En el momento presente es la incertidumbre y, en alguna medida, la resignación la nota que caracteriza la actitud de nuestra sociedad. Los vascos, preocupados por nuestra situación - particularmente si la comparamos con otros momentos pasados, tenemos una confianza muy limitada en la superación de las actuales circunstancias en un futuro próximo.
La situación social de la Comunidad Autónoma Vasca (C.A.V.) arroja un balance peor que el del conjunto de España; niveles de paro semejantes a la medida nacional, se ven agravados por el peso de los parados de larga duración y la dificultad de acceso al empleo, en particular para jóvenes y mujeres. Persisten bolsas de pobreza y marginación, que los recursos públicos no alcanzan a entender suficientemente. Y la "madurez" de nuestro tejido producto propicia ciclos reconversores sin fin, absorbiendo cuantos esfuerzos de reindustrialización se han impulsado en los últimos años.
En estas circunstancias no es de extrañar el desánimo de amplios sectores de la población, y en particular de la juventud vasca, que no creen que el futuro depare mejores oportunidades laborales, permita superar la conflictividad social u ofrezca mayores posibilidades de acceso a la vivienda o a la formación.
Así pues, la situación económica y social del País Vasco en 1996 no mueve al optimismo. Las posibilidades de traducir en incrementos de empleo o calidad de vida los periodos de recuperación de la actividad económica se ven ensombrecidos por la crispación política y las incertidumbres de futuro.
Nada tiene, pues, de particular la desconfianza de los vascos ante el porvenir; desconfianza que en los últimos años ha ido instalándose en nuestra sociedad y a la que han contribuido también otros elementos.
La violencia, con su carga de miedo e intimidación, sigue siendo un factor distorsionador de la normal evolución económica y social del País Vasco. La radicalización de los violentos, en respuesta a sus constantes pérdidas de apoyo electoral y peso institucional, supone una presión continua sobre la sociedad vasca; la losa de la violencia condiciona, desde la marginalidad, el futuro de todos.
Sin embargo, para hacer frente a esta situación se ha pretendido prolongar un modelo político ineficaz en la búsqueda de una salida a la crisis del País Vasco. La coalición P.N.V.-P.S.E.-E.A., formada tras las elecciones autonómicas del 94, supuso - curiosamente - la agrupación en un gobierno tripartito de las tres fuerzas políticas que mayor retroceso habían experimentado en las urnas. Se repetía así, básicamente, el escenario de las dos últimas legislaturas, con pactos P.N.V. - P.S.E. - E.E.
Desde entonces hemos conocido un gobierno de compartimentos estancos, en el que cada cual administra su parcela y consume un presupuesto; no hay proyectos comunes y compartidos, lo que supone una dificultad creciente en la gestión; no hay suficiente sintonía en temas claves - como la violencia -, en los que es discutible que exista una posición común del ejecutivo; pero es que, además, en particular a partir del pasado 3 de marzo, la incapacidad para consensuar políticas largo tiempo ejecutadas en común - política lingüística, por ejemplo - o la evidencia de la crisis financiera que se cierne sobre las instituciones vascas ha disparado todas las alarmas.
Los últimos escarceos entre los socios, en los que se plantea sin disimulo la recomposición del ejecutivo vasco, son buena muestra de la inminencia de la quiebra del tripartito. Entendemos por ello necesario reconocer el agotamiento de un modelo político basado en pactos de nacionalistas y socialistas - con eventuales apoyos de otras fuerzas políticas -, y el reparto del poder y de la administración; modelo plagado de inercias y contrasentidos y que se ha revelado incapaz de impulsar la recuperación económica y social del País Vasco, de superar el parón del desarrollo estatuario o los desajustes de vertebración interna de la C.A.V.
Un modelo, además, que ha dejado de responder a la voluntad de los ciudadanos vascos, que el pasado 3 de marzo dieron una radiografía electoral notablemente cambiada de nuestra comunidad autónoma: la reafirmación del pluralismo político - reflejo de una sociedad plural -, el apoyo a fuerzas moderadas y centradas - que comparten amplios espacios del centro político -, y el alejamiento de la radicalidad y del nacionalismo, ha supuesto el alumbramiento de un nuevo escenario político. Escenario más equilibrado, con una representación semejante de nacionalistas, socialistas y populares y que tras el acceso de José María Aznar a la Presidencia del Gobierno con el voto afirmativo de los diputados del P.N.V. en la investidura, abre importantes expectativas en el futuro político del País Vasco.
El 3 de marzo los ciudadanos sellaron, voto a voto, el acta de defunción de un modelo político basado en la alianza del nacionalismo con la izquierda y plantearon la exigencia de un giro importante en el modo de hacer política y en los protagonismos políticos en Euskadi.

  

 
 
Tras largos años dedicados a la unificación de antiguas sopas de letras y al asentamiento del PP del País Vasco, el camino recorrido desde el VII Congreso, en 1993, ha convertido a nuestro partido en una fuerza decisiva en el entramado político vasco. Lejos quedan la división y fragmentación que caracterizaron a nuestro espacio político en los 80.
Así, el Partido Popular es en el País Vasco el resultado de una permanente voluntad de unión manifestada por los afiliados de los diferentes partidos que históricamente representaron al centro-derecha en nuestra tierra. La refundación del Partido Popular, precisamente al contrario de las divisiones que se producen en otras fuerzas políticas vascas en el mismo período, ocurre después de numerosas situaciones de acuerdo que no tuvieron referencias semejantes en sus mismos partidos a nivel nacional.
Se puede resumir en pocas líneas cuáles han sido los ejes de actuación del PP del País Vasco; ejes que le han permitido centrar su mensaje y engranar su acción política en torno a la búsqueda del consenso y la cohesión de la sociedad vasca.
La primera referencia del PP del País Vasco ha sido la defensa de la legalidad, como marco en el que todos por igual debemos desenvolvernos. Y desde esa referencia, el PP del País Vasco ha sostenido la necesidad de impulsar el desarrollo autonómico - compromiso legal y político -, apoyado en el concierto económico como elemento singular de nuestra autonomía, ha planteado la defensa cabal de las libertades democráticas y de los derechos humanos - tantas veces en entredicho por la agresión de una minoría antidemocrática -, y ha sido prácticamente la única fuerza política que en cualesquiera circunstancias - ha antepuesto la unidad de los demócratas en la mesa de Ajuria Enea a planteamientos partidistas.
La coherencia, a menudo incómoda, en el mantenimiento de estas líneas de actuación se ha traducido en un avance electoral y de respaldo social sostenido para el PP del País Vasco. Líneas de actuación a las que habría que añadir una actitud constructiva, permanentemente abierta al diálogo y al a cuerdo en materias tan dispares como el empleo, la reindustrialización o el desarrollo autonómico, que la sociedad vasca ha sabido valorar.
En 1993, aunque asentado y en clara progresión, el PP del País Vasco era una fuerza minoritaria en la oposición parlamentaria o foral, con una presencia muy reducida todavía en los ayuntamientos. En coherencia con ello, y la presencia territorial era frágil y el peso político se reducía al propio de una fuerza minoritaria.
Todos éramos conscientes de los difíciles momentos superados, pero también del largo trecho pendiente.
Hoy, en 1996, se han dado buen número de pasos en la dirección que entonces se apuntaba:
Tras las elecciones de 1994 y 1995, el PP encabeza la oposición democrática en el Parlamento Vasco y las Diputaciones Forales. A este peso institucional notablemente incrementado contribuye, sin duda, la normalización de nuestra presencia municipal en la mayor parte de la geografía vasca. Más de 200 cargos electos representan hoy a los populares vascos, situación que no tiene precedente comparable desde el inicio de la transición en el centro derecha vasco.
Todo ello es reflejo de la confianza depositada por los ciudadanos en un partido consolidado, con un espacio electoral y social creciente, todavía pendiente, en cualquier caso, de incrementar su estructura y vertebración interna en paralelo con la expansión territorial lograda; pero hoy, sin duda, el PP agrupa a la totalidad del centro-derecha vasco y está en condiciones de actuar como aglutinante del gran espacio de centro político necesario para la normalización política del País Vasco. La respuesta de serenidad dada por los populares vascos - incluso en momentos como el asesinato de Gregorio Ordóñez, uno de los artífices del crecimiento del PP - frente al acoso de E.T.A. y el entorno radical, es buena muestra de tal consolidación.
El peso político del PP del País Vasco ha crecido elección tras elección en estos años; peso político que no deriva sólo de las cuotas de poder logradas en otras CC.AA. o de la victoria en las recientes elecciones generales; por el contrario, el PP del País Vasco es hoy una alternativa política viable a la actual composición del tripartito P.N.V. - P.S.E. - E.A. en las instituciones vascas, como ha quedado patente en algunos ayuntamientos, con Bilbao a la cabeza. Y ha contribuido con 5 escaños - los mismos del P.N.V. - a la investidura de José María Aznar con Presidente del Gobierno, sin olvidar el papel jugado en la articulación de la nueva mayoría.
 
 
El PP no es en Euskadi una simple referencia para su propio electorado; sino, de modo sorprendente para muchos, referencia obligada para la orientación futura de la vida política e institucional vasca; y en particular, la única opción de renovación, de alternativa moderada y constructiva a nuestra situación presente.
Por ello podemos afirmar que entre 1993 y 1996 el PP del país Vasco se ha transformado en una fuerza política decisiva para el futuro del País Vasco, capaz de propiciar en el nuevo escenario político surgido en los últimos meses un cambio en profundidad en la vida política vasca.
 
 
 
 
Tras el 3 de marzo y la elección de José María Aznar como Presidente del Gobierno, se ha abierto, también en el País Vasco, un nuevo periodo. El cambio de escenario que se ha producido tiene su máxima expresión en el acuerdo PP - P.N.V. para la investidura, precedido por otros importantes acercamientos en ámbitos municipales, de los que sin duda Bilbao es el mejor exponente.
Las bases de aquel acuerdo - desarrollo estatuario, concierto económico, etc.- coincidentes con ejes de actuación del P.P del País Vasco, lo convertían en la consecuencia lógica de una trayectoria. Pero, además, el acuerdo tuvo una notable significación política, al abrir la posibilidad de reencuentro de lo que los espacios políticos y sociales del PP y P.N.V. son y representan en la sociedad vasca, después de una historia de desencuentros. Como es obvio, el acuerdo no fue fruto de una exigencia matemática, sino del deseo de salvar la línea divisoria que nos ha separado durante generaciones.
Evidentemente esto requiere voluntad por ambas partes, vencer recelos y superar notables diferencias, inevitables a pesar de la positiva valoración de los 100 días del Gobierno Aznar. No podemos olvidar la dificultad interna del P.N.V. para superar tensiones de dirección contradictoria, a menudo visualizables en declaraciones y propuestas irreconciliables de unos u otros representantes políticos o responsables institucionales. Un nuevo escenario requiere también tomas de posición y decisiones que a menudo no es posible si fricciones internas. El PP del País Vasco, desde el reconocimiento de la distancia que nos separa del P.N.V., se compromete en la búsqueda de terrenos de encuentro y en la permanente apertura al diálogo, sabiendo de antemano que no siempre el acuerdo será posible.
Pero entendemos que es esta voluntad y esta disposición la que debe caracterizar la consolidación de un nuevo escenario político en el País Vasco. Porque la búsqueda del acuerdo entre el P.N.V. y PP es positiva para el País Vasco y para el conjunto de España.
En cualquier caso, el PP del País Vasco debe continuar su tarea de vertebración del centro político en Euskadi. La posición de fortaleza política presente del PP debe permitirnos ser referencia de moderación para todos los vascos e impulsar propuestas y actuaciones que contribuyan a la cohesión de nuestra sociedad.
Siempre hemos entendido más importante insistir en lo que nos une que en lo que separa a los vascos; en este nuevo escenario político, el PP del País Vasco tiene un papel fundamental para la consolidación de las referencias de cohesión de la sociedad vasca, para el sostenimiento de los acuerdos básicos que compartimos una mayoría de ciudadanos vascos.
En la etapa que comienza, el cumplimiento del Estatuto como norma fundamental de convivencia y cauce de nuestras aspiraciones de autogobierno tiene una renovada importancia; reiteramos, en consecuencia, el compromiso formulado tantas veces en este tema por el PP del País Vasco y que ha conocido ya materializaciones concretas en los primeros días del Gobierno Aznar.
También la defensa y desarrollo del Concierto económico, en un momento crucial y pendiente de renegociación a partir del 2001, es un reto y un compromiso ineludible con la sociedad vasca que los populares vascos siempre hemos sentido como propio. Consolidar el concierto, hacer comprensible al conjunto de España su carácter profundamente solidario y expresión singular de nuestro autogobierno e impulsar su desarrollo - frente a las incomprensiones o las voluntades uniformadoras de Bruselas, de otras CC.AA. o de los técnicos de la Administración Central - es tarea en al que el PP del País Vasco se siente particularmente comprometido.
No podemos dejar de señalar la importancia del Concierto como elemento de autoidentificación de la sociedad vasca; es decir, como elemento diferenciador, fruto de una concreta historia, que ha permitido solventar desde la estabilidad las relaciones fiscales y financieras de los Territorios Forales con la Hacienda del Estado; y que ha garantizado y garantiza la contribución solidaria, sin asomo de privilegio, de los vascos al desarrollo y bienestar de todos los españoles. Confundir a estas alturas modelo diferentes de relación - algo consustancial al modelo autonómico de la Constitución del 78 - con privilegio es pretender reescribir la historia.
En esta materia es notable el grado de incoherencia de los socialistas vascos, cogobernantes en las instituciones vascas, que guardan silencio mientras sus compañeros de otras CC.AA. levantan los ánimos contra el Concierto Económico. Si bien es cierto que hay mucho por hacer en la explicación y comprensión del Concierto más allá de las fronteras de la C.A.V., no parece de recibo el doble lenguaje o la actitud ambivalente de quienes en le terreno político deberían ser primeros defensores del Concierto. Su silencio en fechas recientes llama poderosamente la atención.
El tercer aspecto en torno al que existe un acuerdo básico en la sociedad vasca es el Pacto de Ajuria-Enea. El PP nunca se ha cuestionado su utilidad y su eficacia para el logro de los objetivos que - hace ya más de 8 años - los demócratas vascos nos propusimos al firmarlo. La unidad del Pacto de Ajuria - Enea, sin exclusiones, es el instrumento más eficaz del que nos hemos dotado los demócratas para hacer frente a E.T.A. y a su entorno radical.
También, en cuanto referencias de cohesión, existe un debate pendiente; o más bien, un debate cerrado en falso y aplazado "sine de": el referente a los diversos aspectos de la vertebración interna de la C.A.V.. Pendiente de reforma la denominada L.T.H: y la aprobación de la nueva ley a Aportaciones - a debatir en 1996 - tenemos la ocasión de alcanzar acuerdos que den estabilidad - desde el consenso - a la articulación de las relaciones políticas y financieras entre los Territorios Históricos y de éstos con las Instituciones Comunes.
 
 
No deja de suponer un elemento pendiente más, y que contribuye lamentablemente a la situación de déficit de control democrático que existe en el País Vasco, el sistema de trabajo del Consejo Vasco de Finanzas, - en particular en relación con la citada Ley de Aportaciones, que aprueba a través del procedimiento del artículo único -, impidiendo el debate y fiscalización de decisiones de trascendental importancia para el conjunto de los vascos adoptadas por dicho organismo.
Es preciso reconocer que el diseño de la Ley de Territorios Históricos está cuestionado en la práctica por la progresiva centralización del modelo en el Gobierno Vasco; que la Ley de Aportaciones se enfrenta a fricciones estructurales cada año entre los Territorios, y que no admite más parcheros; y que la "autonomía municipal" está hoy en entredicho por la "tutela financiera" de las Diputaciones Forales.
En su compromiso de búsqueda del acuerdo para solventar esta situación, el PP del País Vasco defenderá la aplicación del principio de subsidiariedad en la relación competencial entre las diferentes administraciones, buscará fórmulas de participación de las juntas Generales en la tramitación de la Ley de Aportaciones y planteará la regulación por la ley de las relaciones entre las haciendas Forales y las Haciendas Municipales. Todo ello contribuirá sin duda a impulsar la reforma de una administración vasca hipertrofiada, caduca en su concepción y lastrante por su falta de agilidad.
Lo fundamental es que, al final del debate, no sea la disciplina de partido o el voluntarismo político lo que dé cohesión al modelo resultante, sino la plena y libre asunción del mismo como un acuerdo básico más al servicio de la convivencia entre los vascos. 
Del mantenimiento - o el logro - de estos acuerdos básicos depende, en buena medida, la normalización - política y social - y la pacificación de nuestra tierra. O lo que es lo mismo, las posibilidades de afrontar, desde este nuevo escenario, los problemas pendientes de la sociedad vasca; problemas que precisan, antes que nada, para su solución de una creciente cohesión y acuerdo que aglutine a una mayoría de ciudadanos vascos. En esto entendemos que no caben atajos ni "terceras vías" y que sólo desde el consenso social y político será posible el logro de tales objetivos y la definición de líneas de actuación futuras.
Con estas referencias de cohesión, para el PP del País Vasco, el reto básico que hoy tiene nuestra sociedad consiste en recuperar el orden democrático. Esto supone la unidad de los demócratas en la defensa - desde la legalidad y el pleno compromiso institucional - de los derechos y libertades fundamentales; derechos y libertades cuyo ejercicio sólo es posible cuando el concepto de democracia impregna el día a día de una sociedad. La defensa de valores básicos, como la convivencia, la tolerancia y el respeto mutuo, deben concitar la máxima atención de todos, evitando restar importancia a actitudes y comportamiento que no por reiterados o habituales pueden entenderse como propios de sociedades democráticas.
Hacer frente al desafío de la violencia, a la agresión permanente de la que es objeto la sociedad vasca por parte de una minoría fanatizada, totalitaria y antidemocrática, es tarea primordial para la recuperación del orden democrático. Debemos evitar la toma de la calle, la conculcación permanente de los derechos humanos y la barbarie que amenazan a Euskadi logrando el cumplimiento de la ley en nuestra comunidad autónoma. Superar la asfixia de la violencia, evitar su impunidad, acertar en los medios para combatirla y aplicarlos de forma decidida es la única vía para regenerar la esperanza en el País Vasco.
Los ciudadanos vascos han reaccionado con valentía en muchas ocasiones frente a la intimidación de los violentos. Lo hacen cada día, para ganar el futuro, ante la amenaza incesante de unos pocos, pese a la creciente sensación de desprotección en la sociedad vasca; aun cuando técnicamente contemos con la policía más moderna de Europa. Ante la barbarie callejera protagonizada tantas veces por jóvenes radicales, a menudo sólo adolescentes, reiteramos la importancia de una educación para la paz. Quienes manipulan la historia, quienes fuerzan los conceptos, como el de autodeterminación, como la misma idea de ser vasco, para arrimarlos a sus intereses partidistas, proporcionan, en último término, justificación y aliento a la violencia y coadyuvan a formar el caldo de cultivo del que se nutre E.T.A..
E.T.A. ha acreditado por todos los medios imaginables su inmovilismo; perseverar en la unidad y el diálogo entre los demócratas es la vía para avanzar hacia el final del terror, sabiendo, en todo caso, que sólo quienes hacen uso de las armas hacen imposible el cese de la violencia.
Somos conscientes de las responsabilidades que competen al PP en este esfuerzo; en cuanto partido de gobierno, con determinadas cuotas de poder institucional; y en cuanto fuerza política a la que la ciudadanía vasca ha dado una confianza creciente en los últimos años, como catalizador del centro político. De la unidad y la firmeza con que actuemos dependerá el mantenimiento de esa confianza.
Paralelamente, nuestra sociedad debe hacer un segundo esfuerzo en la recuperación del orden democrático; esfuerzo en la recuperación del orden democrático; esfuerzo que supone la creación o el ensanchamiento de espacios de libertad en la convivencia diaria y en el desenvolvimiento de nuestros conciudadanos. No todas las amenazas a la libertad provienen de quienes practican la violencia física o la coacción directa. Identificar y desterrar comportamientos o situaciones antidemocráticas es también tarea de todos los vascos. El PP del País Vasco estima imprescindible, sin tabúes y desde la reflexión serena, acometer un proceso de rectificación de conductas y prácticas que contribuyan al asentamiento de la libertad en Euskadi. Libertad que, en buena medida, depende de la aceptación en la práctica diaria de la pluralidad de nuestra sociedad y de la idéntica legitimación de la expresión democrática de ese pluralismo por parte de nuestros ciudadanos.
En esta materia, la primera reflexión nos corresponde a los dirigentes políticos. El victimismo, la exacerbación de las reacciones, la politización de todos los ámbitos de la vida social, son actuaciones que dificultan la expresión de la sociedad y le restan protagonismo en ámbitos que deben ser independientes de lo político. Devolver protagonismo a la sociedad y evitar proyectar un exceso de crispación política en el día a día será sin duda positivo para la libertad en el País Vasco. Mayores espacios de libertad, de información, de serenidad deben caracterizar el futuro de la C.A.V.
Hay una segunda hipoteca de la libertad que es especialmente percibida por la sociedad vasca: el clientilismo; clientilismo de todo tipo, pero siempre con una referencia política, que ha alcanzado entre nosotros dimensiones preocupantes. En la administración, en la vida laboral, en el acceso a la contratación pública, etc., la existencia de una tupida red de favoritismos y fielatos vulnera la libertad individual la libre competencia o la igualdad de posibilidades. Desterrar estas prácticas, expresión manifiesta de corrupciones y corruptelas - no siempre demostrables, pero a menudo sufridas -, es también contribuir a la libertad en Euskadi.
A menudo también, los gestos antidemocráticos tienen su origen en decisiones de instituciones o partidos políticos incongruentes con la práctica de una sociedad democrática. Es bien conocida la existencia de ayuntamientos que efectúan la totalidad de sus comunicaciones orales o escritas con los ciudadanos íntegra y exclusivamente en euskera; y que incluso utilizan el euskera como lengua en los debates municipales, excluyendo de la participación en los mismos a concejales castellanoparlantes, a los que se niega todo servicio de traducción. Esto, además de vulnerar la legalidad, constituye una agresión a la libertad individual y al sentido democrático de las instituciones.
Paradigma de estos "tics" antidemocráticos es, probablemente, la reciente circular del presidente del B.B.B. del P.N.V. llamando a sus militantes a boicotear un determinado medio de comunicación, al parecer por su no coincidencia con el proyecto político nacionalista; argumentación que encumbre, sin duda, la desligitimación de los no-nacionalistas, la libertad para defender proyectos, ideas o planteamientos alternativos, discrepantes o diferentes de los postulados nacionalistas. Sin duda, la aspiración no confesada por algunos de que Euskadi sea un "batzoki" o una "casa del pueblo", o una "sede del P.P" se traduce en a amenazas a la libertad cuando tales individuos o grupos acceden a parcelas de poder.
Y, por último, también en el ámbito de la política lingüística y de sus aplicaciones concretas se detectan restricciones de la libertad individual. Por ejemplo, la exigencia de que cada funcionario tenga conocimiento del euskera con la administración; o el permanente acoso al modelo educativo "A", so pretexto de que no permite alcanzar determinados objetivos de euskaldunización, como si el único objetivo de la educación fuera la euskaldunización; o determinados planteamientos de discriminación positiva del euskera en áreas en las que solo contribuyen a generar antipatía hacia la lengua vasca.
Poner remedio a tales situaciones exige partir de la legalidad y del conocimiento de la realidad social; y supone, por otra parte de la administración, la renuncia al voluntarismo político en la reforma de aquella o el análisis de ésta, pues la diversidad y pluralidad, fruto de la historia, es la mayor riqueza de nuestra sociedad. Una política lingüística respetuosa con la libertad debe ser compatible con la existencia del "perfil 0" en la administración, con una concepción de modelos educativos al servicio de la opción individual y la formación integral de los alumnos; y con planteamientos normalizadores en los que intervengan, por ejemplo, las Juntas Generales de cada Territorio Foral.
Una sociedad más libre siempre tiene mayor capacidad de respuesta frente a los problemas. Ciudadanos libres de temor y de coacción siempre serán capaces de poner ilusión y confianza en el día a día para superar el desencanto actual de la sociedad vasca.
Desde el centro político, concebido como compromiso de modernidad y posibilidad de entendimiento y acuerdo, y en el nuevo escenario político surgido de las urnas el pasado 3 de marzo, el P.P. del País Vasco empeñará cuantos esfuerzos sean precisos para lograr - mediante la recuperación del orden democrático y el afianzamiento de las libertades - una democracia plena en la C.A.V..
Probablemente el logro de esta plenitud democrática es la mejor aportación que los vascos podemos hacer a una España concebida como proyecto compartido - por cada cual vivido y percibido de modo diferenciado -, en el marco de la Constitución del 78.
Es de desear que la idea de consenso y unidad entre partidos que compartimos una posición sobre la solución democrática de los problemas de la sociedad vasca, permita también la progresiva identificación de un número creciente de vascos con aquel proyecto. La capacidad de encuentro entre los propios vascos y de los vascos con el resto de los españoles - asumiendo la propia historia y de las peculiaridades de todos debe ser una característica del nuevo escenario en que se desenvuelve la sociedad vasca, como elemento de innovación e inflexión respecto al inmediato pasado.
El PP del País Vasco asume también su compromiso en el logro de esa mayor comprensión de los vascos en la gobernabilidad y la construcción de la España de las Autonomías como proyecto compartido. 
La característica universalidad de los vascos, que constituye el factor positivo más importante de nuestra historia, es resultado de nuestra implicación sin reservas en la tarea común del resto de los españoles para contribuir a la presencia de España en Europa y en el mundo.