comprendido que la paz siempre ha estado ahí,
que sólo nos separaba de ella la actuación de ETA.
Nuestra sociedad, que ha expresado en términos tan reiterados
como inequívocos su voluntad de normalización y
de convivencia, concibe y exige la paz -y sólo la paz-
como derecho inalienable de toda sociedad democrática.
Es decir, la paz y sólo la paz. Paz por paz. |
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| Desde
una óptica ayuna de apriorismos nacionalistas, el déficit
democrático vasco se percibe como falta de libertad;
es decir, el déficit consiste en la limitación
o conculcación de la libertad. Y su superación
se concibe en términos de ejercicio pleno por todos los
ciudadanos de los derechos y libertades democráticas. |
| El déficit democrático
vasco se percibe como falta de libertad. Y su superación
se concibe en términos de ejercicio pleno por todos los
ciudadanos de los derechos y libertades democráticas. |
A
quince meses del siglo XXI, se siguen dando hechos y actitudes
que revelan la persistencia entre nosotros de una voluntad de
imposición antidemocrática. El terrorismo callejero
y otras formas de violencia, siempre organizadas, han tomado
-por mandato expreso- el relevo de ETA.
Se trataba -y se trata- de impedir la normalización
política; trataron, pues, de influir en el desarrollo
de las elecciones autonómicas y, sobre todo, de dificultar
la libre concurrencia -la presentación de listas- en las
municipales. Y mantienen hoy la presión sobre las personas
o grupos que no comparten los objetivos del frente de Estella,
reiterada -tras el repliegue de los días de campaña-
en cuanto finalizaron los comicios.
El transcurso del tiempo ha permitido comprobar el carácter
táctico de la "tregua" indefinida declarada
por la organización terrorista, convertida en un elemento
más de la "guerra interminable". Acorde con
su concepción de la política como "la guerra
por otros medios", ETA ha pretendido abrir un proceso
"soberanista" -no un proceso de paz-, que le permita
imponer sus objetivos al conjunto de la sociedad como precio
político del fin de la violencia.
No hay voluntad democrática en HB; no hay denuncia,
ni renuncia a la violencia. No hay voluntad democrática
en ETA; no hay reconocimiento del daño causado, ni de
la ilegitimidad -ética y política- de su actuación;
no hay arrepentimiento ni petición de perdón a
las víctimas. No hay atisbo de respeto a la voluntad expresada
en las urnas por la ciudadanía vasca.
Por no haber no hay -véanse los comunicados desde el alto
el fuego- ni preocupación por los terroristas presos,
verdaderos rehenes políticos de la banda, ni resquicio
para el respeto de sus derechos -acogimiento a beneficios penitenciarios,
libre designación de abogado, posibilidad de retorno de
los huídos fuera de España...-, permanentemente
conculcados desde el entorno radical. |
El carácter definitivo de la
"tregua". Ese será el paso que autentifique,
que facilite la apertura de un verdadero proceso de paz, sin
precio político. |
| ETA
no es -no quiere ser- el pasado,
se resiste a desaparecer. Pero cada día que pasa nos acerca
al momento en que ETA, reconociendo y respetando la voluntad
de la sociedad vasca -o al menos coincidiendo con ella- anuncie
el carácter definitivo de la "tregua".
Ese será el paso que autentifique, que facilite la apertura
de un verdadero proceso de paz, sin precio político,
al cabo del cual el pleno ejercicio de los derechos y de las
libertades democráticas sea posible para todos los vascos. |
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En
toda Europa, durante los últimos años, las urnas
han venido confiando la responsabilidad de gobierno a fuerzas
políticas que, desde diferentes aproximaciones y opciones
ideológicas, desarrollan políticas centristas.
En el País Vasco, por el contrario, el PNV -primera
fuerza electoral- ha abandonado el centro político.
En el inicio de la Transición, la rebaja de sus perfiles
nacionalistas -y en particular la apuesta por el Estatuto- permitió
al PNV, en su condición de minoría mayoritaria,
sintonizar con aspiraciones compartidas por buena parte de la
sociedad vasca. El PNV fue mayoritario por centrista, no por
nacionalista.
Hoy, tras la firma del Pacto de Estella, el PNV se ha radicalizado,
dando un brusco quiebro a su propia trayectoria y acentuando
sus señas de identidad nacionalistas. En consecuencia,
sus dirigentes han primado el pacto entre nacionalistas -demócratas
o no- frente al acuerdo entre demócratas -nacionalistas
o no-.
Del mismo modo, cual demócratas a tiempo parcial, han
preferido soslayar la persistencia de diferentes expresiones
de violencia -con conocidos apoyos políticos-, antes que
mantener los niveles de exigencia democrática frente a
quienes la instigan, practican o respaldan. Y han descartado
como agotada la vía estatutaria -que conducía
ineludiblemente a la normalización y la alternancia política-,
para asumir como propio el programa histórico de HB y
la utopía "soberanista".
Estella -Lizarra- ha unificado la voz de las diferentes formaciones
nacionalistas, soterrando su pluralismo. El secuestro del
PNV le impide -e impide a la cámara, como primera
institución del País- condenar la violencia en
el Parlamento Vasco; o le lleva a respaldar asambleas de electos
que aspiran a socavar y a suplantar la legitimidad de las instituciones
vascas.
Paralelamente, el Gobierno Vasco, que inició la
etapa Ibarretxe con manifiesto bajo perfil político, se
ha ido diluyendo en la inoperancia; el pacto con EH, que
supone la mayoría aritmética, no ha aportado estabilidad
ni impronta política al ejecutivo, empeñado en
laberínticos juegos de equidistancia semántica
entre el mundo radical y el Gobierno central.
Así las cosas, en Junio de 1999, el PNV ha obtenido en
las urnas los peores resultados desde 1987 y ha visto cómo
la redistribución -a su costa- del menguante y cada vez
menos leal electorado nacionalista favorecía a una HB,
políticamente relegitimada, y reforzada en su
papel de referente nacionalista, tras marcar durante un año
la pauta del Pacto de Estella.
No sin sorpresa, el PNV ha comprobado que es posible, mediante
la alianza con EA, restar sumando; y que la unión -con
HB- no hace la fuerza cuando se trata de poner al frente de las
instituciones a quienes no condenan la violencia. |
En Junio de 1999, el PNV ha obtenido
en las urnas los peores resultados desde 1987
y ha visto cómo la redistribución -a su costa-
del menguante y cada vez menos leal
electorado nacionalista favorecía a una HB, políticamente
relegitimada. |
Del
mismo modo, el abandono de pactos con el Gobierno del Partido
Popular o la rocambolesca salida del Grupo Popular Europeo han
supuesto un grado de marginalidad política para el PNV
-de la que no saldrá con Josu Ortuondo planteando en la
Eurocámara las "diferencias biológicas"
de los vascos.
Como es evidente, sin embargo, los ciudadanos no han secundado
el proceso de radicalización del PNV; las consecuencias
de su pérdida de credibilidad se han manifestado en forma
de retroceso electoral, gobiernos en minoría -que
pudieran reproducir el esquema del Gobierno Vasco- y el paso
a la oposición en importantes instituciones. |
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Buena parte de quienes se han resistido
a la radicalización política del frente nacionalista
han reforzado, en las recientes convocatorias electorales, los
resultados del Partido Popular. El PP del País
Vasco encabeza hoy el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz y la Diputación
Foral de Álava; aspira a co-gobernar en otros importantes
municipios a medida que se concreten los diferentes pactos; y
lidera la oposición en Bilbao, en las Juntas Generales
de Vizcaya y en el Parlamento Vasco. Se demuestra así
la necesidad, la demanda de un referente centrista en
la política vasca.
Consolidado, pues, nuestro espacio electoral como segunda fuerza
política de Euskadi, tenemos la responsabilidad de impulsar
un proyecto político de centro, capaz de ensanchar
ese espacio y de vertebrar en torno a él la alternativa
de gobierno en la Comunidad Autónoma. Y debemos identificar
los rasgos que definan ese proyecto, como respuesta concreta
a la situación que vive la sociedad vasca, en un momento
clave para la normalización política y el proceso
de paz.
A) En primer lugar, el proyecto centrista del
PP del País Vasco debe estar abierto al conjunto
de la sociedad. La realidad social y política
de Euskadi -tan heterogénea y dinámica- será,
por descontado, el punto de partida de nuestro proyecto. No se
puede aspirar a influir sobre esa realidad si la acción
política está orientada por un proyecto concebido
al margen de la misma. La sociedad vasca ha mostrado con terquedad
su resistencia a respaldar formulaciones políticas que
tratan de ignorar su complejidad.
No concebimos el centro como equidistancia -entre izquierda y
derecha, entre nacionalistas y autonomistas, entre quienes practican
y quienes padecen la violencia-, ni como ambigüedad -gobernar
las instituciones que se impugnan desde Estella, salir de España
para entrar en Europa-, ni como pragmatismo a ultranza, carente
de ambición ética.
Sí se define un proyecto de centro por la permanente disposición
a comprender la realidad, y por la voluntad de acercarse
a todos sus aspectos con una mentalidad abierta, desde una
perspectiva liberal y humanista. A diferencia de quienes,
desde planteamientos nacionalistas, pretenden ahormar la sociedad
vasca para ajustarla a rígidos moldes ideológicos,
quienes encontramos en la persona el fundamento de la democracia
concebimos la apertura a la realidad como apertura a las personas,
a su entera realidad como integrantes de una sociedad.
Partiendo de una afirmación básica de tolerancia,
sólo esa aproximación a los individuos -con independencia
de sus convicciones- nos permitirá comprender las claves
de nuestra convivencia.
B) En segundo lugar, el PP del País Vasco
propugna la búsqueda del acuerdo como método
de acción política. Con demasiada frecuencia,
la obsesión por diferenciarse, la confrontación,
la insistencia en lo propio y no en lo compartido, ocupa el centro
del debate político.
La afirmación de la discrepancia constituye, entre nosotros,
un elemento indisociable de la vida política. Por ejemplo,
reducido el pacto de Estella a una carrera de fondo entre nacionalistas,
hemos visto a los diferentes partidos integrantes del mismo afinar
sus estrategias y planteamientos para marcar perfil propio en
ese foro -firmando, eso sí, idéntico documento-.
Por el contrario, el PP del País Vasco afirma la necesidad
de identificar extensas áreas de intersección
entre los diferentes proyectos que aspiran a orientar nuestro
futuro, amplios espacios que propicien el acuerdo entre vascos,
superando la bipolarización. No debemos olvidar que, por
fortuna, la confrontación política no se vive del
mismo modo en el día a día y no se ha trasladado
a las relaciones sociales.
Desde un planteamiento democrático, formulaciones cerradas
o exigencias de adhesión -conmigo o contra mí-
carecen de sentido. Para un proyecto centrista lo esencial
son las personas. Será el encuentro entre las personas
-sin que ello signifique compartir necesariamente las ideas o
convicciones del otro- el que haga posible el acuerdo.
En democracia, el acuerdo -para ser tal- debe ser alcanzado
desde la libertad; la libertad es la condición
de la participación; porque en ausencia de libertad, sólo
cabe el sometimiento. De ahí la importancia de garantizar
la libertad personal -la libertad de conciencia-, como estímulo
de la participación política.
Liberar la libertad, garantizar por igual el ejercicio de los
derechos y libertades de todos los vascos, lograr el respeto
de los derechos humanos, es una tarea inaplazable de nuestra
sociedad para profundizar y extender la democracia en
el País Vasco.
La búsqueda del acuerdo requiere que en la vida democrática
el debate permanente de la discrepancia sea sustituido por el
diálogo. La disposición al diálogo,
la apertura a planteamientos diferentes, ha de ser la actitud
característica de un proyecto de centro.
En el País Vasco es frecuente que se reclame, desde una
concreta posición política, un diálogo
"sin límites y sin condiciones". Ahora bien,
el reconocimiento de la realidad social y política vasca,
la defensa de los derechos y libertades individuales de todos
los vascos, la exigencia de que el diálogo concluya en
acuerdo -y no en sometimiento de una de las partes- y la necesidad
de que sus conclusiones respeten las reglas del proceso democrático,
representan otros tantos elementos que limitan y condicionan
el desarrollo del diálogo.
Formulaciones simplistas aparte, resulta imposible prescindir
de tales elementos, sin situar el diálogo al margen de
las exigencias democráticas de la sociedad vasca. Quienes
reclaman un diálogo sin límites y sin condiciones,
postulan un diálogo sin garantías democráticas,
del que difícilmente pueden derivarse acuerdos que hagan
posible la paz y el pleno ejercicio de las libertades para todos
los vascos.
C) Abierto al conjunto de la sociedad y comprometido
en la búsqueda del acuerdo, el proyecto centrista
del PP del País Vasco debe ser solidario. Una
solidaridad referida, en primera instancia, a los hombres y mujeres
libres; porque, como hemos dicho antes, en las personas -y no
en las libertades formales- encuentra su fundamento la democracia.
La libertad se gana todos los días -se perfecciona en
su ejercicio-, la participación supone múltiples
opciones en libertad; la acción política debe ser
garante solidario de tales objetivos democráticos en el
País Vasco.
Un proyecto solidario, también, con las aspiraciones de
la sociedad vasca; es decir, un proyecto centrado en el bien
social -no sólo en el interés de una mayoría-,
y que sea capaz de aglutinar voluntades al servicio del interés
general. La acción política debe volver a estar
en el País Vasco al servicio de las personas, y no de
la perpetuación de un concreto equilibrio o reparto de
influencia partidista.
A diferencia, pues, de la práctica nacionalista de ocupación
y control de la sociedad desde el poder, un proyecto de centro
concibe el papel de las fuerzas políticas y, sobre todo,
el ejercicio del poder al servicio de los fines que la propia
sociedad, los propios ciudadanos, postulen en cada momento; facilitando
su realización, pero sin mediatizarla.
Una acción de gobierno -o de oposición- solidariamente
comprometida al servicio del interés general supone la
aceptación previa del pluralismo -social
y político- vasco; no sólo su constatación
empírica o el resignado reconocimiento de su existencia.
Es frecuente, en el discurso político nacionalista, la
apelación a la pluralidad a modo de comodín, que
permite luego justificar políticas que toman en cuenta
sólo a una parte de la sociedad. Desde una perspectiva
centrista, en cambio, la aceptación del pluralismo -manifestación
del ejercicio de la libertad y de la participación- es
el punto de partida de cualquier política que tome en
cuenta al conjunto de la sociedad vasca.
Tal aceptación solidaria del pluralismo lleva implícita
la apuesta -irrenunciable para el PP en cuanto referente centrista-
por la convivencia democrática en nuestra sociedad.
Convivencia que nos demanda superar los viejos debates identitarios
del nacionalismo y abolir los controles de legitimidad, desde
la aceptación y el respeto -en pie de igualdad- de las
opciones de otros; nos exige la renuncia al exclusivismo y la
admisión de señas de identidad y sentimientos
de pertenencia compartidos, sin los cuales no se comprende
igual a los vascos y al País Vasco; y nos abre cauces,
individuales o colectivos, para la cooperación y la
participación en proyectos -España, Europa-
que no se comprenden igual sin el País Vasco y los vascos.
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Hemos
asumido la apertura al conjunto de la sociedad, la búsqueda
del acuerdo en la acción política y su carácter
solidario como rasgos que definen nuestro proyecto de centro.
Pero un proyecto político se concreta en el impulso
y desarrollo de diferentes políticas.
La política vasca, encerrada en el debate de la discrepancia,
presta poca atención a las políticas concretas.
Con frecuencia, la obsesión de los partidos nacionalistas
por cuestionar el marco jurídico-político o la
imposibilidad de que el Parlamento Vasco llegue a acuerdos en
temas básicos, genera interminables polémicas,
que pocas veces suscitan el interés de los ciudadanos.
Por el contrario, los diferentes gobiernos ejecutan políticas
que rara vez son objeto de debate, control o evaluación,
pero que afectan de modo directo a la población en el
día a día. |
Una política de centro se caracteriza por la
convicción en los planteamientos,
la moderación en las formas y la actitud tolerante. |
Veinte
años de gobiernos nacionalistas son tiempo más
que suficiente, sin embargo, para plantear balance en
torno a múltiples actuaciones, sus directrices políticas
y su relación con las aspiraciones y demandas del
conjunto de la sociedad vasca.
Debatir políticas es, a nuestro entender,
la tarea fundamental de unas instituciones normalizadas; no el
permanente tejer y destejer en torno al marco -las reglas de
juego- de la convivencia. Debatir políticas será,
pues, un síntoma de creciente normalidad en el
País Vasco. Por ello, debemos propiciar el debate y revisión
de las políticas aplicadas por nuestras instituciones,
formulando alternativas que contemplen el interés
general.
Una ponencia política no es el lugar adecuado, claro está,
para enunciar planteamientos sectoriales. Pero sí debe
contener las líneas que permitan definir políticas
en los diferentes ámbitos de actuación institucional,
inspirando e informando la labor de gobierno o de oposición
del Partido Popular como proyecto de centro.
Una política de centro se caracteriza por la convicción
en los planteamientos, la moderación en las formas y la
actitud tolerante. Está lejos, por tanto, de la radicalización
y de las formulaciones doctrinarias al uso en el mundo nacionalista.
Se impone un nuevo talante, respetuoso con la autonomía
de cada actor político o social -no reducidos a meros
ecos partidistas- y consciente de la necesidad de su participación
-desde la convicción- en una acción política
que no ahogue la vida social vasca.
Somos conscientes del carácter contingente de la historia
y del indiscutible carácter abierto del proceso social
y político vasco. Ninguna política centrista
pretende un conocimiento completo de la realidad, ni resolver
de modo definitivo los problemas.; pero, partiendo del reconocimiento
de tales limitaciones y del carácter perfectible de las
organizaciones humanas, concebimos su evolución como un
proceso permanente de reforma, de mejora, capaz de incorporar
iniciativas nacidas del propio dinamismo social. |
| Los objetivos democráticos que Constitución
y Estatuto postulan, comprendidos los ideales y convicciones
éticas que los inspiran, son ampliamente compartidos por
nuestros conciudadanos. |
Postulamos,
pues, políticas reformistas, basadas en la aceptación
de la realidad vasca, frente a los resortes de sometimiento
del cuerpo social que caracterizan la acción política
del nacionalismo vasco.
Una política abierta a la realidad ha de ser, necesariamente,
realista. En la sociedad vasca, compleja y sujeta a cambios,
el realismo político exige recordar que
la Constitución Española y el Estatuto de Gernika
-incluida su posible reforma y el procedimiento para ello- forman
parte importante, por decisión de los vascos, de esa realidad;
su marco de convivencia, con cuyo pleno y leal desarrollo el
PP del País Vasco -y el Gobierno de José Mª.
Aznar- han acreditado su compromiso.
Los objetivos democráticos que Constitución
y Estatuto postulan -comprendidos los ideales y convicciones
éticas que los inspiran- son ampliamente compartidos por
nuestros conciudadanos, y constituyen la referencia de carácter
universal de nuestro proyecto a la hora de dar respuesta a la
cambiante situación real del País Vasco.
Defendemos, pues, políticas capaces de adaptarse, de adecuar
ritmos o comportamientos, de priorizar actuaciones sin perder
la referencia de principios firmes y convicciones sólidas,
que actúan como directrices para la acción concreta;
es decir, políticas capaces, en cada momento, de aúnar
voluntades, de lograr apoyos, que permitan traducir en realidades
tales principios y convicciones sin desnaturalizarlos.
Pero realismo no es oportunismo. Las políticas
impulsadas por el PP del País Vasco representan una alternativa
a la concepción dogmática de la configuración
social vasca que mantiene el nacionalismo. Y contrastan con su
práctica oportunista de sumar escaños a diestro
y siniestro, en ejercicio camaleónico de la política,
confundiendo -en beneficio propio- la evolución o las
demandas sociales con el mantenimiento del PNV en el poder.
En el País Vasco, una acción política basada
en el realismo político constituye la antítesis
de la utopía virtual de Estella, el sueño irreal
de la Euskal-Herria ucrónica, fuera del tiempo y del espacio,
ajena a la historia y a la voluntad de nuestro pueblo, como visión
cerrada sobre sí misma, destinada a silenciar toda espontaneidad.
Por el contrario, desde un planteamiento intelectual más
afín a convicciones democráticas, es posible
apostar por valores que deben volver a ser comunes, también
en una sociedad plural, superando frentes y exclusiones.
Así, pues, en contraste con la óptica nacionalista,
que cierra dogmáticamente la realidad y la simplifica
-vascos sólo vascos, los de aquí y los de allá,
vascos de primera y vascos de segunda- una política de
centro debe abrir también el pensamiento político
a la compleja realidad. Traducir en políticas sectoriales
la voluntad de acuerdo que caracteriza nuestro proyecto requiere
el diálogo abierto al entendimiento; porque,
como vascos, tenemos la convicción de que abrir campo
al entendimiento es abrir campo a la libertad.
El acuerdo, el entendimiento entre las personas debe propiciar
la captación y comprensión de ideas; debe
facilitar su desarrollo mediante políticas que contemplen
al conjunto de la sociedad; y debe, en cada momento, permitir
la modificación de criterios -siempre discutibles- para
adecuarlos a los principios y a la realización del interés
general.
Dando por supuesta su sujeción a referencias éticas
y democráticas- garantía frente al oportunismo
o el pragmatismo-, la permanente adaptación de
las políticas sectoriales que propugnamos, requiere también
la continua evaluación de sus resultados, y su rigurosa
revisión en términos de eficiencia; es decir,
en cuanto desarrollo del proyecto político que las inspira. |
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Desde
esta perspectiva, los vascos tenemos pendiente -y el PP del País
Vasco se compromete a estimular- la reconsideración
de múltiples políticas y de sus criterios de aplicación,
tras dos décadas de gestión nacionalista.
Conviene, por ejemplo, debatir intensamente sobre el Concierto
Económico. Hoy que su desarrollo está prácticamente
culminado, su futuro se enfrenta a múltiples incertidumbres.
Cuando se ha completado -con el impulso y el compromiso del Gobierno
popular- una actualización de nuestro régimen fiscal
que ha ampliado notablemente la capacidad normativa de las entidades
forales, su gestión está siendo percibida con creciente
suspicacia desde instancias fiscalizadoras europeas.
La causa debemos buscarla, probablemente, en su aplicación
a menudo irresponsable, dominada por una política de hechos
consumados y distante de los procesos de acuerdo que se viven
en Europa; pero también en la promoción de paraísos
fiscales desde Manhattan, o en la venta Europa adelante de la
"soberanía" fiscal vasca, estrella comunitaria
incluida. |
| Los vascos tenemos pendiente la reconsideración
de múltiples políticas y de sus criterios de aplicación,
tras dos décadas de gestión nacionalista. |
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Es hora de gestionar en serio la política
fiscal. En el 2001 se debe renovar el Concierto; debemos ser
capaces de hacer comprender su carácter de institución
solidaria y de autogobierno; hay que poner fin a la incomunicación
entre administraciones -el PP, en Álava, ya ha dado ejemplo-,
que tantos riesgos ha generado para el sistema y, sobre todo,
tanta inseguridad jurídica ha creado para empresas y ciudadanos.
Y hay que primar, en la aplicación del Concierto, el interés
general; revisando sin tardanza, por ejemplo, una regulación
del Impuesto sobre la Renta injusta, que penaliza a los contribuyentes
vascos respecto al resto de España, y que les impide disfrutar
en su economía doméstica de los efectos de la mejora
económica general.
Igualmente intenso ha de ser el debate
sobre la vertebración interna -el desarrollo "ad
intra"- de nuestra Comunidad Autónoma. Disparidades
entre competencias y capacidad financiera, necesidad de transferir
a los ayuntamientos diferentes materias, dispersión y
descoordinación en lo referente a la ordenación
territorial, son cuestiones que requieren acuerdos y soluciones.
Dejarlo estar sólo ha servido para agravar la situación
y dificultar -cuando no impedir- el desarrollo de políticas
ambientales, de vivienda, de desarrollo de infraestructuras,
de bienestar social, etc...
|
| En el 2001 se debe renovar el Concierto; debemos ser
capaces de hacer comprender su carácter de institución
solidaria y de autogobierno. |
Es importante
reforzar el papel de los ayuntamientos vascos, mediante la transferencia
de recursos y competencias, completando así el proceso
de descentralización política que caracteriza
el vigente modelo constitucional y estatutario.
Los ayuntamientos son las instituciones más próximas
al ciudadano, las más accesibles, las más identificadas
con sus demandas y, también, las que ofrecen mayor posibilidad
de control sobre los administradores públicos. Si hasta
ahora no se ha producido su necesaria potenciación ha
sido por la voluntad de férreo control de las instituciones
forales y autonómicas.
Los ayuntamientos, reflejo de la voluntad plural de nuestra sociedad,
tienen también la posibilidad de jugar un importante papel
en la presente situación política, propiciando
la convivencia, el diálogo y acuerdo entre partidos,
la toma de decisiones en beneficio de los ciudadanos, por encima
de las sensibilidades y planteamientos de cada uno.
El PP del País Vasco considera necesaria la revisión
de la financiación municipal y, en particular, la
de las tres capitales del País Vasco; las respectivas
Diputaciones Forales deben contemplar en la financiación
los servicios que asumen las tres ciudades como consecuencia
de su capitalidad. Y los municipios deben participar
en la toma de decisiones del Consejo Vasco de Finanzas.
Del mismo modo, los ayuntamientos vascos deberían disponer
de las competencias -y recursos- de Cultura y Bienestar Social,
ampliando además las de Empleo, Vivienda y Medio Ambiente.
Las Diputaciones Forales deben tener un papel más activo
en municipios que, por su dimensión, carecen de una administración
capaz de hacer frente a tales responsabilidades; y su papel coordinador
debería estar menos mediatizado por criterios partidistas. |
| Una política educativa seria no puede aplazar
más una evaluación rigurosa de los modelos lingüísticos;
y, en concreto, de sus consecuencias en la calidad de formación. |
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Es importante afrontar la modernización
de los ayuntamientos vascos, mejorando la coordinación,
reduciendo burocracia, reforzando la autonomía de los
funcionarios respecto a los políticos, acabando con la
utilización meramente formal del presupuesto y atajando
la deficiente gestión tributaria.
Es necesario, también, debatir
la política educativa. Más allá
de las regulaciones legales, que merece la pena revisar, es un
hecho que en su aplicación las aulas han sido centros
de experimentación; la educación, en su conjunto,
ha estado -y está- subordinada a la euskaldunización,
en particular, la escuela pública; y la manipulación
doctrinaria de los contenidos en múltiples materias, que
afecta de modo directo a la calidad, llega en ocasiones a la
simple ficción.
Una política educativa seria no puede aplazar más
una evaluación rigurosa de los modelos lingüísticos;
y, en concreto, de sus consecuencias en la calidad de formación
y en la adquisición de conocimientos por parte del alumnado.
No se pueden considerar anecdóticos informes universitarios
que llaman la atención sobre estos extremos. No se puede
pretender dar carácter estanco a los modelos A, B y D,
ni tampoco ignorar la presión a que padres, profesores
y alumnos son sometidos en sus opciones al respecto.
Para el PP del País Vasco, la denuncia y rectificación
de lo que no son sino restricciones a la libertad, con
efectos a largo plazo en las oportunidades de nuestros hijos,
y grave detrimento del interés general, constituye una
prioridad política.
Debatir una política de función
pública en Euskadi es, en principio, levantar
acta de un sinfín de arbitrariedades y de no pocas chapuzas
en concursos y oposiciones. También los educadores han
sido primeros perjudicados, pero no los únicos ni los
últimos, por una legislación que excluye a tres
de cada cuatro vascos del acceso a la función pública
por razones lingüísticas; y que ha exigido, desde
la carga de razón nacionalista de sus mentores, un desmesurado
-no siempre exitoso, a menudo inútil- esfuerzo personal
a miles de empleados públicos, con importantes sacrificios.
Centrar con la sociedad vasca la política de función
pública de nuestras administraciones exige limpieza y
seguridad jurídica en las convocatorias y en el
desarrollo de pruebas de selección; requiere capacidad
negociadora y respeto a la legalidad, a fin de evitar
la extrema litigiosidad a la que recurren algunas instituciones;
y obliga a modificar las exigencias lingüísticas
de los sucesivos planes de euskaldunización de
funcionarios, reconociendo que para cumplir con la obligación
de la Administración de atender en euskera a quien lo
demande, no se precisa que todos los funcionarios dominen la
lengua vasca.
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| Para cumplir con la obligación de la Administración
de atender en euskera a quien lo demande, no se precisa que todos
los funcionarios dominen la lengua vasca. |
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El corolario de lo anterior es la importancia
de debatir la política lingüística
en el País Vasco. Hemos de saber cuantos cientos de miles
de millones nos ha costado en veinte años; hemos de conocer
cuál está siendo su efectividad; debemos determinar
de modo objetivo hasta dónde comparte la población
la voluntad política que lleva a gastar sin tasa en esta
materia; hemos de reconocer el estancamiento del uso social
del euskera y la hipocresía -de manifiesto matiz político-
que rodea todo lo relacionado con la lengua.
Las demandas de la sociedad vasca en esta materia tienen poco
que ver con la permanente presión política
e institucional. Creemos que la política lingüística
debe garantizar el ejercicio de derechos, no suplementar la demanda
social. La voluntad de los ciudadanos debe prevalecer sobre diseños
de la realidad a regla y cartabón -y a fecha fija- que,
so pretexto de garantizar los derechos de unos, conculcan los
de otros. Comprometemos nuestro esfuerzo en tal reorientación
y en la despolitización de la política lingüística.
Una urgencia. Debatir la política cultural.
Durante años, la política cultural de nuestras
instituciones ha considerado cultura vasca aquella que en su
expresión utilizaba el euskera. Cultura "en"
euskera y cultura vasca eran sinónimos que atraían
la dádiva o el apoyo generoso de las instituciones, al
margen de mínimos criterios de calidad, aprecio del público
o saturación de la oferta. Una "Kultura"
subsidiada, y a menudo marginal, fue el producto de semejante
política cultural.
Tal reduccionismo, al menos en los grandes acontecimientos culturales
del País Vasco y en sus principales escenarios, es hoy
menos patente -quizá debamos apelar al "efecto Guggenheim"-
que en el pasado. Pero persiste y se trasluce en no pocas decisiones
oficiales.
Por ello, el debate de la política cultural no puede concluir
en una simple modulación de tal actitud; es necesario
que todas las manifestaciones culturales de nuestra sociedad
sean percibidas como "propias" por nuestras
instituciones; y que la nueva política cultural ponga
el acento en la supresión de filtros políticos
o idiomáticos en cualquier ámbito para acceder
a ayudas o subvenciones públicas. Sólo así
una política cultural podrá superar la prueba del
pluralismo y dirigirse al conjunto de la sociedad vasca.
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| Es necesario que todas las manifestaciones culturales
de nuestra sociedad sean percibidas como "propias"
por nuestras instituciones. Sólo así una política
cultural podrá superar la prueba del pluralismo. |
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Prueba, por cierto, que no supera en
modo alguno Euskal Irrati Telebista, y muy en particular las
dos cadenas de nuestra televisión pública, ETB
1 y ETB2. Se trata de un debate muy demandado y reiteradamente
soslayado, que comprendería tanto "tele-Estella"
como el resto de la política de medios de comunicación
públicos. No debemos olvidar la pretensión
-pública- del Pacto de Estella de socializar sus contenidos
y la contribución que a la misma vienen haciendo, dócilmente,
la radio y televisión públicas.
No hace falta reiterar la importancia de tales medios y del conjunto
de la opinión en las sociedades democráticas, caracterizadas
por la libertad y pluralidad informativa. Una política
centrista en esta materia no puede renunciar a que tal pluralidad,
pero también la transparencia y la independencia,
sean valores que de modo manifiesto informen la actuación
de los medios de comunicación públicos vascos.
Más debatida ha sido la política industrial
en el País Vasco. Pero el debate ha puesto siempre
de manifiesto la necesidad de su continuidad. Del destino de
muchas ayudas y de prácticas clientelares en la gestión
industrial podríamos hablar extensamente; y también
de las vinculaciones políticas de algunas empresas, de
sus actividades y de sus relaciones institucionales.
Pero más importante que todo ello es lograr que los gestos
políticos o los intereses de partido de los responsables
públicos no perjudiquen decisiones empresariales y opciones
industriales de las que depende la creación de muchos
miles de empleos en el País Vasco.
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| Una nueva política industrial ha de caracterizarse
por el apoyo a las iniciativas que surgen de la propiasociedad. |
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Una nueva política industrial
ha de caracterizarse por el apoyo a las iniciativas que surgen
de la propia sociedad y por la superación de las reticencias
políticas que, por ejemplo en la Margen Izquierda,
han servido al Gobierno Vasco o la Diputación Foral de
Vizcaya para evitar todo compromiso económico,
similar al esfuerzo inversor del Gobierno central.
Abogamos, en consecuencia, por una política industrial
que resulta básica para la promoción del empleo
en la Comunidad Autónoma Vasca; una política que
estimule a los autónomos, a las "pymes" y a
los jóvenes empresarios, excluyendo las inversiones "de
campanillas" que acaban en "campanazos" en Bruselas.
Por ello, los recursos públicos deben tender a consolidar
un tejido industrial en el País Vasco que se adentre en
los sectores con futuro, intensivos en tecnología; que
apuesta no solo por I + D, sino por el I + D + I, haciendo
de la innovación una de las preocupaciones básicas;
que apuesta por el empleo estable; que se haga desde la racionalidad,
olvidando ensueños "soberanistas", como el "INI"
vasco o la autosuficiencia energética.
El empleo es -y seguirá siendo
mucho tiempo- una prioridad.
En coherencia, la reconsideración de las políticas
sociales exige, en primer lugar, avanzar en la transferencia
de materias pendientes, como el INEM, imprescindibles
para actuar en este campo. La actitud del Gobierno Vasco, anclada
en la clásica posición nacionalista del "todo
o nada", ha impedido hasta ahora que la Comunidad Autónoma
gestione, por ejemplo, más de 14.000 millones de pesetas
al año en las políticas de intermediación.
Hay que generar políticas de consenso; es decir,
hacer una formación continua abierta a todos y en conexión
con el resto de España y Europa; apostar por el rejuvenecimiento
de plantillas, a través del contrato de relevo -toda vez
que el Gobierno Vasco ha enterrado el de sustitución-;
trabajar por el crecimiento económico como principal vía
para la generación de empleo, pero sin rechazar las posibilidades
que tengan las políticas de reparto de trabajo, en particular
aquellas en las que se puede hacer más esfuerzo -reducción
de horas extras, desarrollo de nuevos yacimientos de empleo...
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Las
políticas centristas, dirigidas al conjunto de los ciudadanos
y con referencia en valores generalmente compartidos -tolerancia,
solidaridad-, aspiran a concitar un amplio respaldo social; porque
el proyecto del Partido Popular del País Vasco consiste
en la articulación, con vocación de gobierno,
de un extenso espacio de centro como área de encuentro
entre el sentir social -las aspiraciones de la ciudadanía
vasca- y la actuación política.
Se trata, pues, de recuperar una sintonía que hoy no existe
y que evidencia el fracaso del nacionalismo; su radicalización,
su renuncia a la centralidad, constituye la confesión
misma de ese fracaso.
Desde el poder institucional y el control de todo resorte social,
el nacionalismo ha pretendido alumbrar otra sociedad vasca.
Se ha esforzado en recrear la cultura y la historia; ha tratado
de dictar -y limitar- sentimientos de identidad y de pertenencia;
ha cultivado el enfrentamiento y el agravio, la permanente reivindicación;
ha querido sustituir los derechos y libertades individuales -y
subordinar su pleno ejercicio- por supuestos derechos "nacionales"
colectivos; ha actuado, en fin, como legitimador de posiciones
abiertamente antidemocráticas, imposibles de asumir en
el contexto cultural al que pertenecemos. |
| El proyecto del Partido Popular del
País Vasco consiste en la articulación, con vocación
de gobierno, de un extenso espacio de centro como área
de encuentro entre el sentir social y la actuación política. |
Ese
proyecto -carente de referencias éticas y democráticas-
choca abiertamente con la realidad; no encaja en la sociedad
vasca de hoy, ni en la España democrática ni
en el proyecto de construcción europea.
El nacionalismo -en particular, el PNV- tiene pendiente una
profunda reflexión democrática. Los hechos
han venido a demostrar que nunca interiorizó el "discurso
del Arriaga"; su apoyo a Udalbiltza, última criatura
del nacionalismo étnico reacuñado en Estella, le
retrotrae a los viejos "clichés" sabinianos,
a la consideración de los nacionalistas -minoría
política, salvo en Guipúzcoa- como representantes
de todos los vascos.
Mientras existan vascos que piensen que sólo ellos son
vascos -prescindiendo de la mayoría-, mientras los nacionalistas
no acepten como iguales -en legitimidad y en derechos- a cuantos
vascos no compartimos su percepción y su vivencia excluyente
de lo vasco, no podrán comprender la realidad de la
sociedad vasca, ni servir el interés general, ni concebir
la paz -sin precio político- como derecho irrenunciable
de una sociedad democrática.
Pero el fracaso del nacionalismo no es, no puede ser, el fracaso
de esta sociedad y de su proyecto de futuro.
Al contrario, se percibe en nuestra sociedad un anhelo de paz
y libertad, después de tantos años de violencia
y coacción; existe una profunda necesidad de recuperar
principios éticos, de dar nuevo sentido al respeto
a la persona, a los grupos o a las propias instituciones, como
base sobre la que lograr la plena vigencia de los derechos y
libertades que consagra nuestro ordenamiento jurídico. |
| El fracaso del nacionalismo no es,
no puede ser, el fracaso de esta sociedad y de su proyecto de
futuro. |
Tales
principios difícilmente se podrán recuperar por
quien no ha sabido defenderlos o busca la alianza política
de quien los agrede. Los ciudadanos -comenzando por buena parte
del electorado nacionalista- son conscientes de ello y viven
con distancia creciente la confrontación política,
a menudo sobre planteamientos irreales. Es lógico, pues,
que sentimientos de frustración -en alguna medida, de
orfandad política- afloren entre quienes no perciben un
liderazgo político atento a las demandas sociales. En
pocas palabras, no está la sociedad vasca para tensiones
ficticias, so pretexto de "construcción nacional".
Por ello, la radicalización de algunas posiciones políticas
ha producido rechazo entre los electores. Hay amplios sectores
que tienen la sensación de que se están malgastando
importantes potencialidades; que reclaman que el País
Vasco, en un momento de bonanza económica, traduzca en
empleo, en cohesión social, en proyección externa,
las oportunidades que se le ofrecen. Que desean, en fin, que
todas las energías se concentren en la definitiva superación
de las sucesivas crisis que -en muy diferentes ámbitos-
ha padecido nuestra Comunidad en las dos últimas décadas.
Lo cierto es que, al margen de la crispación política
-que perturba y translada problemas a la sociedad en vez de resolverlos-,
los ciudadanos afrontan el día a día en clave de
convivencia; la normalidad -no el "conflicto"- preside
las relaciones sociales en Euskadi. Y, como ya hemos dicho,
a lo largo del último año nuestra sociedad se ha
"instalado" en la paz y ha acogido con naturalidad
creciente la apertura de ese horizonte.
La sociedad vasca demanda, pues, un marco de convivencia;
vertebración política y articulación social
-no construcción nacional- son las claves para el pleno
desarrollo democrático de nuestra sociedad -que es, y
quiere seguir siendo, plural- en el siglo XXI. |
| La sociedad vasca demanda, pues, un
marco de convivencia; vertebración política y articulación
social -no construcción nacional. |
El
PP del País Vasco, centrado con la sociedad vasca,
aspira a representar políticamente esa voluntad; la alternativa
política de centro -como alternativa de gobierno-
debe traducirse en un decidido impulso de regeneración
democrática, capaz de concitar el apoyo y la ilusión
de cuantos conciben el futuro del País Vasco en clave
de convivencia y libertad.
En consecuencia, nuestro proyecto de centro debe ser, sobre todo,
factor de equilibrio en la política vasca. El compromiso
de regeneración democrática exige denunciar -permanentemente-
la pretensión de vaciar de contenido o de legitimidad
las instituciones nacidas -por voluntad de los vascos- de la
Constitución y del Estatuto de Gernika. Y supone, por
tanto, prestigiar las instituciones democráticas,
potenciarlas, evitando que el debate político discurra
en la oscuridad o el secretismo.
El impulso de regeneración democrática,
en cuanto aportación a la estabilidad y la convivencia
democrática en nuestra Comunidad, se expresa también
en términos de lealtad a los pactos y acuerdos políticos
que los vascos hemos alcanzado en los últimos 20 años;
de cumplimiento de las obligaciones -y ejercicio de los derechos-
que Constitución y Estatuto contienen; y de participación
solidaria en España y en Europa, como proyectos y aspiraciones
compartidos por nuestros conciudadanos.
Todo ello, como es obvio, sin renunciar a nuestra idiosincrasia,
ni a valores o conceptos que son patrimonio de todos los vascos,
por más que el nacionalismo haya pretendido su instrumentalización.
La voluntad de defender y ejercer nuestro autogobierno, la promoción
del euskera sin matices políticos, la capacidad de participar
de lo vasco sin sentimientos de exclusión, son valores
compartidos, positivos, que debemos colectivamente conservar
y que forman parte esencial de un proyecto político abierto
al conjunto de la sociedad vasca. |
| La alternativa política de
centro -como alternativa de gobierno- debe traducirse en un decidido
impulso de regeneración democrática. |
Del
mismo modo, la subordinación de las instituciones al logro
del interés general, y el sometimiento a los principios
del estado de derecho, deben hacer posible que la libertad
y la participación política se afiancen frente
a toda exclusión o confrontación en el seno de
la sociedad vasca. La salvaguarda del individuo, de los valores
de la persona, es el eje fundamental de la regeneración
democrática en el País Vasco; regeneración
que debe tener, necesariamente, índole humanista.
Garantizar la vigencia de los derechos humanos, el pleno ejercicio
de derechos y libertades individuales, es la principal aportación
que el humanismo laico y democrático de este fin
de siglo puede hacer al futuro de nuestra sociedad.
Y, por ello, nuestra prioridad es la paz. La paz
exige que la búsqueda del acuerdo y la conciliación
de posiciones, desplace -desde el común compromiso
ético y democrático- al permanente enfrentamiento
entre las fuerzas políticas vascas.
Y la paz requiere el concurso de todos los vascos; la
voluntad de todos de defender con el voto y la palabra -las armas
del demócrata- las propias posiciones; la beligerancia
de todos en defensa de los derechos y libertades de cada uno
de los vascos; el diálogo de todos para la paz y sólo
la paz. |
| La regeneración democrática
del País debe hacer posible construir, desde la esperanza
de la paz, una sociedad abierta a todos los vascos. |
En
consecuencia, el PP del País Vasco compromete su voluntad
de diálogo con cuantas fuerzas políticas -sin excepción-
quieran la paz, trabajen por la paz y se comprometan democráticamente
en tal empeño.
El PP quiere la paz, no acabar con el nacionalismo; el
fracaso del nacionalismo no significa que arrinconar a los nacionalistas
sea la solución de los problemas que nuestra sociedad
tiene planteados. Por el contrario, el nacionalismo, desde su
capacidad de reflexión democrática, debe volver
a contribuir a la convivencia y a construir el futuro del País
Vasco; pero, para ello, debe antes ser capaz de aceptar el carácter
legítimamente plural de la sociedad vasca; una sociedad
que ya no concibe ese futuro en clave de cesión frente
a planteamientos nacionalistas.
La regeneración democrática del País debe
hacer posible construir, desde la esperanza de la paz, una
sociedad abierta a todos los vascos; es decir, una sociedad
respetuosa consigo misma y con cuantos a ella pertenecen, sea
cual fuere el modo en que con ella se identifiquen; donde prime
la voluntad de "cerrar heridas" antes que la de levantar
nuevas barreras; donde quepan y se expresen todas las sensibilidades.
Una sociedad, un proyecto de convivencia, en el que no sobra
nadie y al que todos debemos contribuir.
A tal fin, el IX Congreso del Partido Popular del País
Vasco, como proyecto político al servicio de la paz
y la convivencia, compromete su esfuerzo en la regeneración
democrática del País Vasco, y en garantía
del pleno ejercicio de los derechos y libertades de cada uno
de los vascos. |
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